¿Hacia un darwinismo territorial? Usos e imágenes del lenguaje geográfico

9 08 2009

Jerónimo Díaz Marielle

Laboratorio Interdisciplinario Solidaridades, Sociedades, Territorios
Centro Interdisciplinario de Estudios Urbanos (LISST-Cieu)
Universidad Toulouse-Le Mirail

Resumen:
El presente ensayo retoma tres nociones tan comunes como dominantes en el discurso político contemporáneo: equilibrio, desarrollo y territorio. Se hace una crítica de sus definiciones y significados, argumentando que el hecho de pertenecer al campo de las ciencias naturales les brinda mayor poder persuasivo al momento de ser empleadas para describir situaciones sociales. Por otra parte, se analiza la dimensión económica de la noción de territorio identificando los modelos de desarrollo local emergentes, en particular aquellos que tienden a crear nichos de mercado por medio de denominaciones de origen. En suma, se pretende explorar el alcance del lenguaje geográfico en el contexto de la globalización neoliberal.

“Al estudiar el origen de las especies, es totalmente comprensible que el naturalista, reflexionando en las afinidades mutuas de los seres orgánicos, en sus relaciones embriológicas, en su distribución geográfica, en su sucesión geológica y en otros hechos análogos, llegue a la conclusión de que las especies no han sido independientemente creadas, sino que descienden, como variedades, de otras especies”
Charles Darwin, El origen de las especies, 1859, p. 51

Es una evidencia el que las transposiciones directas de la animalidad a la humanidad son tan falsas como inconvenientes, considerando que, en principio, los derechos humanos reemplazaron desde hace ya muchos años la ‘ley de la selva’
“Territorio” en: Les mots de la géographie, 1992, p. 480

Equilibrio y desarrollo más allá de la metáfora

El lenguaje de la geografía y las ciencias políticas está “plagado” de metáforas que entrecruzan objetos sociales y objetos naturales. Las metáforas son operaciones lingüísticas que permiten rebasar el sentido estricto de los conceptos por medio de comparaciones forzadas, asemejando frecuentemente objetos sociales o geográficos con órganos o mecanismos del cuerpo humano. Por ejemplo, en vez de decir que hay mucho tráfico en la ciudad de México diremos que es una ciudad “gangrenada”, dándole un sentido más pernicioso a la idea inicial. Asimismo, se habla de las “cicatrices” que dejó el temblor del 85, o de las “fracturas urbanas” entre ricos y pobres. Estos alebrijes mentales nos permiten asociar elementos de naturaleza distinta, dándole nuevos significados y mayor coherencia a nuestro pensamiento abstracto. En efecto, las metáforas son casi necesarias para el entendimiento y la acción sobre el mundo, ya que cada individuo dispone de imágenes de referencia que le ayudan a canalizar la información que lo rodea (Berdoulay, 1988). Sin embargo, ello no significa que sean exactas, ni mucho menos.

Las definiciones que nos proporciona el diccionario Les mots de la géographie (1992) toman en cuenta las distorsiones que puede introducir el lenguaje metafórico. Respecto a la definición de desarrollo señalan que:

“En geografía como en economía, por su metáfora organicista, el desarrollo ha adquirido el sentido de estado superior del crecimiento, que se alcanza cuando un programa se ha llevado a cabo integralmente, cuando un equilibrio estable y armonioso se ha instalado” (p. 157).

Curiosamente, si nos enfocamos en la noción de equilibrio, nos damos cuenta que se trata de una noción igualmente ambivalente:

“La idea de equilibrio es frecuentemente malinterpretada puesto que permite suponer simple inmovilidad, ausencia de tensiones, armonía.” (p. 190).

Nos encontramos frente a un sistema ideológico aparentemente contradictorio: por un lado, el desarrollo requiere cierto equilibrio y, por el otro, el equilibrio implica un desarrollo progresivo. En efecto, estas nociones se encuentran y se confunden; están tan estrechamente vinculadas que perderían sentido si se les considerara de manera aislada. Juntas generan una idea de continuidad, haciendo referencia al avance del tiempo y la vida. Así, cuando se habla de “países en desarrollo” y de “equilibrio económico” se entiende que dichos países atraviesan una trayectoria normal, predefinida e inevitable: los movimientos sociales o las coyunturas políticas no alteran ni el orden ni la dirección de la Historia; todos los entes políticos siguen una trayectoria “natural”… como el florecimiento de un capullo en primavera o la progresiva maduración de los entes vivientes. Desde luego, esta visión sugiere que se adopten los lineamientos neoliberales de las principales instituciones del capitalismo global.

Sin embargo, cabe recordar que las nociones de equilibrio y desarrollo provienen directamente de las ciencias naturales y han sido mal incorporadas al vocabulario de las ciencias sociales y políticas, perneando a su paso el lenguaje cotidiano de las sociedades contemporáneas. Mediante la vulgarización del conocimiento científico, la teoría de la selección natural (Darwin, 1859) a sido reducida a “competencia” por la vida, mientras que la noción de “evolución” se asemeja peligrosamente al llamado desarrollo.

