“Bienestar” vs. “buen vivir”: ¿crecimiento y bienestar en favor de quién?

10 07 2009

Camila Joselevich

Desde hace ya varias décadas se sabe que el futuro de la vida humana conocida como hasta ahora dependerá de saber vivir en el planeta de una forma diferente, radicalmente diferente a la que vivimos hoy. Allá por los años noventa, por ejemplo, en este país, una nueva palabra nos llamó a escuchar lo que tenían que decir al respecto los pueblos indígenas del planeta. Ningún Estado (fundamentalmente no el Estado mexicano) tomó cartas en el asunto que se planteaba por no estar dispuesto a afrontar sus implicaciones políticas.

Según los Estados que defienden la doctrina neoliberal, las corporativas trasnacionales y buena parte de la sociedad civil, el “crecimiento económico” resolverá por sí mismo los problemas de pobreza, injusticia, desempleo y degradación ecológica en el mundo[1]. Sin embargo, hoy en día, esto se nos revela como una inconsistencia doctrinaria que ya está causando estragos ecológicos y sociales de una magnitud tal que nunca antes se pudo haber concebido. El neoliberalismo como doctrina y el sistema de Estado que lo sostiene pueden detenerse a considerar las implicaciones ético-políticas de las estrategias que adoptan, pero no será apropiado que se hagan cargo de ello: las nociones de crecimiento económico y de desarrollo han de pasar por encima de cualquier problema social, ético y político que ellas mismas provoquen, y deben desmantelar cualquier “contrapropuesta” (más o menos beligerante) que pueda eventualmente confrontarlas. Si no, el ritmo de lucro decae, se detiene el crecimiento y el “desarrollo” pierde todo sentido.

En el fondo mismo de la implementación de estrategias y políticas económicas, sin embargo, existe un discurso en el que el neoliberalismo debe sustentarse para legitimarse en y frente a la sociedad. Este discurso se basa en diferentes nociones. Una de ellas es la de “bienestar”. A través de este ideal, logra generar los consensos necesarios para perpetuarse en las sociedades occidentales y occidentalizadas del planeta.

Acumular riqueza y bienes, discursivamente, es la condición de posibilidad de la “estabilidad”; salir de vacaciones se ha vuelto sinónimo de “bienestar” (y no hacerlo será sinónimo de “estrés”); adquirir nuevos aparatos electrónicos –del tipo que fuere– se ha vuelto imprescindible para cada vez más sectores sociales, algo sin lo cual la vida sería invivible. Pablo Dávalos explica que “para el neoliberalismo, poner trabas al progreso es ser retardatario; poner trabas al crecimiento es una aberración de los pueblos ‘atrasados’ que, de forma imperativa, deben modernizarse. Oponerse al desarrollo es, por tanto, antihistórico”[2]. Para el individuo, la familia, las comunidades y el Estado occidental u occidentalizado neoliberal, el “bienestar” entendido de esa forma se ha vuelto una máxima cuyo origen discursivo perdemos de vista muy fácilmente y cuyas implicaciones sociales preferimos cotidianamente olvidar.

El “bienestar” implica un determinado poder adquisitivo, acumulación de bienes y/o de capital. La acumulación de bienes y/o de capital implica la extracción y explotación infinita de los recursos naturales. La explotación de los recursos naturales implica la devastación social de comunidades y pueblos enteros. Y el neoliberalismo implica que eso, en realidad, no sea mayor problema.

Es necesario lucrar con todo lo que se pueda. El discurso del crecimiento fomenta (alevosamente) el quiebre entre el ser humano y su medio ambiente natural, convirtiendo a éste en un producto mercantilizable, desvinculándolo de la comunidad, privatizándolo en todos los niveles posibles, pero, de paso, descontrolando la regulación natural de los climas y devastando el tejido social que en el ecosistema se sostiene. “En la perspectiva del mercado, no hay posibilidades de frenar el cambio climático y el calentamiento global. Llegará un día en que la humanidad tenga que optar entre la vigencia de los mercados capitalistas o su propia pervivencia”[3], señala Dávalos. Mientras, los Estados y las corporativas privadas deciden ignorar (por no ser lucrativo) las voces de los pueblos que murmuran “Se los dijimos…”, pregonando que son patadas de ahogado de retardatarios románticos y anti-progresistas. Dávalos sigue: “Llegará un día en que los conocimientos y saberes ancestrales de los pueblos indígenas sean la única opción para salvar al planeta de la devastación provocada por el libre mercado” […]. “Son los mismos indígenas […] quienes ahora proponen un concepto nuevo para entender la relación del hombre con la naturaleza, con la historia, con la sociedad, con la democracia”[4].

