Dos tesis filosóficas acerca de los conceptos de democracia y territorio

25 08 2009

Kabir Abud Jaso

Tesis 1: La palabra democracia es inútil en lo que se refiere a los movimientos de emancipación.

Hoy en día, para no hablar de su historia, la palabra democracia significa parlamentarismo, es decir, elecciones, ejecutivo dependiente en grados variables y un poder legislativo que surge del voto. La “democracia” designa únicamente como lugar de lo político a una forma-Estado, dejando de lado al pensamiento y a la creatividad dentro de la política, para legitimarse en periodos variables por elecciones en las que el propio Estado propone las opciones. El sujeto político de la democracia es el administrador, no el pensador o el creador. De igual manera, esta forma de gobernar acaparando el Estado por una minoría necesita como campo de cultivo, la propiedad privada y el libre mercado. Por eso se debería de llamar de un modo más correcto capital-parlamentarismo.

La forma-Estado del capital parlamentarismo jamás ha sido un concepto de liberación y revolución. Sino que, como cualquier otra forma de Estado conlleva la opresión y los trabajos forzados. Al estar unida la forma-Estado democracia, de manera tan íntima que casi se confunden, al capitalismo, se trata de un régimen que busca conservar las situaciones de injusticia en vez de eliminarlas. Pero, amen de las condiciones de pobreza y sufrimiento, ¿cuáles son las consecuencias filosóficas de esta manera de organizar el Estado? Lo que designa la democracia es el consenso y en este sentido podemos decir que se trata de una tiranía de la opinión llamada por el sistema “opinión pública” y que debería más bien ser denominada junto con Alain Badiou “opinión autoritaria”.

En las democracias es la “mayoría” la que elige a sus representantes para que estos lleven a cabo debates y por consenso gobiernen. Es así, que los principales conceptos subordinados a la democracia o capital-parlamentarismo son representación, mayoría y consenso. Dejaremos, por ahora de lado el primero para centrarnos en los otros dos. La mayoría se construye de acuerdo con el voto. Independientemente de las divergencias legislativas de cada país. Los “representantes del pueblo” son elegidos mediante el voto y ocupan el cargo al obtener la mayoría de éstos, es decir, cuando una cantidad más grande de personas vota por la opción x en lugar de la opción y que obtiene menos votos. Debido a esa “mayoría” los representantes se reunirán en alguna cámara o parlamento para debatir y lograr consensos de los cuales surgen las políticas de gobierno.

No es una casualidad que en este sistema económico y político la mayoría de la gente parezca indiferente y no crea en nada. El mismo sistema lo promueve. Ni hablar de las verdades, de la cuales, en el campo filosófico, ya casi nadie cree. Por eso la supuesta filosofía contemporánea es, en realidad, una sofística en la que sólo interesa las reglas del debate o del lenguaje en general sin poder proponer una filosofía fuerte que genere verdades y, hablando de política, pueda proponer a ésta fines de emancipación en los que no se debate ni se “lleguan a consensos”, sino una política en la que se lucha y se obtiene una acción comunitaria basada en el nosotros y que tiene por resultado alguna liberación. Se trata de rescatar la figura del filósofo comprometido, al que tanto extrañamos, para proponer fines en lo político y oponer al debate “democrático”, en el que todo se vale y sólo cuenta el poder, el diálogo en el que se generan verdades. La discusión entre Sócrates y Calicles revive en cada buen momento filosófico.

Pienso, siguiendo a Badiou, que la política es ámbito en el que es posible crear verdad y que no es necesario seguir el camino pseudodemocrático del consenso relativista. Para apartarnos de este camino sin salida del debate es necesario reformular el concepto de mayoría. La mayoría no es el tener más votos de gente apremiada por la tiranía de los medios de comunicación. La mayoría autentica tiene que ver con recuperar su significado primigenio, derivándolo de las viejas políticas gloriosas de los jacobinos y bolcheviques, denominando a sus partidos “la mayoría”. Una mayoría política verdadera es el grupo político que crea una verdad de emancipación y que en ese momento nombra la libertad. El movimiento del cura Hidalgo y José María Morelos eran la verdad de la política mexicana en el siglo XIX como lo era Zapata a principios del XX y el EZLN actualmente. El movimiento de Espartaco y la liberación de los oprimidos es la verdad eterna de la política que se repite periódicamente. Aunque los esclavos reaccionarios y los amos pudieran ganar una elección, aunque Zapata fuera derrotado en las urnas, así Benito Juárez hubiese sido vencido en una votación debido a spots mediáticos pagados por el Imperio, todos ellos seguirían siendo la verdad liberadora de su tiempo, un acontecimiento revolucionario que es la verdadera política. El criterio de mayoría política debe pasar a ser cualitativo en vez de cuantitativo.

La palabra democracia es inservible para la liberación. En contraparte, podemos rescatar otro hermoso término: comunismo. Desde sus orígenes ha nombrado el afán de liberación, de desaparición del Estado y de todas las fuerzas opresoras. Como dice Karl Marx: “El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto autoextrañamiento del hombre, y por ello como apropiación real de la esencia humana por y para el hombre; por ello como retorno del hombre para sí en cuanto hombre social, es decir humano; retorno pleno, consciente y efectuado dentro de toda la riqueza de la evolución humana hasta el presente.”[1]

Tesis 2: El concepto de territorio, si se trata de emancipación, sólo nos sirve como una cartografía de lo que debemos eliminar.

