Proyecto de respuesta a la carta de Vera I. Zasulich

13 04 2011

F. Engels / Karl Marx

feb-mar/1881

publicado en marxist.org

1) Al tratar de la génesis de la producción capitalista, yo he dicho que su secreto consiste en que tiene por base «la separación radical entre el productor y los medios de producción» (pág. 315, columna 1 de la edición francesa de El Capital) y que «la base de toda esta evolución es la expropiación de los agricultores. Esta no se ha efectuado radicalmente por el momento más que en Inglaterra… Pero todos los demás países de Europa Occidental siguen el mismo camino» (lugar citado, col. 2)[2].

Por tanto, he restringido expresamente la «fatalidad histórica» de este movimiento a los países de Europa Occidental. Y ¿por qué? Tenga la bondad de comparar el capítulo XXXII, en el que se dice:

«El movimiento de eliminación, la transformación de los medios de producción individuales y dispersos en medios de producción concentrados socialmente, la conversión de la propiedad enana de muchos en propiedad colosal de unos cuantos, esta dolorosa y torturante expropiación del pueblo trabajador es el origen, es la génesis del capital… La propiedad privada, basada en el trabajo personal…, está siendo suplantada por la propiedad privada capitalista, basada en la explotación del trabajo ajeno, en el trabajo asalariado» (pág. 341, col. 2)[3].

Por tanto, en resumidas cuentas, tenemos el cambio de una forma de la propiedad privada en otra forma de propiedad privada. Habiendo sido jamás la tierra propiedad privada de los campesinos rusos, ¿cómo puede aplicárseles este planteamiento?

2) Desde el punto de vista histórico, el único argumento serio que se expone en favor de la disolución fatal de la comunidad de los campesinos rusos es el siguiente:

Remontando el pasado remoto, hallamos en todas partes de Europa Occidental la propiedad comunal de tipo más o menos arcaico; ha desaparecido por doquier con el progreso social. ¿Por qué ha de escapar a la misma suerte tan sólo en Rusia?

Contesto: Porque en Rusia, gracias a una combinación única de las circunstancias, la comunidad rural, que existe aún a escala nacional, puede deshacerse gradualmente de sus caracteres primitivos y desarrollarse directamente como elemento de la producción colectiva a escala nacional. Precisamente merced a que es contemporánea de la producción capitalista, puede apropiarse todas las realizaciones positivas de ésta, sin pasar por todas sus terribles peripecias. Rusia no vive aislada del mundo moderno; tampoco es presa de ningún conquistador extranjero, como ocurre con las Indias Orientales.

Si los aficionados rusos al sistema capitalista negasen la posibilidad teórica de tal evolución, yo les preguntaría: ¿acaso ha tenido Rusia que pasar, lo mismo que el Occidente, por un largo período de incubación de la industria mecánica, para emplear las máquinas, los buques de vapor, los ferrocarriles, etc.? Que me expliquen, a la vez, ¿cómo se las han arreglado para introducir, en un abrir y cerrar de ojos, todo el mecanismo de cambio (bancos, sociedades de crédito, etc.), cuya elaboración ha costado siglos al Occidente?

Si en el momento de la emancipación las comunidades rurales se viesen en unas condiciones de prosperidad normal, si, luego, la inmensa deuda pública, pagada en su mayor parte a cuenta de los campesinos, al par que otras sumas enormes, concedidas por mediación del Estado (siempre a costa de los campesinos) a los «nuevos pilares de la sociedad» convertidos en capitalistas, si todos estos gastos se empleasen en el fomento ulterior de la comunidad rural, a nadie le ocurriría ahora la idea de la «fatalidad histórica» de la aniquilación de la comunidad: todos reconocerían en ella el elemento de la regeneración de la sociedad rusa y un elemento de superioridad sobre los países que se hallan aún sojuzgados por el régimen capitalista.

Otra circunstancia favorable a la conservación de la comunidad rusa (por vía del desarrollo) consiste en que no es solamente contemporánea de la producción capitalista, sino que ha sobrevivido a la época en que este sistema social se hallaba aún intacto; ahora, al contrario, tanto en Europa Occidental, como en los Estados Unidos, lo encuentra en lucha contra la ciencia, contra las masas populares y contra las mismas fuerzas productivas que engendra. En una palabra, frente a ella se encuentra el capitalismo en crisis que sólo se acabará con la eliminación del mismo, con el retorno de las sociedades modernas al tipo «arcaico» de la propiedad común o, como dice un autor americano [4], libre de toda sospecha de tendencias revolucionarias, que goza en sus investigaciones del apoyo del Gobierno de Washington, «el nuevo sistema» al que tiende la sociedad moderna, «será un renacimiento (a revival), en una forma superior (in a superior form), de un tipo social arcaico»[5]. Así que no se debe temer mucho la palabra «arcaico».

