Diez tesis sobre la multitud y el capitalismo posfordista

25 01 2011

Paolo Virno

capítulo del libro Gramática de la multitud: para un análsis de las formas de vida. Ediciones Colihue, Buenos Aires, 2002

publicado en argentina.indymedia.org

He intentado describir el modo de producción contemporáneo, el denominado posfordismo, sobre la base de categorías extraídas de la filosofía política, de la ética, de la epistemología, de la filosofía del lenguaje. No por costumbre profesional, sino porque estoy convencido de que el modo de producción contemporáneo exige, para ser descrito de modo adecuado, esta instrumentación, esta amplitud de mirada. No se comprende el posfordismo sin recurrir a una constelación conceptual ética-lingüística. Como es obvio, por otra parte, allí el matter of fact [en inglés en el original, N. del T.] debe consistir en la identificación progresiva entre poiesis y lenguaje, producción y comunicación.

Para denominar con un término unitario la forma de vida y juegos lingüísticos que caracterizan a nuestra época, he utilizado la noción de “multitud”. Esta noción, antipódica de aquella de “pueblo”, se define por el conjunto de quiebres, desmoronamientos, innovaciones que he intentado señalar. Citando desordenadamente: la vida de los extranjeros (bios xenikos) como condición ordinaria; la prevalencia de los “lugares comunes” del discurso por sobre aquellos “especiales”; la publicidad del intelecto, tanto como recurso apotropaico o como base de la producción social; la actividad sin obra (es decir, el virtuosismo); la centralidad del principio de individuación; la relación con lo posible en cuanto tal (oportunismo); el desarrollo hipertrófico de los aspectos no referenciales del lenguaje (charla). En la multitud se da la plena exhibición histórica, fenoménica, empírica de la condición ontológica del animal humano: carencias biológicas, carácter indefinido o potencial de su existencia, ausencia de un ambiente determinado, intelecto lingüístico como “resarcimiento” por la escasez de instintos especializados. Es como si las raíces hubiesen salido a la superficie, quedando expuestas a la vista. Aquello que siempre fue verdad, se ve ahora sin velamientos. La multitud es esto: configuración biológica fundamental que deviene modo de ser históricamente determinado, ontología que se revela fenoménicamente. Se puede decir también que la multitud postfordista resalta sobre el plano histórico- empírico la antopogénesis como tal, es decir, la misma génesis del animal humano, sus caracteres diferenciales. La recorre en compendio, la recapitula. Hemos pensado en estas consideraciones más bien abstractas como otra forma para decir que el capitalismo contemporáneo tiene su principal recurso productivo en las actitudes lingüísticas- relacionales del ser humano, en el conjunto de facultades (dynameis, potencia) comunicativas y cognoscitivas que lo distinguen.

El seminario ha concluido. Lo que podía decirse ya está (bien o mal) dicho. Ahora, al término de nuestra circunnavegación del continente “multitud”, sólo queda insistir sobre algunos aspectos por dirimir. A tal fin, propongo diez aserciones sobre la multitud y el capitalismo postfordista. Aserciones que sólo por comodidad llamo tesis. Ellas no pretenden ser exhaustivas, ni quieren contraponerse a otros posibles análisis o definiciones del postfordismo. De tesis auténticas sólo tienen el aspecto apodíptico y (espero) la concisión. Algunas de estas aserciones podrían, quizá, converger entre sí, fundiéndose en una única “tesis”. Además, la secuencia es arbitraria: aquella que aparece como “tesis x” no perdería nada figurando como “tesis y” (y viceversa). Debo aclarar, en fin, que a menudo afirmo o niego con más claridad, o menos matices, de lo que sería justo (o prudente). En algunos casos, casi diría, más de lo que pienso.

Tesis 1

El postfordismo (y con él la multitud) ha hecho su aparición en Italia con las luchas sociales que por convención son recordadas como el “movimiento de 1977”.

