De la concentración de la tierra y el despojo de la identidad hacia la formación de un mercado alimentario interno (1994-1997)

9 08 2009

Myriam Fracchia Figueiredo

SERPAJ – Colectivo Pensar en voz alta

Una de las formas de expansión creciente y constante del sistema capitalista es el  proceso de concentración de territorio y la correspondiente redistribución de la población. Un ejemplo de este proceso histórico en México ha sido la creación de los distritos de riego durante la primera mitad del siglo XX. El reordenamiento territorial y poblacional a través de la constitución de “nuevos centros de población”  en los ejidos en formación, permitió contar con mano cautiva de la agricultura de riego, a servicio de la naciente industrialización nacional y para aumentar la productividad en el agro, ya que el complejo minero-pecuario exportador, que se regía sobre todo con capital norteamericano había decaído en el norte de México, tras la crisis de 1929.

Así, Estados Unidos consolidó su inversión en el norte de México en la construcción de infraestructura de irrigación e impulsó la producción algodonera, que requirió de mucha mano de obra estacional, favoreciendo la expansión de la agricultura capitalista, desde 1940 hasta 1969.
El territorio que nos ocupa, habitados por indios mayos, se sitúa al norte de Sinaloa, y se constituyó como DR El Carrizo, en 1965. Con los nuevos centros de población, se establecieron además campesinos y jornaleros  de la zona alteña del norte de Sinaloa y del centro del país. Originariamente se dedicaban  a la agricultura de temporal, a la pesca, a la caza,  a la recolección de leña y a la venta de carbón. Ninguno de ellos había sido antes un productor de riego. Para ello, fueron formados por el aparato del Estado y esta nueva cultura productiva desplazó su identidad de campesino temporalero teniendo como primer efecto el abandono de los cultivos de maíz y frijol (que se retomaron en la crisis de los noventa) por los de trigo, soya y sorgo.
En el contexto de las crisis económicas y consecuente desmantelamiento del campo mexicano, una parte de la población cautiva en los distritos de riego se fue transformando en un reservorio de fuerza de trabajo para los servicios y la industria, en México y en Estados Unidos, a través de su migración y envío de remesas y la otra parte de la población –myoritariamente mujeres y niños- permanece aún en los distritos de riego, preservando la parcela, y con ella, su identidad como ejidatario.

Uno de los indicadores de la descapitalización en el campo es el hambre. Esta situación fue el detonante de la participación de un equipo de investigadores, entonces localizados en el IMTA (Instituto Mexicano de Tecnología del Agua) , en el Poblado 5,del DR El Carrizo, de 1994 a 1997, con la instalación de los huertos familiares de traspatio.

La experiencia en el territorio: la generación del mercado interno de alimentos
Esta experiencia se inició con la realización de un huerto en uno de los 5  ejidos del Poblado 5 y cuando finalizó, existían ya unos 50 huertos, en todos estos ejidos que involucró no solo a los ejidatarios sino a los avecindados.

Se sembraron los huertos en los traspatios o solares de las casas en un espacio que varió entre 40 a 150 metros cuadrados; con un patrón de cultivos de más de 20 variedades, por huerto  8 a 17 tipos de hortalizas.

Para el equipo, inicialmente el eje de sus operaciones fue la dimensión del  agua y la de la transferencia de tecnologías. Desde ahí se integraron las demás dimensiones: el control y el combate de las plagas, la reproducción de semillas y de almácigos, el suelo, la comercialización de los productos y la creación de formas sociales que fomentaran la apropiación del sistema productivo en su totalidad.

Se logró que por primera vez en la historia del DR se derrotara la idea que las hortalizas no se podían sembrar en el ciclo PV por las elevadas temperaturas y se logró la producción anual de las mismas.

Esta experiencia mostró la factibilidad de construir un mercado de alimentos interno incipiente que logró enfrentar el hambre al garantizar el consumo  de hortalizas de las familias, logró dinamizar o reconstituir un espacio social caracterizado por el aumento creciente de las formas de intercambio de excedentes producidos y con la producción casera de semillas de más de 15 variedades de hortalizas, misma que fue posible a partir sobre todo del conocimiento de los indígenas y de los campesinos más pobres.

Además, esta experiencia no sólo contribuyó a retrasar la pérdida de la identidad campesina de esta población sino que reactivó en ella su cultura temporalera o de subsistencia de origen. De hecho, la producción de los huertos era parte de la cultura de estos pobladores, aún si fragmentada y precaria respecto al manejo de las diversas dimensiones que implicó el desarrollo del huerto y la comercialización de los excedentes obtenidos. La intervención externa favoreció la integración y actualización de esa identidad y correspondiente cultura con los conocimientos que estos huerteros tenía como productores de riego, como comercializadores de los servicios para el Poblado, y como administradores de las remesas.

Las formas sociales para propiciar el conocimiento colectivo
Estos logros no se explican sin considerar la manera de operar del equipo que se caracterizó por impulsar  actividades de construcción colectiva – es decir, la generación de un proceso de cooperación u “operaciones efectuadas en común, -” por un lado, entre los huerteros y de éstos con el resto de la población, y por el otro lado, entre investigadores y técnicos a través de la creación de una red de colaboradores provenientes de varias áreas investigativas, a los que el equipo iba articulando con los huerteros, para enfrentar cada una de las dimensiones del huerto, a través de la asistencia técnica en el terreno, la realización de los talleres con los huerteros y la transferencia de prácticas y de tecnologías. La participación en la red de colaboradores con el equipo fue a título personal y con carácter voluntario, lo que explica que los tiempos de esa cooperación fueron más rápidos de los que hubieran resultado a través de convenios interinstitucionales.