El “buen vivir” vs. el “bienestar”

Dice Carlos Lenkersdorf que el hecho de comunicar es sólo una de las funciones de la lengua y que, en verdad, la más importante de ellas es “nombrar las cosas que vemos según las vemos. La función de nombrar está insertada en la cultura a la que pertenecemos, [pero] no es un acto individual que ocurre en cada uno de nosotros cada vez que hablamos. A causa de la inserción social, no solemos cobrar conciencia del hecho de que, con el idioma, nombramos la realidad”[5] y, agrego, le damos sentido a la realidad que nombramos al tiempo que manifestamos el sentido que previamente, socialmente, se le dio. Si partimos del principio de que en nuestras estructuras sintáctico-lingüísticas se plasma la forma en que comprendemos y habitamos la realidad, será de mucha utilidad conocer las formas con que las culturas indígenas le dan sentido a su propia realidad, las nociones de lekil kuxlejal y sumak kawsay: el “buen vivir” para los pueblos de América Latina. En estas nociones se implican necesidades y realidades que el occidente capitalista no ha querido aprender a observar o bien no ha logrado dimensionar.

Tseltales, quechuas y aymaras (entre otros), en los extremos del continente, hablan del “buen vivir”. Para ellos se trata de una de las nociones fundamentales de la vida cotidiana, sus demandas sociales y su entorno socionatural, y comprenden que el “buen vivir” tiene una serie de requisitos que el capitalismo y la doctrina neoliberal, en efecto, no pueden ofrecer. El lekil kuxlejal –de los pueblos tseltales de Chiapas– significa “la vida buena”, por antonomasia[6]. Representa la integración perfecta entre la sociedad y la naturaleza y uno de sus fundamentos constitutivos es la paz: te slamalil k’inal, que literalmente significa “el silencio del medio ambiente”. Uno existe cuando existe el otro. “Cuando estamos en paz / por eso mismo está contento nuestro corazón / cuando no hay problema / en nuestra comunidad”[7]. El k’inal es el “medio ambiente”, tanto para hablar de un ecosistema como para hablar de la mente de un sujeto, por lo que la “paz” radica tanto en el silencio de lo sistémico –esto es, su armonía– como en el silencio interior de un sujeto que, considero, sería la condición de posibilidad de la armonía del medio. “Los tseltales y tsotsiles hablan de la paz como una cuestión social y cósmica, aunque experimentada por el individuo”, dice Antonio Paoli[8].

¿Por qué el lekil kuxlejal no puede separarse de la paz? Dicen los tseltales que “cuando hay paz no hay molestia, no hay llanto, no hay miedo ni hay muerte; existe la vida buena en su esplendor (ay lekil kuxlejal), somos un solo corazón, somos unidad, es igual el derecho para todos, todos toman por igual la grandeza de todos, hay amor y hay igualdad”. El lekil kuxlejal para los pueblos tseltales, así pues, no puede desvincularse de las implicaciones ético-políticas de cada una de las decisiones que se toman desde y para los pueblos. Se manifiesta y se exige en diferentes ámbitos: la integración armónica en lo social de la mujer y el hombre; el cuidado de la naturaleza; la impartición de justicia; la autonomía; etc.

“Se preguntaba y se respondía un compañero de Guaquitepec: ‘¿Quién puede hacer la paz?’ ‘Nadie puede hacerla por nosotros. (…) Si hay una buena autoridad, si él nos ve bien, si aplica nuestro derecho, si nos respeta, si hace suyo el problema. Por eso mismo, los vecinos de la comunidad harán bien la paz”[9].

La noción de sumak kawsay para los pueblos aymaras y quechuas de Bolivia y Ecuador, aun no compartiendo una sola raíz lingüística, significa exactamente lo mismo. El sumak kawsay o suma qamaña implica que es indispensable la armonía social para el bienestar de la naturaleza; y viceversa. Se fundamenta en que la vida humana no tiene ningún sentido si su existencia no está en armonía con las necesidades (y generosidades, también) de la Tierra. Por esto, el crecimiento económico en términos neoliberales no tiene ningún sentido: no tiene hacia dónde perseguir el lucro. El “crecimiento” radica en otro lugar; el “bienestar” existe por otros factores.