Pero, entonces, habría que conocer, al menos, esas vicisitudes. Y nosotros no sabemos nada.

La historia de la decadencia de las comunidades primitivas (sería erróneo colocarlas todas en un mismo plano; al igual que en las formaciones geológicas, en las históricas existe toda una serie de tipos primarios, secundarios, terciarios, etc.) está todavía por escribirse. Hasta ahora no hemos tenido más que unos pobres esbozos. En todo caso, la exploración ha avanzado bastante para que podamos afirmar:

1) la vitalidad de las comunidades primitivas era incomparablemente superior a la de las sociedades semitas, griegas, romanas, etc. y tanto más a la de las sociedades capitalistas modernas;

2) las causas de su decadencia se desprenden de datos económicos que les impedían pasar por un cierto grado de desarrollo, del ambiente histórico, lejos de ser análogo al de la comunidad rusa de nuestros días.

Al leer la historia de las comunidades primitivas, escritas por burgueses, hay que andar sobre aviso. Esos autores no se paran siquiera ante la falsedad. Por ejemplo, sir Henry Maine, que fue colaborador celoso del Gobierno inglés en la destrucción violenta de las comunidades indias, nos asegura hipócritamente que todos los nobles esfuerzos del gobierno hechos con vistas a sostener esas comunidades se estrellaron contra la fuerza espontánea de las leyes económicas[6].

Sea como fuere, esa comunidad sucumbió en medio de guerras incesantes, exteriores e intestinas; es probable que haya perecido de muerte violenta. Cuando las tribus germanas se apoderaron de Italia, España, Galia, etc., la comunidad de tipo arcaico ya no existía. No obstante, su vitalidad natural viene probada por dos hechos. Existen ejemplares sueltos que han sobrevivido a todas las peripecias de la Edad Media y se han conservado hasta nuestros días, por ejemplo, en mi tierra natal, en el distrito de Tréveris. Pero, y eso es lo más importante, ha imprimido tan claramente sus propias características a la comunidad que la ha venido a suplantar –comunidad en la que la tierra de labor se ha convertido en propiedad privada, mientras que los bosques, los pastizales, los eriales, etc. siguen aún siendo propiedad comunal–, que Maurer, al investigar esta comunidad de formación secundaria, pudo reconstituir el prototipo arcaico. Gracias a los rasgos característicos tomados de este último, la comunidad nueva instaurada por los germanos en todos los países conquistados devino a lo largo de toda la Edad Media el único foco de libertad y de vida popular.

Si después de la época de Tácito no sabemos nada de la vida de la comunidad, ni del modo y tiempo de su desaparición, conocemos, al menos, el punto de partida, merced al relato de Julio César. En su tiempo, la tierra ya se redistribuía anualmente entre las gens y las tribus de confederaciones germanas, pero aún no entre los miembros individuales de una comunidad. Por tanto, la comunidad rural nació en Germania de las entrañas de un tipo más arcaico, fue producto de un desarrollo espontáneo en lugar de ser importada ya hecha de Asia. Allí, en las Indias Orientales, la encontramos también, y siempre como último término o último período de la formación arcaica.

Para juzgar de los posibles destinos de la «comunidad rural» desde un punto de vista puramente teórico, es decir, presuponiendo siempre condiciones de vida normales, tengo que señalar ahora ciertos rasgos característicos que distinguen la «comunidad agrícola» de los tipos más arcaicos.

En primer término, todas las comunidades primitivas anteriores se asientan en el parentesco natural de sus miembros; al romper este vínculo fuerte, pero estrecho, la comunidad agrícola resulta más capaz de extenderse y de mantener el contacto con los extranjeros.

Luego, dentro de ella, la casa y su complemento –el patio– son ya propiedad privada del agricultor, mientras que, mucho tiempo antes de la aparición misma de la agricultura, la casa común era una de las bases materiales de las comunidades precedentes.

Finalmente, aunque la tierra de labor siga siendo propiedad comunal, se redistribuye periódicamente entre los miembros de la comunidad agrícola, de modo que cada agricultor cultiva por su cuenta los campos que se le asignan y se apropia individualmente los frutos de ese cultivo, mientras que en las comunidades más arcaicas la producción se practica en común y se reparte sólo el producto. Este tipo primitivo de la producción cooperativa  o colectiva fue, como es lógico, el resultado de la debilidad del individuo aislado, y no de la socialización de los medios de producción.