Ante esta situación, debemos preguntarnos ¿cuándo fue que el vocabulario de la biología penetró la esfera de la geopolítica y las relaciones internacionales? Según el politólogo Gilbert Rist (1996), la distinción entre “países desarrollados” y “países subdesarrollados” fue introducida por primera vez en 1949 en un discurso del presidente estadounidense Harry Truman, conocido por su doctrina anticomunista. Efectivamente, Truman defendía el sistema capitalista, encontrando su justificación en un darwinismo económico donde se postula que la competencia es la base del progreso social. Visto desde esta perspectiva, el equilibrio aparece como resultado de una tensión entre fuerzas económicas que compiten entre sí, mientras que la noción de desarrollo es inseparable del modelo del libre mercado. Más allá de una simple metáfora, la noción de desarrollo -aplicada a las sociedades humanas y a los Estados- contiene desde sus orígenes la intención de plasmar una ideología neoliberal.

Territorios emergentes: entre lógicas mercantiles y lógicas identitarias

En la actualidad, el llamado desarrollo local conserva la misma visión competitiva sobre los territorios. Las etapas del modelo sugieren que una localidad empieza por identificar sus ventajas comparativas y prosigue especializándose en ciertos sectores productivos: Toulouse en la aeronáutica, Grenoble en las nanotecnologías, León Guanajuato en el calzado, etc. De esta manera, las empresas que ahí operan pueden esperar mayores beneficios debido a la eliminación de los competidores que no supieron organizar sus sistemas de producción local. Sin embargo, tarde o temprano la renta de monopolio obtenida por este medio se ve agotada, conduciendo a los empresarios hacia una nueva estrategia de especificación de los territorios, es decir, se busca que el valor de los productos integre la especificidad del lugar de producción por medio de un reconocimiento oficial en los mercados. El mejor ejemplo de ello es el de los viticultores franceses, que al verse amenazados por la competencia internacional, y chilena en particular, lucharon para que los mercados y los clientes reconocieran la autenticidad y el carácter supuestamente único de sus productos (Harvey, 2008). Así, a pesar de que se estén utilizando las mismas sepas vitícolas o los mismo agroquímicos, las Denominaciones de Origen Controlado (AOC por sus siglas en francés) hacen valer la historia y la naturaleza de un “terruño”, por medio del etiquetado de su producto. Además de insertarse en el mercado de los “productos de calidad”, el objetivo de esta estrategia es garantizar la rentabilidad de parcelas vitícolas que de ningún otro modo hubieran podido mantenerse en el contexto actual. Metafóricamente, podríamos llamar a este proceso “darwinismo territorial”, ya que a través de la competencia se han producido nuevas especies de espacios .

No obstante, si estudiáramos más de cerca algunas de estas estrategias económicas y los motivos que les dan origen, podríamos interpretar el proceso de especificación territorial como una respuesta de las sociedades locales frente a la competencia desenfrenada de la globalización neoliberal. Efectivamente, quienes buscan que se reconozca la especificidad y exclusividad de un territorio, terminan por burlar los mecanismos primarios del mercado, haciendo valer características intrínsecas e intangibles sobre sus bienes de producción: sus tierras. Asimismo, los precios de sus productos ya no sólo responden a la oferta y la demanda, sino que incluyen algo más: historia local, conocimientos tradicionales, paisajes únicos, etc. El hecho de reivindicar la autenticidad de un territorio implica un proceso concientización identitaria, por medio de esquemas que rebasan el ámbito de la propiedad individual. La conciencia del territorio hace que los individuos se identifiquen como grupo, mismos que atribuyen identificadores, valores comunes y límites a un determinado espacio. Dicho esto, es importante insistir en que los territorios son construcciones sociales que se dan a diferentes escalas y de distintas maneras.

Del Homo economicus al Homo territorialis

A pesar de su ambigüedad, parece que el uso de la noción de territorio progresa tanto en el ámbito académico como en el ámbito de los movimientos sociales. Sin embargo, el territorio no debe ser entendido como una dimensión de nuestra “naturaleza animal”, sino como un resultado de las resistencias socioculturales frente al despojo y la competencia desenfrenada. A diferencia de los modelos territoriales que arroja la etología, las territorialidades humanas son múltiples y en muy pocos casos son estrictamente exclusivas: un individuo puede identificarse con diferentes grupos sociales y penetrar los espacios que otros grupos consideran como parte de su territorio. El espacio que ocupa la AOC de Burdeos no constituye una burbuja infranqueable: se pueden encontrar vinos chilenos en las tiendas de esa demarcación. El grafitero que marca las paredes del territorio de su crew (banda) no lo hace con el afán de expulsar a todos los que viven y transitan por ahí: si así fuera, nadie vería sus garabatos, que por cierto dejarían de tener sentido. A su vez, el territorio de una comunidad de la Sierra Norte de Veracruz no es un espacio hermético y probablemente sus habitantes se identifican también con la región del Totonacapan, o acaso con México. Es incluso probable que existan redes de totonacas en diversas partes del territorio nacional  y en ciudades extranjeras.