Es una forma milenaria de concebir la realidad, pero que hoy en día resulta más bien “alternativa” frente al neoliberalismo. Además, implicaría que la autodeterminación de los pueblos indígenas habría de ser la base constitutiva de las políticas del Estado y que no habrá paz posible en una nación (o un conjunto de naciones) si esto no se realiza de hecho.

Por exigencia de estos pueblos, Bolivia (en 2007) y Ecuador (en 2008) rescribieron sus respectivas Constituciones. Incorporaron ambos la noción del “buen vivir” quechua y aymara como un eje articulador de las sociedades boliviana y ecuatoriana. Esta rescritura, para el caso de Bolivia, significó la oficialización y obligatoriedad de todas y cada una de las lenguas indígenas habladas en el país[10]; en el caso de Ecuador, implicó, por ejemplo, el reconocimiento de la Pacha Mama como fuente de vida de las naciones antes incluso que Dios[11]. Pero, fundamentalmente, en ambos casos significó el reconocimiento de la más profunda noción de los pueblos de la región andina y el Abya Yala ecuatorianos y bolivianos: el vivir de acuerdo con la justicia que merecen tanto la Tierra como la sociedad. “[Nosotros] decidimos construir una nueva forma de convivencia ciudadana, en diversidad y armonía con la naturaleza, para alcanzar el buen vivir, el sumak kawsay”.

Así pues, al margen de lo que, desde la clase política boliviana o ecuatoriana, los Estados implementen como políticas públicas, lo relevante es lo que los pueblos mismos han reclamado como propio. Es necesario escuchar cómo las nociones del “buen vivir” para ciertos pueblos latinoamericanos se destaca como una forma óptima de existencia que no devasta sino que construye. Se trata de un “buen vivir” que, a diferencia del “bienestar” capitalista, podría asegurar nuestra existencia futura.


[1] Cf. Pablo Dávalos, “El sumak kawsay y las cesuras del desarrollo”, Revista Memoria, No. 232, agosto-septiembre de 2008, p. 53.

[2] Ibid., p. 53.

[3] Ibid., p. 54.

[4] Ibid., p. 56.

[5] Carlos LENKERSDORF, Cosmovisiones, CEIICH-UNAM, México, 1998, p. 16.

[6] Es “por antonomasia” gracias al sufijo -il que se suma al adjetivo lek (“bueno”) dándole un sentido

universalizador. Cf. Antonio PAOLI, Educación, Autonomía y lekil kuxlejal. Aproximaciones

sociolingüísticas a la sabiduría de los tseltales, UAM-X, México, 2003, p. 73.

[7] Canción del pueblo de Guaquitepec, municipio de Chilón, Chis., ibid., p. 72.

[8] Ibid., p. 74.

[9] Ibid., p. 84.

[10] “Son idiomas oficiales del Estado el castellano y todos los idiomas de las naciones y pueblos indígena originario campesinos, que son el aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo, chimán, ese ejja, guaraní, guarasu’we, guarayu, itonama, leco, machajuyai-kallawaya, machineri, maropa, mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua, sirionó, tacana, tapiete, toromona, uru-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré y zamuco. El Gobierno plurinacional y los gobiernos departamentales deben utilizar al menos dos idiomas oficiales. Uno de ellos debe ser el castellano, y el otro se decidirá tomando en cuenta el uso, la conveniencia, las circunstancias, las necesidades y preferencias de la población en su totalidad o del territorio en cuestión”, Constitución del Estado Plurinacional Boliviano, p. 2.

[11] “PREÁMBULO: nosotras y nosotros, el pueblo soberano del Ecuador, reconociendo nuestras raíces milenarias, forjadas por mujeres y hombres de distintos pueblos, celebrando a la naturaleza, la Pacha Mama, de la que somos parte y que es vital para nuestra existencia, invocando el nombre de Dios y reconociendo nuestras diversas formas de religiosidad y espiritualidad, apelando a la sabiduría de todas las culturas que nos enriquecen como sociedad, como herederos de las luchas sociales de liberación frente a todas las formas de dominación y colonialismo, y con un profundo compromiso con el presente y el futuro…”, en web: http://www.asambleaconstituyente.gov.ec/documentos/constitucion_de_bolsillo.pdf, p. 15 del formato PDF, Ecuador, 2007.


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24 05 2012
Bienestar vs Buen Vivir | elbuenvivircoatepec

[…] artículo que habla de la diferencia entre bienestar vs buen vivir …. aqui Share this:TwitterFacebookMe gusta:Me gustaSé el primero en decir que te gusta esta […]

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