Entiendo por territorio, en el sentido deleuziano, a la manera en que, en una sociedad dada, se constituyen las codificaciones de flujos. Un flujo es algo que pasa por todos los hombres y mujeres de una comunidad y, por ello, todas las personas son polos de flujos en la medida en que ellas son interceptoras. El territorio, los códigos son algo que se desparrama por la sociedad. La sociedad es un cuerpo lleno por el que se desparraman flujos de toda clase y que son interceptados por las subjetividades.

En todas las sociedades precapitalistas los códigos funcionan para encauzar los flujos y asegurar su reproducción. Lo que mas atemoriza a las sociedades precapitalistas es el cambio, la irrupción, la novedad. Por el contrario, el capitalismo es el único sistema del cambio perpetuo, pero cambio que opera para que las cosas sigan igual, sobre todo la injusticia y la explotación. Por eso su insistencia en la electorera “alternancia” y la supuestas novedades con las que nos inundan la mente en los comerciales y publicidad de todo tipo. El capitalismo es una máquina de descodificar flujos para contabilizarlos y obtener ganancias, reproducir más capital y no la sociedad. De hecho, las excrecencias del capitalismo son las sociedades muertas a las que denomina poco productivas o subdesarrolladas, después de haber sido desarrolladas para su servicio y desecharlas como basura.

El capitalismo reproduce dinero y desecha personas en todo el globo. Sin embargo, a pesar de lo que se cree, crea dos mundos, no uno. El de los pocos ricos y los muchísimos pobres. Es así que el capitalismo puede servirse de los antiguos modos de opresión precapitalistas aunando también los propios. El territorio, el sistema de flujos, nos sirve en la lucha para orientarnos, conocer aquello que debemos desmantelar, es decir el encauzamiento opresor de flujos que también podemos llamar trabajo forzado. Cartografiar un territorio sirve como mapa de las relaciones de explotación y para saber en que lugares se interrumpe la libertad. Para reconocer así los obstáculos que, como dice el joven Marx, “nos alejan de la esencia”. Lo que creo no es válido es el defender territorios en específico como si estos fueran en sí libres. Todas las subjetividades encierran, debido a su encauzamiento de los flujos, impulsos fascistas, sean estas subjetividades indígenas de cualquier lugar. No hay que olvidar que los fascismos surgen en “defensa del territorio”. Se trata de defender la existencia no un pedazo ni tierra, ni tampoco usos y costumbres. El EZLN, por ejemplo, no lucha por un pedazo de tierra, sino por una existencia libre. Por eso su lucha es universal y han sido ejemplo en el mundo. Como dice el Subcomandante Insurgente Marcos: “Un pueblo indio sin territorio no es un pueblo indio, la lengua y todo se desbarata, pero si se destruye la tierra ya no tenemos raíz, es como si nos mataran a la familia, ni siquiera seríamos huérfanos. Seríamos fantasmas, es como si te arrancaran el alma. Porque todavía cuando te matan a la madre sigues siendo quien eres, pero en este caso te arrancan el corazón, el alma.”[2] La clave para entender este pasaje es que lo importante es defender el corazón, el alma, es decir, una existencia libre, verdaderamente humana. En este sentido no nos dice que defiendan un territorio específico, sino que defienden lo que es parte de su existencia. Las políticas del EZLN incluso demuestran como las medidas de desterritorialización, de corte en los flujos de opresiones, redundan en mayor bienestar, refutando las tesis economicistas de los neoliberales. El poderío económico de los municipios zapatistas es igual, o incluso menor, que el de los municipios oficiales, pero medidas como evitar el consumo de alcohol o el combate al machismo han redundado en una mejora de la calidad de vida. Ambas cosas van, por cierto, en contra de lo indígena. Lo indígena no es necesariamente revolucionario y no hay que fetichizarlo. Para que funcione, la lucha tiene que ser universal inscrita en la tradición del internacionalismo proletario. Esto nos lleva a la

Tesis 2bis: El mundo de las luchas de emancipación es uno y el territorio de lucha es donde se trabaja y donde se sufren las injusticias.

El comunismo busca construir un mundo del “nosotros”, una política que supera la noción de individuo para desterritorializar cualquier encauzamiento opresivo de los flujos que componen a cada sujeto. Toda forma de ser individual está determinada por el poder. Por eso, la clave de la lucha está en no enamorarse jamás del poder en cualquier forma en la que se presente, sea nuestro yo, nuestro super yo, un político, el patrón, un profesor, un cacique, un marido, un médico, un psicólogo, etc. Lo demás se nos dará con resolución, valor y fidelidad. Todo está en jamás rendirse. Louis Althusser decía que un comunista jamás está solo”. No se refería a que el militante está siempre acompañado en su lucha, aunque de hecho eso suceda, sino que el comunista crea un futuro cuyo horizonte está en el nosotros, en la colectividad y porque tiene conciencia que esté futuro se diseña sólo si seguimos siendo tan realistas, tan apegados a la situación que logremos sacar de ella lo imposible.

Kabir Abud Jaso

Verano del 2009


[1] K. Marx, Manuscritos de economía y filosofía, traducción de Francisco Rubio Llorente, Madrid, Alianza, 2001. p. 139.

[2] L. Castellanos, Corte de caja: entrevistas al subcomandante Marcos, México, Alterno-Bunker, 2008. pp. 56 y 57.


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24 06 2013
Orlando Chiropractor

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