El postfordismo ha estado inaugurado en Italia por los tumultos de una fuerza de trabajo escolarizada, precaria, móvil, que odiaba la ética del trabajo y se oponía, a veces frontalmente, a las tradiciones y la cultura de la izquierda histórica, marcando una clara discontinuidad con el obrero de la línea de montaje, sus usos y costumbres, su forma de vida. El postfordismo fue inaugurado por conflictos centrados en figuras sociales que, pese a su aparente marginalidad, estaban convirtiéndose en el auténtico fulcro del nuevo ciclo de desarrollo capitalista. Por otra parte, ya ha sucedido que un cambio radical del modo de producción sea acompañado por la precoz conflictividad de aquellos estratos de la fuerza de trabajo que de a poco se fueron constituyendo en el eje de sustentación de la producción de plusvalor. Basta pensar en la peligrosidad atribuida en el Setecientos a los vagabundos ingleses, ya expulsados de los campos, y a punto de sumergirse en las primeras manufacturas. O en las luchas de los obreros no calificados estadounidenses en los años 10 de nuestro siglo, luchas que precedieron los cambios fordistas y tayloristas basados en la descalificación sistemática del trabajo. Toda metamorfosis drástica de la organización productiva está destinada en un principio a evocar los afanes de la “acumulación originaria”, debiendo transformar desde el inicio una relación entre cosas (nueva tecnología, distintos destinos de las inversiones, etc.) en una relación social. Es en este intermedio delicado donde se manifiesta a veces el aspecto subjetivo de aquello que, más tarde, deviene irrefutable decurso factual.

La obra maestra del capitalismo italiano ha sido haber transformado en recurso productivo precisamente los comportamientos que, en un primer momento, se manifestaban con la semblanza del conflicto radical. La conversión de las propensiones colectivas del movimiento del ’77-éxodo de la fábrica, rechazo al empleo estable, familiaridad con los saberes y las redes comunicativas- en un concepto innovado de profesionalidad (oportunismo, charla, virtuosismo, etc.): ése es el resultado más precioso de la contrarrevolución italiana (entendiendo por “contrarrevolución” no la simple restauración del estado de cosas precedente, sino, literalmente, una revolución al revés, es decir, una innovación drástica de la economía y de las instituciones a los fines de lanzar de nuevo la productividad y el dominio político).

El movimiento del ’77 tuvo la desdicha de ser tratado como un movimiento de marginales y parásitos. De hecho, marginal y parasitario era el punto de vista adoptado por quienes emitían esas acusaciones. En efecto, esos se identificaban del todo con el paradigma fordista, considerando “central” y “productivo” sólo al trabajo estable en la fábrica de bienes de consumo durables. Se identificaban, por tanto, con el ciclo de desarrollo en declinación. Bien visto, el movimiento del ’77 anticipó algunos rasgos de la multitud postfordista. Pálido y tosco cuanto se quiera, el suyo fue nada menos que un virtuosismo no servil.

Tesis 2

El postfordismo ¿es la realización empírica del “Fragmento sobre las máquinas” de Marx?

Escribe Marx: “El robo del tiempo de trabajo ajeno sobre el cual se apoya la actual riqueza se presenta como una base miserable respecto a esta nueva base [el sistema de máquinas automatizadas] que se ha desarrollado mientras tanto, siendo creada por la misma gran industria. Apenas el trabajo en forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo cesa y debe cesar de ser su medida, y por consiguiente, el valor de cambio debe cesar de ser la medida del valor de uso” (Marx 1939-1941: II, 401). En el “Fragmento sobre las máquinas” de los Grundrisse, de donde he extraído la cita, Marx sostiene una tesis muy poco marxista: el saber abstracto- aquel científico en primer lugar, pero no sólo él- se encamina a convertirse en nada menos que la principal fuerza productiva, relegando al trabajo parcializado y repetitivo en una posición residual. Sabemos que Marx recurre a una imagen tan sugestiva para indicar el conjunto de conocimientos que constituyen el epicentro de la producción social y, al mismo tiempo, preordenan todos los ámbitos vitales: general intellect, intelecto general. La preeminencia tendencial del saber hace del tiempo de trabajo una “base miserable”. La denominada “ley del valor” (según la cual el valor de una mercancía está determinado por el tiempo de trabajo incorporado en ella), que Marx considera el arquitrabe de las actuales relaciones sociales, es, sin embargo, refutada y resquebrajada por el propio desarrollo capitalista.

Es en este punto donde Marx plantea una hipótesis de superación de la relación de producción dominante muy distinta de aquella, y de las expuestas en otros textos. En el “Fragmento” la crisis del capitalismo no está ya más imputada a las desproporciones internas de un modo de producción realmente basado en el tiempo de trabajo erogado individualmente (no está más imputada, pues, a los desequilibrios conexos a la plena vigencia de las leyes, como por ejemplo, a la caída de la tasa de ganancia). Llegan al primer plano, más bien, las contradicciones lacerantes entre un proceso productivo, que hoy gira directa y exclusivamente sobre la ciencia, y una unidad de medida de la riqueza todavía coincidente con la cantidad de trabajo incorporada a los productos. El progresivo ensanchamiento de esta contradicción conduce, según Marx, al “derrumbe de la producción basada sobre el valor de cambio” y, por lo tanto, al comunismo.