Se comprende con facilidad que el dualismo inherente a la «comunidad agrícola» puede servirle de fuente de una vida vigorosa, puesto que, de una parte, la propiedad común y todas las relaciones sociales que se desprenden de ella le dan mayor firmeza, mientras que la casa privada, el cultivo parcelario de la tierra de labor y la apropiación privada de los frutos admiten un desarrollo de la individualidad incompatible con las condiciones de las comunidades más primitivas.

Pero no es menos evidente que este mismo dualismo puede, con el tiempo, convertirse en fuente de descomposición. Dejando de lado todas las influencias del ambiente hostil, la sola acumulación gradual de la riqueza mobiliaria, que comienza por la acumulación de ganado (admitiendo incluso la riqueza en forma de siervos), el papel cada vez mayor que el elemento mobiliario desempeña en la agricultura misma y una multitud de otras circunstancias inseparables de esa acumulación, pero cuya exposición me llevaría muy lejos, actuarán como un disolvente de la igualdad económica y social y harán nacer en la comunidad misma un conflicto de intereses que trae aparejada la conversión de la tierra de labor en propiedad privada y que termina con la apropiación privada de los bosques, los pastizales, los eriales, etc., convertidos ya en anexos comunales de la propiedad privada. Por esta razón, la «comunidad agrícola» representa por doquier el tipo más reciente de la formación arcaica de las sociedades, y en el movimiento histórico de Europa Occidental, antigua y moderna, el período de la comunidad agrícola aparece como período de transición de la formación primaria a la secundaria. Ahora bien, ¿quiere eso decir que, en cualesquiera circunstancias, el desarrollo de la «comunidad agrícola» deba seguir este camino? En absoluto. Su forma constitutiva admite la siguiente alternativa: el elemento de propiedad privada que implica se impondrá al elemento colectivo o éste se impondrá a aquél. Todo depende del ambiente histórico en que se halla… Estas dos soluciones son posibles a priori, pero, tanto la una como la otra requieren sin duda ambientes históricos muy distintos.

3) Rusia es el único país europeo en el que la «comunidad agrícola» se mantiene a escala nacional hasta hoy día. No es una presa de un conquistador extranjero, como ocurre con las Indias Orientales. No vive aislada del mundo moderno. Por una parte, la propiedad común sobre la tierra le permite transformar directa y gradualmente la agricultura parcelaria e individualista en agricultura colectiva, y los campesinos rusos la practican ya en los prados indivisos; la configuración física del suelo ruso propicia el empleo de máquinas en vasta escala; la familiaridad del campesino con las relaciones de artel le facilita el tránsito del trabajo parcelario al cooperativo y, finalmente, la sociedad rusa, que ha vivido tanto tiempo a su cuenta, le debe presentar los avances necesarios para ese tránsito. Por otra parte, la existencia simultánea de la producción occidental, dominante en el mercado mundial, le permite a Rusia incorporar a la comunidad todos los adelantos positivos logrados por el sistema capitalista sin pasar por sus Horcas Caudinas [7].

Si los representantes de los «nuevos pilares sociales» negasen la posibilidad teórica de la evolución de la comunidad rural moderna, se podría preguntarles: ¿debía Rusia, lo mismo que el Occidente, pasar por un largo período de incubación de la industria mecánica para llegar a las máquinas, a los buques de vapor, a los ferrocarriles, etc.? Se podría preguntarles, además, ¿cómo se las han arreglado para introducir en un abrir y cerrar de ojos todo el mecanismo de cambio (bancos, sociedades por acciones, etc.), cuya elaboración le ha costado siglos al Occidente?

Existe una característica de la «comunidad agrícola» rusa que sirve de fuente de su debilidad y le es hostil en todos los sentidos. Es su aislamiento, la ausencia de ligazón entre la vida de una comunidad y la de otras, ese microcosmos localizado que no se encuentra por doquier como carácter inmanente de ese tipo, pero que donde se encuentre ha hecho que sobre las comunidades surja un despotismo más o menos central. La federación de las repúblicas rusas del Norte prueba que este aislamiento, que parece haber sido impuesto primitivamente por la vasta extensión del territorio, fue consolidado en gran parte por los destinos políticos de Rusia desde la invasión mongola. Hoy es un obstáculo muy fácil de eliminar. Habría simplemente que sustituir la vólost [8], institución gubernamental, con una asamblea de campesinos apoderados elegidos por las comunidades, que servirían de órgano económico y administrativo defensor de sus intereses.