Respecto a las actividades colectivas que fomentamos entre huerteros buscaron, antes que nada, instalar el insumo del conocimiento para crear las condiciones de la conformación de los huertos y actualizar su cultura hortícola dándole la direccionalidad del mercado hacia la respuesta a sus propias necesidades alimentarias.

La cooperación entre equipo, investigadores y técnicos con los huerteros se realizaba a partir del desarrollo del  proceso de la toma de conciencia, inspirado en Jean Piaget- a través de talleres, “paseos por los huertos” y de instrumentos culturales construidos con  los aportes del conocimiento colectivo que fuimos construyendo. La toma de conciencia consistió en la conceptualización colectiva de las acciones efectuadas durante todo el desarrollo del proceso productivo y de su comercialización  y de la comparación reflexiva que hacían los huerteros del mismo proceso que estaban realizando con el que esporádicamente habían ido realizando antes de esta experiencia. Esta reconstrucción colectiva que los participantes hicieron del proceso, desde su memoria y su práctica real, les permitió transferirlo a los demás pobladores e involucrarlos ya sin la mediación inicial del equipo, lo que explica la rápida expansión de los huertos en tan poco tiempo. Esa toma de conciencia también se reforzó en las reuniones masivas del equipo y de los huerteros con los pobladores.

El “paseo de los huertos” consistía en observar todos juntos cada huerto, paseando por los ejidos: este espacio se convirtió en un verdadero taller de operaciones ya que propició el intercambio de los conocimientos adquiridos por los huerteros y también por los investigadores, en las experiencias de siembra, la reproducción casera de las semillas y de los almácigos, el riego, el combate de plagas, la fertilización del suelo y de los objetos materiales surgidos en el proceso de producción,  como las semillas, los almácigos y los productos hortícolas.

La significación del huerto para los huerteros
A pesar de que todos los huerteros estaban empobrecidos y utilizaron su producción para el autoconsumo, el trueque y la venta de excedentes, la significación de dicha producción dependió en gran medida de su identidad social.

Entre los huerteros había ejidatarios y avecindados. Entre los huerteros ejidatarios, las más pobres eran las mujeres ejidatarias, que como tales, eran jefas de familia que, además de realizar la producción parcelaria o de rentar su tierra, tenían que realizar otras actividades no agrícolas para lograr la reproducción social de sus núcleos. Para éstas y para los ejidatarios hombres que daban en renta su parcela, debido a las carteras vencidas, el huerto se convirtió en una fuente de ingresos y de ahorro más importante que para los ejidatarios hombres que siempre se mantuvieron como productores parcelarios, posiblemente debido a que éstos recibían remesas que activaron esa producción agrícola, que los liberaba de las carteras vencidas.

Entre los huerteros no ejidatarios, los más pobres eran los avecindados o familiares de los ejidatarios que no tenían parcela y los pescadores, para quienes el huerto se constituíyó en la principal fuente de ingresos, además de subsanar el hambre. Los avecindados  menos pobres eran los huerteros empleados y profesionistas del distrito, para quienes el huerto significaba, más que nada,  un ahorro en el campo alimenticio. A éstos se sumaron los huerteros que eran dueños de tiendas de abarrotes, para quienes la producción del huerto era destinada en gran medida para su comercialización en el Poblado 5.

A modo de reflexión final
Creemos que el camino de la apropiación del territorio, en su acepción más amplia, hacia la autonomía productiva pasa por la generación de conocimientos sobre las situaciones reales que atraviesan el agro y su impacto en las diversas identidades sociales, en la conformación de relaciones de cooperación entre los pobladores, los investigadores y los técnicos, que podrían materializarse en forma de sugerencias materiales sociproductivas acordes a la cultura de la población y reproducibles en escala ampliada, para propiciar el desarrollo de un mercado interno de alimentos.

Ante el despojo de la propia identidad, de la propia tierra, del propio trabajo, de la propia cultura como consecuencia del reordenamiento territorial y poblacional que exige el crecimiento expansivo del sistema capitalista, la autonomía productiva pasa por la necesaria creación de formas sociales que propicien, potencien y vinculen los conocimientos productivos locales al mismo tiempo que su actualización con la apropiación de nuevos conocimientos y tecnologías para la respuestas a sus necesidades concretas y no a las exigencias del capital. Esto permite a su vez, que esas poblaciones reubicadas como mano de obra cautiva a los intereses del capital tengan elementos claves para reforzar su propia identidad y cultura locales y elementos de transformación del territorio desde éstas, con el fin de responder a sus propias necesidades y reapropiarse del territorio a través de la generación de su autonomía productiva.

Bibliografía
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Fracchia, Myriam. La producción de conocimiento en el proceso de construcción de huertos de traspatio en una población ejidataria empobrecida. Tesis para optar por el título de Doctora en Ciencias Sociales, UAM_Xochimilco, México, diciembre de 2003

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