Esto que salta a la vista, en la época postfordista, es la plena realización factual de la tendencia descripta por Marx, pero sin algún aspecto emancipador. Antes que foco de crisis, la desproporción entre el papel absoluto del saber y la importancia decreciente del tiempo de trabajo ha dado lugar a una nueva y estable forma de dominio. Las metamorfosis radicales del mismo concepto de producción están inscriptas para siempre en el ámbito del trabajo bajo patrón. Más que aludir a una superación de lo existente, el “Fragmento” es una caja de herramientas para el sociólogo. Describe una realidad empírica ante la mirada de todos: la realidad empírica del ordenamiento postfordista.

Tesis 3

La multitud refleja en sí la crisis de la sociedad del trabajo

La crisis de la sociedad del trabajo no coincide ciertamente con una contracción lineal del tiempo de trabajo. Este último, por el contrario, muestra hoy una inaudita persistencia. Las posiciones de Gorz y Rifkin sobre el “fin del trabajo” (Gorz 1997; Rifkin 1995) están equivocadas; sembradas de errores de toda clase; y lo que es peor, impiden analizar la cuestión que evocan.

La crisis de la sociedad del trabajo consiste antes que nada en el hecho (tesis 2) que la riqueza social está producida por la ciencia, por el general intellect, antes que por el trabajo erogado por el individuo. El trabajo ordenado parece reducido a porciones virtualmente despreciables de una vida. La ciencia, la información, el saber en general, la cooperación, se presentan como la pilastra de la producción. Ellos, ya no más el tiempo de trabajo. Todavía este tiempo continúa valiendo como parámetro del desarrollo y de la riqueza social. La salida de la sociedad del trabajo constituye, por eso, un proceso contradictorio, teatro de furiosas antinomias y de desconcertantes paradojas. El tiempo de trabajo es la unidad de medida vigente, pero ya no más verdadera. Ignorar uno de los dos lados- subrayar sólo la vigencia o sólo la no-verdad- no nos lleva lejos: en el primer caso ni siquiera nos percatamos de la crisis de la sociedad del trabajo, en el segundo se termina en la avalada representación pacífica a lo Gorz o a la Rifkin.

La superación de la sociedad del trabajo sobreviene en la forma prescripta del sistema social basado en el trabajo asalariado. El tiempo excedente, es decir, riqueza potencial, se manifiesta como miseria: dependencia, desocupación estructural (provocada por las inversiones no por su falta), flexibilización ilimitada en el empleo de la fuerza de trabajo, proliferación de jerarquías, restablecimiento de arcaísmos disciplinarios para controlar individuos, ya no sometidos a los preceptos del sistema fabril. Esta es la tempestad magnética con la cual se despliega, en el plano fenoménico, una “superación” tan paradójica de cumplir sobre la misma base de aquello que quiere superar.

Repito la frase clave: la superación de la sociedad del trabajo se cumple según las reglas del trabajo asalariado. Esta frase no hace más que aplicar a la situación postfordista lo que Marx observó a propósito de la primera sociedad por acciones. Según Marx, con la sociedad por acciones se ha “superado la propiedad privada sobre la base misma de la propiedad privada”. Vale decir: la sociedad por acciones atestigua la posibilidad de salida del régimen de la propiedad privada, pero esta afirmación conduce para siempre al interior de la propiedad privada, mejor dicho, potencia esta última desmesuradamente. Toda la dificultad, en el caso del postfordismo como en el de aquella sociedad por acciones, está en poder considerar simultáneamente los dos perfiles contradictorios, la subsistencia y el final, la vigencia y la superación.

La crisis de la sociedad del trabajo (acordemos) implica que toda la fuerza de trabajo postfordista puede ser descripta mediante la categoría con la cual Marx analizó al “ejército industrial de reserva”, es decir, la desocupación. Marx creía que el “ejército industrial de reserva” era subdivisible en tres especies o figuras: fluido (hoy hablamos de turn- over (en inglés en el original. N. del T.), jubilaciones anticipadas, etc.), latente (allí donde en cualquier momento puede llegar una innovación tecnológica a segar la ocupación), estancado (en términos actuales: el trabajo en negro, precario, atípico). Fluida, latente o estancada es, según Marx, la masa de desocupados, no la clase obrera ocupada; un sector marginal de la fuerza de trabajo, no su sección central. Pues bien, la crisis de la sociedad del trabajo (con las características complejas que intentamos esbozar) hace que estas tres determinaciones sean aplicables, efectivamente, a la totalidad de la fuerza de trabajo. Fluida o latente o estancada es la clase trabajadora ocupada en cuanto tal. Toda erogación de trabajo asalariado deja traslucir su no- necesidad, su carácter de costo social excesivo. Pero esta no- necesidad se manifiesta siempre como perpetuación del trabajo asalariado precario o “flexibilizado”.