Una circunstancia muy favorable, desde el punto de vista histórico, para la conservación de la «comunidad agrícola» por vía de su ulterior desarrollo, consiste en que no sólo es contemporánea de la producción capitalista occidental y puede, por tanto, apropiarse los frutos sin sujetarse a su modus operandi [9], sino que ha sobrevivido a la época en que el sistema capitalista se hallaba aún intacto, que lo encuentra, al contrario, en Europa Occidental, lo mismo que en los Estados Unidos, en lucha tanto contra las masas trabajadoras como contra la ciencia y contra las mismas fuerzas productivas que engendra, en una palabra, lo encuentra en una crisis que terminará con la eliminación del mismo, con un retorno de las sociedades modernas a una forma superior de un tipo «arcaico» de la propiedad y de la producción colectivas.

Por supuesto, la evolución de la comunidad sería gradual y el primer paso sería el de colocarla en unas condiciones normales sobre su base actual.

Pero le hace frente la propiedad sobre la tierra, que tiene en sus manos casi la mitad, y, además, la mejor parte del suelo, sin hablar ya de los dominios del Estado. Precisamente por eso, la conservación de la «comunidad rural» por vía de su evolución ulterior coincide con el movimiento general de la sociedad rusa, cuya regeneración sólo es posible a ese precio.

Incluso desde el punto de vista puramente económico, Rusia puede salir de su atolladero agrícola mediante la evolución de su comunidad rural; serían vanos los intentos de salir de esa situación con ayuda del arrendamiento capitalizado al estilo inglés, sistema contrario a todas las condiciones rurales del país.

De hacer abstracción de todas las calamidades que deprimen en el presente la «comunidad rural» rusa y de tomar en consideración nada más que su forma constitutiva y su ambiente histórico, se verá con toda evidencia, desde la primera mirada, que uno de sus caracteres fundamentales –la propiedad comunal sobre la tierra– forma la base natural de la producción y la apropiación colectivas. Además la familiaridad del campesino ruso con las relaciones de artel le facilitaría el tránsito del trabajo parcelario al colectivo, que practica ya en cierto grado en los prados indivisos, en los trabajos de avenamiento y otras empresas de interés general. Pero, para que el trabajo colectivo pueda sustituir en la agricultura propiamente dicha el trabajo parcelario, fuente de apropiación privada, hacen falta dos cosas: la necesidad económica de tal transformación y las condiciones materiales para llevarla a cabo.

Cuanto a la necesidad económica, la «comunidad rural» la sentirá tan pronto como se vea colocada en condiciones normales, es decir, tan pronto como se le quite el peso que gravita sobre ella y tan pronto como reciba una extensión normal de tierra para el cultivo. Han pasado ya los tiempos en que la agricultura rusa no necesitaba más que tierra y agricultor parcelario pertrechado con aperos más o menos primitivos. Estos tiempos han pasado con tanta más rapidez porque la opresión del agricultor contagia y esteriliza su campo. Le hace falta ahora el trabajo colectivo organizado en gran escala. Además, ¿acaso el campesino, que carece de las cosas indispensables para el cultivo de 2 ó 3 desiatinas de tierra, se verá en una situación mejor cuando el número de sus desiatinas se decuplique?

Pero, ¿cómo conseguir los equipos, los fertilizantes, los métodos agronómicos, etc., todos los medios imprescindibles para el trabajo colectivo? Precisamente aquí resalta la gran superioridad de la «comunidad rural» rusa en comparación con las comunidades arcaicas del mismo tipo. Es la única que se ha conservado en Europa en gran escala, a escala nacional. Así se halla en un ambiente histórico en el que la producción capitalista contemporánea le ofrece todas las condiciones de trabajo colectivo. Tiene la posibilidad de incorporarse a los adelantos positivos logrados por el sistema capitalista sin pasar por sus Horcas Caudinas. La configuración física de la tierra rusa favorece el empleo de las máquinas en la agricultura organizada en vasta escala y practicada por medio del trabajo cooperativo. Cuanto a los primeros gastos de establecimiento –intelectuales y materiales–, la sociedad rusa debe facilitarlos a la «comunidad rural», a cuenta de la cual ha vivido tanto tiempo y en la que debe buscar su «elemento regenerador».