Manifiestamente, la noción de territorio se opone al “espacio abstracto del capitalismo” que criticaba Henry Lefebvre (1974). Hablar del territorio es hablar de  un espacio vivido, cargado de significados culturales, que de ninguna manera corresponden al lenguaje frío y geométrico del desarrollador: “polos de competitividad”, “atracción de recursos humanos”, “interconexión”, “centros multimodales”, “ciudades rurales” y otras figuras asociadas a la producción y reproducción industrial de paisajes prediseñados. Desde este punto de vista, defender el territorio no significa adoptar una posición guerrera frente al extranjero, sino más bien reivindicar la participación de los habitantes en todos los procesos que implican cambios sustanciales: modificación de leyes, construcción de infraestructuras, etc. En suma, la noción de territorio apela a reemplazar la cultura de la tecnocracia por una cultura de la participación ciudadana, en donde el ordenamiento del territorio es concensuado y no impuesto por quienes gozan del poder económico y político.

Consideraciones finales

Aún es difícil determinar si la evolución actual de los territorios responde a lógicas puramente mercantiles, a lógicas de re-arraigo y resistencia, o a ambas simultáneamente. Después de por lo menos tres décadas de neoliberalismo y reestructuraciones económicas, parecería que los ciudadanos se preocupan por el origen geográfico y cultural de los productos que consumen. En México, siguiendo el camino de las AOC francesas, se pretende generar certificados que acrediten la autenticidad de ciertos productos como el mezcal, el mole e incluso los mariachis. Lugares de producción como Oaxaca, Milpa Alta o Garibaldi, contienen un valor simbólico que, por un lado, refuerza las identidades locales y, por el otro, es capitalizable por medio de los mercados emergentes. Esta doble cara del territorio, a la vez cultural y mercantil, nos obliga a considerar nuevamente las relaciones entre sociedad y patrimonio. ¿Quiénes pueden reclamar el origen geográfico de un producto, y quiénes no? ¿Estamos acaso asistiendo a una folklorización del territorio? Suponiendo que estos engendros socio-espaciales han convertido lo local en una mercancía y que al mismo tiempo han contribuido a reforzar en los habitantes el sentido de pertenencia, ¿es posible y deseable generar nuevas formas de solidaridad entre territorios, más allá de los clásicos Estados nacionales? ¿Pueden las denominaciones de origen proteger ciertos espacios de imposiciones externas, como los transgénicos?

Finalmente, a pesar de que hemos insistido en los riesgos de mezclar los vocabularios de las ciencias naturales y las ciencias sociales, vale la pena recordar que en el reino animal no sólo existen relaciones de competencia y predación. También existen relaciones de interdependencia y de complementariedad que hacen que los ecosistemas se vuelvan cada vez más complejos. Con esto quiero decir que no es necesario erradicar de nuestro vocabulario las nociones de equilibrio, desarrollo y territorio, sino más bien cuestionar los modelos socio-económicos que se encuentran implícitos en cada proyecto político. El desarrollo no sólo es el disfraz del despojo neoliberal, también representa las aspiraciones de los individuos y los pueblos por un mundo más justo. En este sentido, el papel de la geografía -como disciplina fronteriza entre el campo naturalista y el campo social- es hacer explícita esta reivindicación en favor de la justicia social, desvirtuando los discursos que anteponen el crecimiento económico y prometen el bienestar para después.

Referencias:

Vincent BERDOULAY (1988). Des mots et des lieux, la dynamique du discours géographique. CNRS, Paris

Roger BRUNET, Robert FERRAS, Hervé THERY (1992). Les mots de la géographie: dictionnaire critique. Reclus, Paris

Charles DARWIN (1963/1859), El origen de las especies por medio de la selección natural, Tomo primero, Ediciones Ibéricas, Madrid

David HARVEY (2008), Géographie de la domination, Les prairies ordinaries, Paris

Henri LEFEBVRE (1974). La production de l’espace. Anthropos, Paris

Gilbert RIST (1996). Le développement : histoire d’une croyance occidentale. Presses de la Fondation nationale des sciences politiques, Paris


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One response

22 03 2012
DÍAZ Jerónimo | Association Toulousaine pour la Recherche Interdisciplinaire sur les Amériques

[…] un darwinismo territorial ? Usos e imágenes del discurso geográfico (accessible en ligne). Colloque international Espacios de la democracia. Democracias del espacio, UNAM, Mexico, 25-28 […]

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