Tesis 4

Para la multitud postfordista cada vez hay menos diferencia cualitativa entre tiempo de trabajo y de no-trabajo.

Hoy el tiempo social parece salido de sus goznes, pues ya no hay nada que distinga al tiempo de trabajo del resto de las actividades humanas. Por lo tanto, como el trabajo deja de constituir una praxis especial y separada, en cuyo interior rigen criterios y procedimientos peculiares, todo es distinto de los criterios y procedimientos que regulan el tiempo de no- trabajo. No hay más un límite neto que separe el tiempo de trabajo del de no- trabajo. En el fordismo, según Gramsci, el intelecto queda fuera de la producción; sólo al finalizar el trabajo el obrero fordista lee el diario, acude a la sesión del partido, piensa, dialoga. Por el contrario, en el postfordismo ya que la “vida de la mente” está plenamente incluida en el espacio- tiempo de la producción, prevalece una homogeneidad esencial.

Trabajo y no trabajo desarrollan idéntica productividad, basada sobre el ejercicio de facultades humanas genéricas: lenguaje, memoria, socialidad, inclinaciones éticas y estéticas, capacidad de abstracción y aprendizaje. Desde el punto de vista de “que cosa” se hace y del “cómo” se hace no hay ninguna diferencia sustancial entre ocupación y desocupación. Podemos decir: la desocupación es trabajo no remunerado; el trabajo, por su parte, es desocupación remunerada. Se puede afirmar con buenos motivos tanto que nunca se deja de trabajar como que se trabaja siempre de menos. Esta formulación paradójica, y también contradictoria, atestigua, en su conjunto, la salida de sus bisagras del tiempo social.

La antigua distinción entre “trabajo” y “no trabajo” se resuelve en esta entre vida retribuida y vida no retribuida. El confín entre una y otra es arbitrario, cambiante, sujeto a decisiones políticas.

La cooperación productiva de la que participa la fuerza de trabajo es cada vez más amplia y rica que la puesta en acción en el proceso laboral. Comprende también al no- trabajo, las experiencias y conocimientos maduradas fuera de la fábrica y del oficio. La fuerza de trabajo valoriza al capital solamente porque no pierde más su calidad de no- trabajo (es decir su inherencia a una cooperación productiva más rica que aquella integrada al proceso laboral estrechamente acordado).

Ya que la cooperación laboral precede y excede al proceso laboral, el trabajo postfordista es siempre, además, trabajo sumergido. Con esta expresión no se entiende aquí un empleo no contractualizado, “en negro”. Trabajo sumergido es, ante todo, la vida no retribuida, es decir, la parte de actividad humana que, homogénea en todo a aquella trabajadora, no es sin embargo computada como fuerza productiva.

El punto decisivo es reconocer que en el trabajo tiene un peso preponderante la experiencia madurada por fuera de él, sabiendo sin embargo que esta esfera de experiencia más general, una vez incluida en el proceso productivo, se somete a las reglas del modo de producción capitalista. También aquí hay un doble riesgo: o negar la dimensión de cuanto viene incluido en el modo de producción, o bien, en nombre de dicha dimensión, negar la existencia de un modo específico de producción.

Tesis 5

En el postfordismo subsiste un descarte permanente entre “tiempo de trabajo” y un más amplio “tiempo de producción”.

Marx distingue entre “tiempo de trabajo” y “tiempo de producción” en los capítulos XII y XIII del segundo libro de El capital. Pensemos en el ciclo siembra- cosecha. El jornalero se fatiga durante un mes (tiempo de trabajo); luego viene el largo intervalo de maduración del grano (ahora tiempo de producción, pero no de trabajo); finalmente llega la época de la cosecha (otra vez tiempo de trabajo). En la agricultura y en otros sectores la producción es más extensa que la misma actividad laboral; por lo que esta última constituye apenas una fracción del ciclo total. Pues bien, la dupla “tiempo de trabajo” / “tiempo de producción” es una herramienta conceptual extraordinariamente pertinente para comprender la realidad postfordista, las articulaciones actuales de la jornada laboral social. De aquellos ejemplos bucólicos de Marx, el descarte entre “producción” y “trabajo” se adecua muy bien a la situación descripta por Marx en el “Fragmento sobre las máquinas”, una situación en la cual el tiempo de trabajo se presenta como un “residuo miserable”.