La mejor prueba de que este desarrollo de la «comunidad rural» responde al rumbo histórico de nuestra época es la crisis fatal que experimenta la producción capitalista en los países europeos y americanos, en las que se ha desarrollado más, crisis que terminará con la eliminación del mismo, con el retorno de la sociedad moderna a una forma superior del tipo más arcaico: la producción y la apropiación colectivas.

4) Para poder desarrollarse, es preciso, ante todo, vivir, y nadie ignorará que, en el momento presente, la vida de la «comunidad rural» se encuentra en peligro.

A fin de expropiar a los agricultores no es preciso echarlos de sus tierras, como se hace en Inglaterra y otros países; tampoco hay necesidad de abolir la propiedad común mediante un ukase. Que pruebe uno arrancar a los campesinos el producto del trabajo de éstos por encima de cierta medida. A despecho de la gendarmería y del ejército, ¡no habrá manera de aferrarlos a sus campos! En los últimos años del Imperio romano, los decuriones provinciales, no los campesinos, sino propietarios de tierras, huían de sus casas, abandonaban sus tierras, se vendían como esclavos, con la única finalidad de verse libre de una propiedad que no era más que un pretexto oficial para estrujarlos sin piedad.

Desde la llamada emancipación de los campesinos, la comunidad rusa se ha visto colocada por el Estado en unas condiciones económicas anormales, y desde entonces éste no ha cesado de oprimirla con ayuda de las fuerzas sociales concentradas en sus manos. Extenuada por las exacciones fiscales, se ha convertido en una materia inerte de fácil explotación por el comercio, la propiedad de tierras y la usura. Esta opresión desde fuera ha desencadenado en el seno de la comunidad misma el conflicto de intereses ya existente y ha desarrollado rápidamente sus gérmenes de descomposición. Ahora bien, eso no es todo. A cuenta de los campesinos, el Estado ha impulsado las ramas del sistema capitalista occidental que, sin desarrollar lo más mínimo las potencias productivas de la agricultura, son las más apropiadas para facilitar y precipitar el robo de sus frutos por los intermediarios improductivos. De este modo ha coadyuvado al enriquecimiento de un nuevo parásito capitalista que chupa la sangre, ya de por sí escasa, de la «comunidad rural».

…En una palabra, el Estado ha prestado su concurso al desarrollo precoz de los medios técnicos y económicos más apropiados para facilitar y precipitar la explotación del agricultor, es decir, la mayor fuerza productiva de Rusia, y para enriquecer los «nuevos pilares de la sociedad».

5) Este concurso de influencias destructivas, a menos de que no se vea aniquilado por una poderosa reacción, debe llevar naturalmente a la muerte de la comunidad rural.

Pero uno se pregunta: ¿por qué todos estos intereses (incluidas las grandes industrias colocadas bajo la tutela del gobierno), a las que conviene tanto el estado actual de la comunidad rural, por qué se afanarían en matar la gallina que les pone huevos de oro? Precisamente porque se dan cuenta de que «este estado actual» no puede continuar, que, por consecuencia, el modo actual de explotación está ya fuera de moda. La miseria del agricultor ha contagiado la tierra, la cual se vuelve estéril. Las buenas cosechas se alternan con los años de hambre. El promedio de los diez años últimos revela una producción agrícola no solamente estancada, sino, además, retrógrada. En fin, por vez primera, Rusia se ve forzada a importar cereales, en lugar de exportarlos. Por tanto, no hay que perder tiempo. Hay que poner fin a eso. Hay que constituir en clase media rural la minoría más o menos acomodada de los campesinos y convertir la mayoría simplemente en proletarios. A tal efecto, los portavoces de los «nuevos pilares de la sociedad» ponen al descubierto las heridas causadas a la comunidad, presentándolas como síntomas naturales de la decrepitud de ésta.

Visto que a tantos intereses diversos y, sobre todo a los de los «nuevos pilares de la sociedad», florecidos bajo el reinado benévolo de Alejandro II, les convenía el estado actual de la «comunidad rural», ¿por qué irían conscientemente a buscar la muerte de la misma? ¿Por qué sus portavoces ponen al descubierto las heridas que le han causado a la comunidad como si fueran una prueba de la decrepitud natural de ésta? ¿Por qué quieren matar la gallina que les pone huevos de oro?

Simplemente porque los hechos económicos, cuyo análisis me llevaría muy lejos, han quitado el velo del secreto de que el estado actual de la comunidad no puede continuar y que, en virtud de la necesidad misma de las cosas, el modo actual de explotar a las masas populares está ya fuera de moda. Por consiguiente, hace falta algo nuevo, y este elemento nuevo, insinuado bajo las más diversas formas, se reduce siempre a lo siguiente: abolir la propiedad comunal, dejar que la minoría más o menos acomodada de los campesinos se constituya en clase media rural, convirtiéndose la gran mayoría simplemente en proletarios.

Por una parte, la «comunidad rural» ha sido llevada casi al último extremo y, por otra, la acecha una poderosa conspiración con el fin de asestarle el golpe de gracia. Para salvar la comunidad rusa hace falta una revolución rusa. Por lo demás, los que tienen en sus manos las fuerzas políticas y sociales hacen lo que pueden preparando las masas para semejante catástrofe.

Y, a la vez que desangran y torturan la comunidad, esterilizan y agotan su tierra, los lacayos literarios de los «nuevos pilares de la sociedad» señalan irónicamente las heridas que le han causado a la comunidad, presentándolas como síntomas de la decrepitud espontánea de ésta. Aseveran que se muere de muerte natural y que sería un bien el abreviar su agonía. No se trata ya, por tanto, de un problema que hay que resolver; trátase simplemente de un enemigo al que hay que arrollar. Para salvar la comunidad rusa hace falta una revolución rusa. Por lo demás, el Gobierno ruso y los «nuevos pilares de la sociedad» hacen lo que pueden preparando las masas para semejante catástrofe. Si la revolución se produce en su tiempo oportuno, si concentra todas sus fuerzas para asegurar el libre desarrollo de la comunidad rural, ésta se erigirá pronto en elemento regenerador de la sociedad rusa y en elemento de superioridad sobre los países sojuzgados por el régimen capitalista.

 

 


[1] La presente carta es el primer esbozo de la respuesta de Marx a la carta de V. I. Zasulich fechada el 16 de febrero de 1881. En su carta, Zasulich, al informar a Marx sobre el papel que había desempeñado El Capital en las discusiones de los socialistas rusos acerca de los destinos del capitalismo en Rusia, le pedía en nombre de los camaradas, los «socialistas revolucionarios» rusos, que expusiese sus puntos de vista sobre esta cuestión y, en particular, sobre la cuestión de la comunidad. Cuando recibió la misiva (así como otra de Petersburgo, del Comité Ejecutivo de la «Libertad del Pueblo», con análoga petición), Marx, trabajando en el tomo III de El Capital, ya había dedicado mucho esfuerzo al estudio de las relaciones socioeconómicas en Rusia, del régimen interior y el estado de la comunidad campesina rusa. Con motivo de las mencionadas cartas realizó un gran trabajo suplementario para sintetizar el material de las fuentes estudiadas y llegó a la conclusión de que sólo una revolución popular rusa, apoyada por la revolución proletaria en Europa Occidental podía superar las «influencias perniciosas» que acosaban por todos los lados a la comunidad rusa. La revolución rusa crearía una situación favorable para la victoria del proletariado europeooccidental, y éste ayudaría, a su vez, a Rusia a soslayar la vía capitalista de desarrollo.

[2] Véase la presente edición, [Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974] t. 2, págs. 103-104. (N. de la Edit.)

[3] Véase la presente edición, [Marx & Engels, Obras Escogidas en tres tomos, Editorial Progreso, Moscú, 1974] 2, págs. 149-150. (N. de la Edit.)

[4] L. Morgan. (N. de la Edit.)

[5] L. H. Morgan, Ancient Society or Researches in the Lines of Human Progress from Savagery, through Barbarism to Civilization («Sociedad antigua o Investigaciones de las líneas de progreso humano de la barbarie a la civilización»), London, 1877, p. 552.

[6] H. S. Maine, Village-Communities in the East and West («Comunidades rurales en el Oriente y Occidente»), London, 1871.

[7] En el año 321 a. de n. e. en las Horcas Caudinas, cerca de la antigua ciudad romana de Caudio, los samnitas (tribus que poblaban una región montañosa en los Apeninos Medianos) derrotaron a las legiones romanas y las obligaron a pasar bajo el yugo, lo que se consideraba lo más humillante para el ejército vencido. De ahí la expresión «pasar bajo las Horcas Caudinas», o sea sufrir humillación suprema.

[8] Vólost: Subdistrito, unidad administrativa territorial mínima en la Rusia prerrevolucionaria.

[9] Modo de proceder. (N. de la Edit.)

 


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