La desproporción toma dos formas distintas. En primer lugar, se halla dentro de cada jornada laboral de cada dependiente individual. El obrero vigila y coordina (tiempo de trabajo) el sistema automático de máquinas (cuyo funcionamiento define el tiempo de producción); la actividad del trabajador se resuelve a menudo en una especie de mantenimiento. Se podría decir que, en el ámbito postfordista el tiempo de producción sólo se interrumpe a expensas del tiempo de trabajo. Mientras la siembra es condición necesaria para la posterior fase de crecimiento del grano, la actual actividad de vigilancia y coordinación es colocada, desde el principio al fin, al costado del proceso automatizado.

Tenemos luego un segundo y más radical modo de concebir la desproporción. En el postfordismo el “tiempo de producción” comprende al tiempo de no- trabajo, a la cooperación social que se radica en él (Tesis 4). Denomino por eso “tiempo de producción” a la unidad indisoluble de vida retribuida y vida no retribuida, trabajo y no- trabajo, cooperación social emergida y cooperación social sumergida. El “tiempo de trabajo” es sólo un componente, y no necesariamente el más relevante, del “tiempo de producción” así acordado. Esta constatación nos fuerza a reformular, en parte o del todo, la teoría del plusvalor. Según Marx, el plusvalor emana del plustrabajo, es decir, de la diferencia entre trabajo necesario (que reintegra al capitalista de la compra efectuada para adquirir la fuerza de trabajo) y el conjunto de la jornada laboral. Pues bien, debemos decir que el plusvalor en la época postfordista está determinado sobre todo por el hiato entre un tiempo de producción no computado como tiempo de trabajo y el tiempo de trabajo propiamente dicho. No sólo cuenta el descarte, interno al tiempo de trabajo, entre trabajo necesario y plusvalor, sino también (o tal vez más) el descarte entre tiempo de producción (que incluye en sí al no- trabajo, a su peculiar productividad) y tiempo de trabajo.

Tesis 6

El postfordismo se caracteriza por la convivencia de muy diversos modelos productivos y, por otra parte, por una socialización extralaboral esencialmente homogénea.

A diferencia de la fordista, la actual organización del trabajo es siempre en manchas de leopardo. Las innovaciones tecnológicas no son universales: más que determinar un modelo productivo único y conductor, ellas mantienen con vida a una miríada de modelos diferenciados, resucitándolos de sus anacronismos y superaciones. El postfordismo reedita todo el pasado de la historia del trabajo, desde islas de obreros- masa a enclaves de obreros profesionales, desde un inflado trabajo autónomo a restablecidas formas de dominio personal. Los modelos de producción sucedidos a través de prolongados periodos se representan sincrónicamente, casi del mismo modo que en una Exposición Universal. El fondo es la suposición que esta proliferación de diferencias, esta rotura de formas organizativas, está construida por el general intellect, por la tecnología informática- telemática, por una cooperación productiva que incluye en sí al tiempo de no- trabajo. Paradójicamente, cuando el saber y el lenguaje devienen la principal fuerza productiva, se da una desenfrenada multiplicación de modelos de organización del trabajo, aunque en ecléctica convivencia.

Hay que preguntarse qué cosa tienen en común el técnico de software, el obrero de la Fiat o el trabajador precario. Y debemos tener el coraje de responder: bien poco, en cuanto a las tareas, a la competencia profesional, a las características del proceso laboral. Pero también: todo, en cuanto a los modos y contenidos de la socialización extralaboral del individuo particular. Comunes son, por ejemplo, la tonalidad emotiva, las inclinaciones, la mentalidad, las expectativas. Sólo que este ethos homogéneo (oportunismo, charla, etc.), mientras en los sectores avanzados está incluido en la producción y delinea perfiles profesionales, para aquellos que están destinados a sectores tradicionales, como para el jornalero estacional que oscila entre trabajo y desocupación, se incorpora ante todo al “mundo de la vida”. Para decirlo de otro modo: el punto de sutura se encuentra entre el oportunismo al trabajo y el oportunismo universalmente solicitado de la experiencia metropolitana. A la fragmentación de los modelos productivos, a su convivencia en forma de Exposición Universal, se le contrapone el carácter sustancialmente unitario de la socialización desenganchada del proceso laboral.

Tesis 7

En el postfordismo el general intellect no coincide con el capital fijo, sino que se manifiesta principalmente como interacción lingüística del trabajo vivo.

Como ya se ha dicho en la segunda jornada del seminario, Marx identificó sin dudas al general intellect (el saber en cuanto principal fuerza productiva) con el capital fijo, con la “capacidad científica objetivada” en el sistema de máquinas. Así descuidó el lado, hoy absolutamente preeminente, por el cual el general intellect se presenta como trabajo vivo. Esta crítica obliga al análisis de la producción postfordista. En el denominado “trabajo autónomo de segunda generación”, y también en los procedimientos operativos de una fábrica radicalmente innovada como la Fiat de Melfi, no es difícil reconocer que la conexión entre saber y producción no se agota en absoluto en el sistema de máquinas, sino que se articula en la cooperación lingüística de hombres y mujeres, en su concreto actuar conjunto. En el ámbito postfordista juegan un papel decisivo constelaciones conceptuales y esquemas lógicos que no pueden ya cuajar en capital fijo, siendo inescindibles de la interacción de una pluralidad de sujetos vivientes. El “intelecto general” comprende, por lo tanto, conocimientos formales e informales, imaginación, inclinaciones estéticas, mentalidad, “juegos lingüísticos”. En los procesos laborales contemporáneos, somos pensadores y discursos que funcionamos de por sí como “máquinas” productivas, sin que debamos adoptar un cuerpo mecánico ni tampoco un alma electrónica.

El general intellect se vuelve un atributo del trabajo vivo cuando la actividad de este último consiste, en creciente medida, en prestaciones lingüísticas. Es palpable aquí la falta de fundamento de la posición de Juergen Habermas. Él, basándose en las lecciones de Hegel a Jena (Habermas 1968), opone el trabajo a la interacción, el “actuar instrumental” (o estratégico) al “actuar comunicativo”. A su juicio, los dos ámbitos responden a criterios inconmensurables: el trabajo sigue la lógica medios/ fines, la interacción lingüística se apoya en los cambios, en el recíproco reconocimiento, en el compartir un idéntico ethos. Hoy, sin embargo, el trabajo (dependiente, asalariado, productivo de plusvalor) es interacción. El proceso laboral ya no es más taciturno sino locuaz. El “actuar comunicativo” no pertenece más a un terreno privilegiado, exclusivo, en las relaciones éticas- culturales y en la política, extendiéndose, en cambio, al ámbito de la reproducción material de la vida. Por el contrario, la palabra dialógica se instala en el mismo corazón de la producción capitalista. Con un agregado: para comprender verdaderamente a la praxis trabajadora postfordista debemos dirigirnos cada vez más a Saussure y Wittgenstein. Es cierto que estos autores se desinteresaron de las relaciones sociales de producción: sin embargo han reflexionado profundamente sobre la experiencia lingüística, con lo cual pueden enseñarnos mucho más acerca de la “fábrica locuaz” que lo que puedan los economistas profesionales.

Ya hemos dicho que una parte del tiempo de trabajo del individuo está destinada a enriquecer y potenciar la propia cooperación productiva, es decir, el mosaico del cual él es un fragmento. Más claramente: es tarea del trabajador mejorar y variar la conexión entre su propio trabajo y las prestaciones de los demás. Es este carácter reflexivo de la actividad laboral el que asume una importancia creciente en los aspectos lingüísticos- relacionales, y el oportunismo y la charla se convierten en utensilios de gran relieve. Hegel había hablado de una “astucia del trabajar”, entendiendo con ello la capacidad de secundar la causalidad natural a fin de utilizar la potencia con una finalidad determinada. Pues bien, en el postfordismo la “astucia” hegeliana ha sido suplantada por la “charla” heideggeriana.

Tesis 8

El conjunto de la fuerza de trabajo postfordista, aún la más descalificada, es fuerza de trabajo intelectual, “intelectualidad de masas”.

Denomino “intelectualidad de masas” al conjunto del trabajo vivo postfordista (ya no, se entiende, sólo a aquellos sectores particularmente calificados del terciario) en tanto es depositario de competencia cognoscitiva y comunicativa no objetivable en el sistema de máquinas. La intelectualidaddemasases la forma preeminente con la cual se muestra hoy el general intellect (tesis 7). Es inútil aclarar que no me refiero de ningúnmodo a una erudición fantasmal del trabajo dependiente; no pienso que los obreros actuales sean expertos en temas de biología molecular o de filología clásica. Como he dicho en las jornadas precedentes, lo que viene sobresaliendo es el intelecto en general, es decir las actitudes más genéricas de la mente: la facultad del lenguaje, la disposición al aprendizaje, la memoria, la capacidad de abstracción y correlación, la inclinación hacia la autorreflexión. La intelectualidad de masas no tiene nada que ver con la obra del pensador (libros, fórmulas algebraicas, etc.), sino con la simple facultad de pensar y de hablar. La lengua (como el intelecto o la memoria) es lo más difuso y menos “especializado” que se pueda concebir. No el científico sino el simple parlante es un buen ejemplo de intelectualidad de masas. Y esta última no tiene nada que compartir con una nueva “aristocracia obrera”; por el contrario, está ubicada en sus antípodas. Bien vista, la intelectualidad de masas no hace más que tornar verdadera, por primera vez, la ya citada definición marxiana de fuerza de trabajo: “la suma de todas las aptitudes físicas e intelectuales existentes en la corporeidad”.

En relación con la intelectualidad de masas, es preciso evitar aquella mortífera simplificación en la cual caían los que buscaban siempre confortables repeticiones de experiencias transcurridas. Un modo de ser que tiene su fulcro en el saber y el lenguaje no puede ser definido según categorías económicas- productivas. No se trata, en suma, del siguiente eslabón de aquella cadena cuyos precedentes son el obrero de oficio y el obrero de la línea de montaje. Los aspectos característicos de la intelectualidad de masas, digamos su identidad, no pueden ser hallados en relación con el trabajo, sino, ante todo, sobre el plano de la forma de vida, del consumo cultural, de los usos lingüísticos. Aún, y esta es la otra cara de la moneda, cuando la producción no es más en modo alguno el lugar específico de formación de la identidad, ahora mismo ella se proyecta sobre todos los aspectos de la experiencia, subsumiendo dentro de sí a la competencia lingüística, las inclinaciones éticas, los matices de la subjetividad.

La intelectualidad de masas se halla en el corazón de esta dialéctica. Difícilmente describible en términos económicos- productivos, justamente por ello (no: a pesar de ello) es un componente fundamental de la actual acumulación capitalista. La intelectualidad de masas (otro nombre de la multitud) está en el centro de la economía postfordista exactamente porque su modo de ser escapa totalmente a los conceptos de la economía política.

Tesis 9

La multitud saca del juego a la “teoría de la proletarización”.

En las discusiones teóricas marxistas la confrontación entre trabajo “complejo”(intelectual) y trabajo “simple” (sin calidad) ha provocado no pocos dolores de cabeza. ¿Qué unidad de medida permite esta confrontación? Respuesta habitual: la unidad de medida coincide con el trabajo “simple”, con el puro dispendio de energía psicofísica; el trabajo “complejo” es tan sólo un múltiplo del “simple”. La proporción entre uno y otro puede ser determinada considerando los distintos costos de formación (escuela, especializaciones varias, etc.) de la fuerza de trabajo intelectual con respecto a la descalificada. De esta antigua y controvertida cuestión poco me importa aquí; deseo, sin embargo, aprovecharme instrumentalmente de la terminología empleada para ese propósito. Afirmo que la intelectualidad de masas (tesis 8), en su totalidad, es trabajo “complejo”, pero trabajo “complejo” irreductible a trabajo “simple”. La complejidad, y también la irreductibilidad, derivan del hecho que esta fuerza de trabajo moviliza, en el cumplimiento de sus tareas, competencias lingüísticas- cognoscitivas genéricamente humanas. Estas competencias, o facultades, hacen que las prestaciones del individuo estén siempre señaladas por una elevada tasa de socialidad e inteligencia, aún no siendo asuntos especializados (aquí no hablamos de ingenieros o de filólogos, sino de trabajadores ordinarios). Lo que no es reducible a trabajo “simple” es, si se quiere, la calidad cooperativa de las operaciones concretas ejecutadas por la intelectualidad de masas.

Decir que todo el trabajo postfordista es trabajo complejo, no reducible a trabajo simple, significa también que la “teoría de la proletarización” resulta en la actualidad totalmente desenfocada. Esta teoría se centralizaba en afirmar la tendencia a la equiparación del trabajo intelectual con el manual. Por ello, resulta inadecuada para explicar la intelectualidad de masas, o, lo que es lo mismo, el trabajo vivo en cuanto general intellect. La teoría de la proletarización fracasa también en cuanto el trabajo intelectual (o complejo) no es identificable con una red de saberes especializados, sino que se identifica con el uso de facultades genéricas lingüísticas- cognoscitivas del animal humano. Éste es el pasaje conceptual (y práctico) que modifica todos los términos de la cuestión.

La fallida proletarización no significa que los trabajadores calificados conserven nichos privilegiados. Significa ante todo que toda la fuerza de trabajo postfordista, en cuanto compleja o intelectual, no se caracteriza por aquella suerte de homogeneidad por sustracción que implica por sí el concepto de “proletariado”. Dicho de otro modo: significa que el trabajo postfordista es multitud, no pueblo.

Tesis 10

El postfordismo es el “comunismo del capital”.

Las metamorfosis de los sistemas sociales de Occidente durante los años ’30 han sido a veces designadas con una expresión tan perspicua como aparentemente paradójica: socialismo del capital. Con ella se alude al papel determinante asumido por el Estado en el ciclo económico, al finalizar el laissez- faire liberal, a los procesos de centralización y de planificación dirigida de la industria pública, a la política de pleno empleo, al principio del Welfare. La respuesta capitalista a la Revolución de Octubre y a la crisis del ’29 fue una gigantesca socialización (o mejor, estatización) de las relaciones de producción. Para decirlo con la frase de Marx que citábamos hace poco: “una superación de la propiedad privada sobre el mismo terreno de la propiedad privada”.

Las metamorfosis de los sistemas sociales de Occidente durante los años ’80 y ’90 pueden ser sintetizadas del modo más pertinente con la expresión: comunismo del capital. Esto significa que la iniciativa capitalista orquesta en su propio beneficio precisamente aquellas condiciones materiales y culturales que le aseguraban un calmo realismo a la perspectiva comunista. Si pensamos en los objetivos que constituían el eje de aquella perspectiva: abolición de ese escándalo intolerable que es el trabajo asalariado; extinción del Estado en tanto industria de la coerción y “monopolio de las decisiones políticas”; valorización de todo aquello que torna irrepetible la vida del individuo. Pues bien, en el curso de los últimos veinte años se ha puesto en escena una interpretación capciosa y terrible de estos mismos objetivos. En primer lugar: la irreversible contracción del tiempo de trabajo socialmente necesario ha sucedido con el aumento del horario para los que están “adentro” y la marginación para los que están “afuera”. Incluso cuando se está ante un apriete extraordinario, el conjunto de los trabajadores dependientes es presentado como “sobrepoblación” o “ejército industrial de reserva”. En segundo lugar, la crisis radical o hasta la disgregación de los Estados nacionales se explica como reproducción miniaturizada, a modo de caja china, de la forma- Estado. En tercer lugar, a continuación de la caída de un “equivalente universal” capaz de tener vigencia efectiva, asistimos a un culto fetichista de las diferencias: sólo que estas últimas, reivindicando un subrepticio fundamento sustancia, derivan luego en toda clase de jerarquías vejatorias y discriminantes.

Si el fordismo había incorporado, y transcripto a su modo, algunos aspectos de la experiencia socialista, el postfordismo ha destituido de fundamento tanto al keynesianismo como al socialismo. El postfordismo, basado en el general intellect y la multitud, declina a su modo instancias típicas del comunismo (abolición del trabajo, disolución del Estado, etc.). El postfordismo es el comunismo del capital.

A espaldas del fordismo estuvo la revolución socialista en Rusia (y, aún derrotado, un intento de revolución en Europa occidental). Es lícito preguntarse qué movimientos sociales han hecho de preludio del postfordismo. Pues bien, creo que en los años ’60 y ’70 se dio en Occidente una revolución derrotada. La primera revolución no insurreccional contra la pobreza y el atraso, más específicamente, contra el modo de producción capitalista, por lo tanto, contra el trabajo asalariado. Si hablo de revolución derrotada no es porque muchos hablasen de revolución. No me refiero al carnaval de la subjetividad, sino a un sobrio dato de hecho: por un largo período de tiempo, tanto en las fábricas como en los barrios populares, en las escuelas como en ciertas delicadas instituciones estatales, se enfrentaron dos poderes contrapuestos, con la consiguiente parálisis de las decisiones políticas. Desde este punto de vista- objetivo, sobrio- se puede sostener que en Italia y otros países occidentales, hubo una revolución derrotada. El postfordismo, es decir, el “comunismo del capital”, es la respuesta a aquella revolución derrotada, tan distinta de la de los años ’20. La calidad de la “respuesta” es igual y contraria a la calidad de la “demanda”. Creo que las luchas sociales de los años ’60 y ’70 poseían expresas instancias no socialistas, es más, antisocialistas: crítica radical del trabajo; un acentuado gusto por las diferencias o, si se prefiere, una refinación del “principio de individuación”; ya no más la aspiración a apoderarse del Estado, sino la actitud (a veces muy violenta) de defenderse del Estado, de disolver el vínculo estatal como tal. No es difícil reconocer principios y orientaciones comunistas en la fallida revolución de los años ’60 y ’70. Por ello el postfordismo, que constituye una respuesta a dicha revolución, ha dado vida a una paradójica forma de “comunismo del capital”.

link a la edición de la editorial Traficantes de sueños


Acciones

Information

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: