Nuevos movimientos sociales: nuevas perspectivas, nuevas experiencias, nuevos desafíos

7 04 2009

Julio Alguacil Gómez

2006

publicado en habitat.aq.upm.es


1 El juego de los movimientos sociales en un contexto complejo y de cambiantes contextos

En el primer lustro del siglo XXI hemos asistido y comprobado la sucesión vertiginosa de fenómenos significativos y diversos que son resultado y, en ocasiones, respuesta al modelo de crecimiento productivista y neoliberal desarrollado en el último cuarto del siglo XX. El estreno del milenio viene marcado, en un primer momento, por las movilizaciones de resistencia global que consiguen frustrar el encuentro de la denominada Ronda del Milenio de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en noviembre de 1999 en Seattle y el ciclo de protestas que le siguen en los años siguientes. En un segundo momento, desde otra mirada, el milenio se inicia con la guerra global personificada en los atentados del 11-S y los que le siguen en otras grandes ciudades del centro, y en las guerras preventivas de Afganistán e Irak, generándose así un círculo vicioso en torno a la amenaza bidireccional global, atentados-guerras-quebranto de derechos ciudadanos-atentados.

De otra parte, las grandes catástrofes naturales que se vinculan cada vez con mayor certeza al cambio climático y en general a la desbocada dinámica entrópica del capitalismo global: los grandes incendios forestales en Australia; Sur de Europa y EE.UU.; las grandes inundaciones en Centro Europa y China; los persistentes y cada vez más frecuentes huracanes en el Mar de China, el Caribe y Centro América; las grandes sequías en África y el Sur de Europa; a lo que hay que añadir los grandes terremotos y otras catástrofes vinculadas más directamente al modelo de productivismo extremadamente mercantilizado, o desregulado, como puede ser el caso del Prestige; y la inquietante emergencia de las enfermedades globales, como el SIDA, el mal de las vacas locas, la neumonía asiática, o la gripe aviar; conforman eso que se ha venido a denominar como «sociedad del riesgo».

Nos enfrentamos, en nuestras sociedades contemporáneas, a una creciente complejidad, y no sólo por las múltiples dimensiones que intervienen en su conformación, sino también por las paradojas que se producen en ellas, tales como la simultaneidad que se establece entre la unidad y la diversidad, la dualidad y la segmentación, la singularidad y la pluralidad, el sujeto y la humanidad, lo viejo y lo nuevo, lo local y lo global, la riqueza y la pobreza, la inclusión y la exclusión, el uso de la violencia y la ética… que nos revelan nuevos contextos y, aparejados a ellos, la elaboración de nuevos marcos interpretativos que se intuyen en múltiples síntesis, que se dejan ver en la búsqueda de nuevos equilibrios y de nuevas alianzas: la glocalización, la nueva ciudadanía, la Línea de Dignidad y la nueva ética.

El protagonismo de los movimientos sociales en la conformación de los marcos interpretativos es innegable, no podríamos considerar la conciencia ambiental actual sin el movimiento ecologista, o los avances alcanzados en la igualdad de géneros sin el movimiento feminista, y así un largo etcétera. La historia de la modernidad estuvo ampliamente determinada por los movimientos sociales, fundamentalmente por el movimiento obrero, pero es en la posmodernidad cuando son crecientes nuevas oportunidades vinculadas a la interconectividad y a la interactividad, y precisamente por ello, se encuentra fuertemente influenciada por los nuevos movimientos sociales y su versátil capacidad de juego entre las paradojas. Los movimientos sociales, en sus búsquedas, se presentan así como nexo de asociación, como motivadores y a la vez interpretadores de las síntesis que se producen, que intuyen, que se construyen, entre los pares de conceptos paradójicos expresados más arriba. Pero veamos más detenidamente la idiosincrasia de las síntesis, de los nuevos equilibrios que se piensan, que se luchan, que se proponen, que se construyen. Éstas son nuevas perspectivas de reflexión y de elaboración para los movimientos sociales que manifiestan la complejidad en un entramado heterogéneo de dimensiones que se traban entre sí.


2 La glocalización

Los novísimos movimientos sociales son etiquetados por imperativo mediático como movimientos antiglobalización, sin embargo la perspectiva movimentista contemporánea se denomina a sí misma como movimientos de resistencia global o también como movimientos alterglobalización; en definitiva, la apuesta por otra globalización. Realmente este nuevo movimiento, a su vez síntesis de movimientos, trabaja por una alternativa al capitalismo en la actual fase de extrema mercantilización extensiva al conjunto del planeta. En consecuencia, son alteractivos frente, y alternativos a, el capitalismo global.

Así, la denominada globalización adquiere distintas miradas, que incluyen múltiples dimensiones que admiten una lectura alternativa al propio capitalismo global. La lucha por la globalización de los derechos humanos es un buen ejemplo de ello; igualmente los propios movimientos pueden considerarse como globales, pero, a la vez, locales. Si bien, la lectura desde la extrema mercantilización se fundamenta en la penetración de las estrategias globales en todas las culturas y en todos los territorios; es decir, en la colonización de lo local, de la vida cotidiana, del individuo, lo cual menoscaba su capacidad de autonomía y de auto-eco-desarrollo. Los impactos negativos sobre lo local conllevan una perspectiva ambivalente, de autocierre, o por el contrario, de autoapertura. La primera de ellas implica una construcción de una identidad tribalista excluyente y endogámica, mientras que la segunda significa ganar conciencia de sí en la interactividad con otras culturas, con otros territorios, con otras ciudades, con otros movimientos… Esta última acepción conlleva la idea de glocalización, neologismo que debemos a la lectura crítica del proceso globalizador realizada por Roland Robertson (1995) en un sentido de fusión y reciprocidad entre lo local y lo global, entre los lugares y los flujos, entre las particularidades y lo universal; en definitiva, una eficaz combinación de lo más útil de cada lugar con lo mejor de lo que circula por los flujos globales.

De este modo, se establece una retroalimentación entre la creciente conciencia de ciudadanía universal con el arraigo local, apuntando a una perspectiva comunicativa bidireccional que podemos sustanciar en el conocido eslogan de pensar globalmente y actuar localmente, que se ve completado con el pensar localmente y actuar globalmente, permitiendo, así, el reconocimiento de las identidades particulares, de las diferentes subjetividades de base categorial (diferencias de género, étnica, orientación sexual, edad, etc.), sectorial (trabajo, medio ambiente, educación, sanidad, vivienda, etc.) y territorial[2], pero conjugándose a la vez con la defensa y conquista de principios universalistas como los derechos humanos o los mismos valores democráticos. De tal modo que el objetivo de los movimientos sociales contemporáneos es una ciudadanía democrática e inclusiva que tiene una doble dirección: por un lado, particularizar los valores universales y, por otro, universalizar las identidades particulares. En definitiva, tienen el reto de articular las distintas posiciones subjetivas en un sujeto, a la vez unitario y heterogéneo, en una nueva identidad de identidades, que les sitúa en una predisposición para buscar una múltiple articulación temática y sectorial entre culturas y colectivos, entre escalas y entre agencias que sólo puede construirse a través de una cooperación de lo descentralizado.

3 La nueva ciudadanía

La ciudadanía y la democracia en su obligada simultaneidad establecen un proceso histórico dinámico, recurrente e inagotable que en su desarrollo viene a resolver, a través de su capacidad mediadora y dialógica, múltiples paradojas: el ser y el estar, la norma y la libertad, el individuo y la colectividad, la intimidad y la relación social, la identidad y la alteridad, el prójimo y el ajeno, lo próximo y lo lejano, los derechos y los deberes, lo privado y lo público, la inclusión y la diferencia, lo universal y lo particular, lo local y lo global… La resolución de las paradojas se refiere siempre al sujeto (individual o colectivo); se refiere siempre al ciudadano como sujeto que tiene derechos y deberes políticos y, en consecuencia, responsabilidad sobre la gestión de los recursos y sobre el gobierno de un territorio, de una ciudad, de una nación, de un Estado.

Originariamente la polis es el lugar construido (el hábitat) y apropiado por el sujeto que desarrolla derechos y deberes políticos como estrategia para satisfacer las necesidades humanas, entre ellas las más relevantes: la de entendimiento, la de participación, la de creación, la de identidad y la de libertad, y que podemos resumir en aquel viejo proverbio alemán de que «el aire de la ciudad nos hace libres». Así, en un primer estadio de su desarrollo, la ciudadanía estaba vinculada a la ciudad. Los ciudadanos lo eran de una ciudad accediendo a los derechos por adquisición de los mismos y no por transmisión adscriptiva.

Si bien los derechos de ciudadanía, tal y como establece T. H. Marshall (1950) en un texto ya clásico sobre la ciudadanía, fueron apareciendo de forma gradual bajo la influencia de corrientes sociopolíticas y agencias diferentes, pero siempre bajo el marchamo de la conquista de los derechos de libertad por parte de los ciudadanos. Marshall apunta que es imprescindible para esa construcción de la ciudadanía la inclusión de los derechos civiles junto a los derechos políticos y los derechos sociales. Los dos primeros, los derechos civiles y los derechos políticos, más particularistas pero protagonizados por el republicanismo, se produjeron contra el Estado-nación autoritario y lograron transformar éste en un nuevo tipo de Estado liberal. Mientras que los derechos colectivos por la igualdad, derechos económicos y sociales, obtuvieron importantes conquistas por el movimiento obrero bajo la influencia de corrientes socialistas a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX para consolidarse en la primera mitad del siglo XX. Para explicar esta inclusión de los derechos sociales, Marshall hace referencia a otra trilogía a través de la que se construye esa plena ciudadanía: el tiempo, el espacio y la agencia. El tiempo se refiere al proceso histórico y secuencial que lleva a los derechos universales de la ciudadanía y para lo que fue necesaria una ruptura con el espacio que hasta entonces adscribía a la ciudadanía a una comunidad política determinada como era la que se construía en la ciudad. Para Marshall era necesaria la superación de este estrecho localismo que significaba una limitación para la expansión de la ciudadanía; y, finalmente, la agencia, que se refiere a los sujetos históricos, a los grupos sociales en ascenso que protagonizan los movimientos en pro de la ciudadanía en cada estadio histórico.

De este modo, el despliegue de las distintas generaciones de derechos van aparejadas al desarrollo del capitalismo y la consolidación del Estado-nación. Desde esta visión somos ciudadanos de un Estado, de un país y no de una ciudad o de una localidad. Si bien, en el marco de la globalización económica, la tendencia a la pérdida de protagonismo y soberanía de los estados nacionales, que en la última etapa del proceso de construcción de la ciudadanía son los que han tenido el monopolio sobre su definición, supone un freno al proceso permanente de construcción de la misma y lleva a pensar en otros ámbitos políticos y territoriales en los que este proceso pueda continuar en su vertiente más activa. Parece que los nuevos retos de la ciudadanía se vuelven a discutir desde una doble perspectiva que tiene muchos puntos de vinculación: buscar una alternativa entre el liberalismo desregulador y el burocratismo estatista, y redescubrir la configuración de su base territorial.

La entrada en escena de la problemática ambiental y el creciente contacto entre culturas (flujos migratorios, difusión cultural occidental, etc.) ponen de relieve nuevos fenómenos que tienen su proyección en una ampliación de los derechos, presentando cierta correspondencia con la emergencia de nuevas esferas de soberanía que cohabitan con el Estado-nación. La pérdida de peso de éste deja paso a nuevos actores políticos y estrategias en el ámbito global, y también en el ámbito local. Estas nuevas esferas de soberanía precisan de la propia mirada de la ciudadanía y se corresponden con nuevas generaciones de derechos a ellas aparejadas.

Así, junto a las tres generaciones de derechos tradicionales vinculadas al Estado-nación, aparecen con fuerza los derechos ambientales que no pueden circunscribirse a un territorio acotado sino al conjunto del planeta. Entran en juego los derechos de la humanidad en un patrimonio que es común, en primer lugar ambiental, pero extensible a todo el patrimonio cultural, histórico, económico y a un medio social exento de violencia. Se preconiza el acceso equitativo a los recursos del planeta como un derecho humano y se pone en cuestión la propiedad particular; ésta, al menos, se debe limitar por la existencia de una propiedad colectiva de los recursos que son irremediablemente comunes. Emerge así una cuarta generación de derechos, lo que algunos han denominado como bienes públicos y otros como derechos republicanos, que han emergido durante el último cuarto del siglo XX y que han motivado el refuerzo de una creciente conciencia globalista sobre la sostenibilidad ambiental y la solidaridad como estrategias irrenunciables para corregir la «sociedad del riesgo» que nos afecta a cada uno, independientemente de nuestro origen nacional o cultural. Bresser-Pereira (2001) los define como los derechos colectivos o pluri-individuales a la res publica o al patrimonio público, que en su dimensión económica incorpora el derecho de todos los sujetos a que los recursos económicos, sean éstos de carácter estatal o no estatal, no sean utilizados como intereses individuales y corporativos, protegiéndose de la codicia y del lucro particular y asegurando su utilidad social y eficiencia universal. Mientras, en su mirada ambiental preconiza los derechos del ecosistema, el respeto a la biodiversidad y, por extensión, el derecho de las otras especies vivas a su existencia, vinculándose a los propios derechos de la humanidad como especie.

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Por otro lado, la creciente intensidad del contacto y de la relación desigual entre las diferentes culturas y comunidades territoriales pone de relieve el desarrollo de los nuevos derechos culturales: el derecho de los pueblos, de las minorías, de los territorios, de las culturas… Los derechos de la humanidad sólo se garantizan con una quinta generación de derechos que amplían y profundizan la democracia haciéndola más participativa y reflexiva. El derecho de los grupos humanos (culturales, étnicos, migrantes… ) a ser los principales protagonistas de la gestión de sus recursos y de su desarrollo. En definitiva, el derecho de los ciudadanos a la autodeterminación, a deliberar y decidir sobre las acciones que afectan a sus condiciones de vida de la forma más directa posible. La ciudadanía no será plena si los ciudadanos no tienen la oportunidad de participar activamente en la consecución de la satisfacción de sus necesidades y este proceso se inicia y se proyecta desde la esfera del mundo de la vida cotidiana. El acceso a la política empieza en el propio cuerpo, en el territorio, en el ámbito de la vida cotidiana, y se proyecta a lo universal que, a su vez, enriquece y favorece la emancipación de la comunidad territorial.

Es, por tanto, en el ámbito local, en un contexto de proximidad, de contacto directo, de confianza, de conocimiento mutuo, donde los sujetos pueden entrar en estrategias de construcción conjunta que les permitan generar y acceder a estructuras comunes de acción política. En el mundo local se encuentran organizaciones de orden gubernamental (gobiernos locales) y de orden societario (organizaciones y movimientos sociales). Ambos tipos de estructuras, por su posición privilegiada de proximidad y de ser potencialmente difusoras de los principios universalistas, son escuelas de democracia. Es a través de estas estructuras por donde se puede acceder a las habilidades para la participación política y, por tanto, adquirir la condición de ciudadano pro-activo. Estas estructuras se encuentran en mejor disposición para incorporar a los ciudadanos a procesos de comunicación y de deliberación y, en consecuencia, están en mejor disposición de transmitir a los ciudadanos las destrezas necesarias para desenvolverse en la esfera de la política. Se trata, en definitiva, de un proceso recurrente donde la comunicación, el conocimiento y la reflexividad sobre la acción permiten la adquisición de la (co)responsabilidad social y llevan a la emergencia de la nueva conciencia necesaria para desarrollar las nuevas dimensiones de ciudadanía. De tal modo, la incorporación de los ciudadanos a la globalización (como un continuo de esferas de soberanía y diversidad cultural complementarias y potencialmente articuladas) sólo puede optimizarse a través de las redes y movimientos sociales de arraigo territorial y de las estructuras gubernativas descentralizadas, aunque precisan de procedimientos orientados a la articulación entre sí y la conexión con otras estructuras descentralizadas y globales. En consecuencia, la emergencia de estos nuevos derechos de ciudadanía vienen asociados al surgimiento de renovados actores (gobiernos locales, movimientos sociales, tercer sector) que ponen de relieve nuevas subjetividades en la conquista de una ciudadanía que explora nuevas dimensiones de la misma.

4 La Línea de Dignidad

Uno de los impactos más estremecedores de la globalización neoliberal se evidencia en la enorme brecha y en la fragmentación que se ha producido en la estructura social de nuestras sociedades en las últimas tres décadas. Fenómenos que no tienen precedentes, ni por su profundidad ni por su extensión, en la historia de la humanidad. Baste recordar la estimación apuntada en el Informe de Desarrollo Humano de 1998, que muestra como los 225 habitantes más ricos del mundo atesoran una riqueza combinada equivalente al ingreso anual de los 2.500 millones de habitantes más pobres del planeta. Distancia y fragmentación que muestran la combinación de dos elementos aparentemente paradójicos: dualidad y segmentación social, que de manera combinada y simultánea ponen de relieve la insostenibilidad social del modelo actual de crecimiento. El fenómeno, conceptualmente, se ha identificado como la «exclusión social», término que contrasta con el clásico concepto de pobreza.

Aparte de las diferencias que pueden establecerse entre la pobreza clásica (unidimensional, bipolar, vertical: arriba-abajo) y la exclusión social (multidimensional, estructura segmentada, horizontal: dentro-fuera), esta última debe considerarse en una doble condición de impacto sobre los colectivos subjetivizados: por un lado, no son útiles a la sociedad en la generación de riqueza y, por otro, tienen tendencia a estar desafiliados en el acceso a los recursos (no conexionado).

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De este modo, amplios sectores de la población quedan fueran del sistema en varias de las dimensiones que condicionan la satisfacción de las necesidades humanas; quedan fuera del sistema político, del sistema económico, del sistema social y del sistema cultural. Su hábitat suele encontrarse segregado y degradado social y ambientalmente. Estas desafecciones se expresan en llamativos y crecientes conflictos sociales, como por ejemplo la rebelión de los jóvenes de los banlieues franceses o el drama de los emigrantes del Sur en las fronteras blindadas de los países del Norte. Esos dramas son buena muestra de la insostenibilidad social del modelo neoliberal.

Por otro lado, el desigual acceso a los recursos y a la gestión de los mismos, y el efecto que esto tiene sobre el intercambio desigual, establece un círculo vicioso entre pobreza y destrucción de la naturaleza en un doble efecto entrópico, de retroalimentación, entre la insostenibilidad ambiental y la insostenibilidad social. El sobreconsumo en los países del centro viene acompañado del infraconsumo en los países de la periferia, lo que produce simultáneamente insostenibilidad social y ambiental. Así, la desigualdad social es cumulativa al basarse en un modelo de desarrollo en el que el crecimiento económico es excluyente ya que «hace que sólo pueda ofrecer beneficios que se sustentan en el juego de suma cero; si alguien gana es porque otro lo pierde» (Elizalde, 2002), y, además, posibilita el continuo crecimiento de la riqueza incrementando a su vez la pobreza. Se trata de un modelo de consumo que consume anticipadamente el futuro, al fundamentarse en una ideología que estimula de manera ilimitada y compulsiva la satisfacción de los deseos, y no la de las necesidades humanas. Esto conlleva una visión de futuro muy limitada, infantilizada y de corto plazo, que muestra la inconsciencia del sistema, que a la vez se basa en una cultura del usar y tirar objetos y sujetos, y en una fe ciega que mantiene la idea de la no-preocupación por el futuro y por los impactos que podamos provocar, pues el propio sistema y la ciencia al servicio del mismo serán capaces de reorientar y resolver los problemas de la humanidad.

Así, se pone en evidencia la estrecha relación entre la estructura social y la crisis ambiental. La tendencia hacia una extrema polarización social entre abundancia y pobreza lleva aparejada, por un lado, la detracción de recursos por sobreestímulos de consumo de los afortunados del planeta; y por otro, la devastación de recursos por la privación de medios y estrategias de acceso a la alimentación que afecta a los pobres de la tierra. De esos nuevos escenarios surgen nuevos interrogantes: «Si la destrucción ecológica se produce cuando la gente tiene demasiado o muy poco, debemos preguntarnos: ¿Qué nivel de consumo puede soportar la Tierra? ¿Cuándo deja de contribuir de manera apreciable el tener más a la satisfacción humana?» (Durning, 1991: 244).

En respuesta a este modelo de desequilibrio global surgen reivindicaciones desde los países del Sur sobre otro modelo de desarrollo, que se centra tanto en las necesidades humanas, las libertades reales, la equidad y los derechos humanos plenos, como en la sostenibilidad ambiental (Carvalho, 2002). Respuesta que se traduce en una propuesta: La Línea de Dignidad[3]. La Línea de Dignidad corresponde a una elaboración conceptual que pretende establecer los parámetros para un nuevo indicador social, que eleva el nivel de satisfacción de las necesidades establecidas en la línea de pobreza a una nueva línea base, concebida como de dignidad humana y establecida bajo un enfoque de necesidades humanas ampliadas (Larraín, 2002), en donde para cada una de ellas existe un umbral de satisfacción que depende de la adecuada concurrencia de las demás[4]. Esto permite la superación de la concepción tradicional de equidad social desde la formulación de la vida mínima (mera superación de la línea de pobreza) a la formulación de una vida digna (Larraín, 2002).

La estrategia para alcanzar una Línea de Dignidad precisa de una perspectiva dialógica que apunta hacia un reequilibrio entre la sostenibilidad ambiental y la sostenibilidad social, basándose, necesariamente, en una redistribución que se alcanza a través del reconocimiento de la complementariedad y de la puesta en común para abordar la insostenibilidad en su doble vertiente social y ambiental entre el Norte y el Sur. «Como referente distributivo de la sustentabilidad, la Línea de Dignidad establece un criterio de regulación socioambiental en el consumo justo, lo suficiente para una vida digna, bajo los parámetros de ejercicio de derechos, relaciones sociales democráticas, reconocimiento de la complejidad de los ecosistemas planetarios y de la necesaria subsistencia de los demás seres vivientes que conforman dichos sistemas» (Larraín, 2002: 101).

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Para ello se hace necesario desmaterializar el consumo del Norte, reduciendo sus niveles, y aumentar el consumo del Sur, pero desmitificando el modelo mercantilista insostenible del Norte. Se pone así en evidencia que hay indignidad, y ésta no sólo se encuentra en el infraconsumo de los pobres del planeta, sino también en el sobreconsumo de los ricos, lo que precisa de un acuerdo respecto a cuánto es suficiente, en dónde se encuentran los límites al consumo.

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La Línea de Dignidad permitirá, por tanto, contar con un instrumento conceptual para avanzar hacia una mayor equidad internacional en las relaciones Norte-Sur, pero también en la equidad interna de los propios estados, sean éstos del centro o de la periferia.

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La Línea de Dignidad se presenta, finalmente, como un indicador de síntesis de esta convergencia en donde el acceso a los derechos humanos en todas sus dimensiones (civiles, políticos, socioeconómicos, ambientales y culturales), y la reorientación hacia la satisfacción de las necesidades humanas ampliadas por parte del sujeto permiten establecer un referente político de lo que sería aceptable éticamente como un nivel de consumo sostenible. De ahí la importancia de la articulación y convergencia entre los movimientos sociales del Norte y del Sur que se está produciendo en los Foros Sociales Mundiales.

5 La nueva ética: el regreso del sujeto

La hibridación de todas estas miradas que se construyen en la glocalización, que trabajan sobre una nueva ciudadanía, y que afirman y buscan la dignidad de la persona, producen en su interactividad un complejo entramado de conexiones y de vínculos. Esta constelación reticular abona un pensamiento complejo que contrasta con lo que se ha denominado como pensamiento único, de simplicidad extrema y corto recorrido. El pensamiento único, es un pensamiento simple (segrega) y total (reduce), unidireccional, de arriba a abajo; el pensamiento complejo es multidireccional y transversal, de larga mirada (de práctica orientada al futuro), que estimula el desarrollo de la capacidad estimativa y creativa de los sujetos.

Emerge una nueva cosmología mundialista, una nueva conciencia, un nuevo sujeto protagónico; es el regreso del sujeto que diría Jesús Ibáñez (1991), que se rearma en la ética a través de renovados valores morales frente al pensamiento técnico, científico, mercantilizado. Haciendo nuestras las palabras de Alain Touraine en uno de sus últimos trabajos «vemos también cómo el juicio moral recupera terreno frente al pensamiento técnico y científico. El movimiento ecologista nos ha enseñado a reconocer nuestros deberes respecto de la naturaleza, lo que no nos ha llevado a fundir la cultura en la naturaleza, sino, al contrario, a hacer penetrar el juicio moral en el dominio de la naturaleza» (Touraine, 2005: 177), lo que es tanto como reconocer que los sujetos ganan capacidad de pensamiento y de acción, obtienen autonomía desde la dependencia ecosistémica, de tal modo que el sujeto tiene conciencia de sí en la medida que forma parte activa de la naturaleza y de la sociedad. Precisamente, el conocimiento sobre los límites ecológicos y la preocupación por las futuras condiciones de vida en el planeta (conciencia) vuelven a poner en escena renovados aspectos de la subjetividad humana y de la autonomía ética. Surge así una nueva paradoja: la autonomía individual se obtiene gracias a la pertenencia a un contexto relacional, o a un ecosistema, y ese pertenecer a un entorno significa un cierto grado de dependencia. La autonomía individual no puede pensarse sin la autonomía de los otros, o si se prefiere, de la dependencia de los otros.

La dependencia del entorno relacional y la autonomía en el entorno relacional son inseparables. La noción de sujeto-en-proceso no toma sentido más que en sus relaciones desarrolladas en el interior de un ecosistema (natural, espacial, social). El sujeto-en-proceso es un nuevo sistema autopoiético como proceso de autonomización de un subsistema específico (Melucci, 1984)[5]. La autonomía desde una perspectiva ética representa, pues, la complementación de la identidad y de la alteridad. La comunicación relacional implica la relación simétrica entre emisor-receptor y receptor-emisor que interaccionan sobre la base de una identidad común (los signos y señales de sus comunicaciones no sólo encauzan información, sino también identificación) y que supone el reconocimiento del otro (alteridad) y de sí mismo a través de ese reconocimiento. «Se siente sujeto solamente aquel o aquella que se siente responsable de la humanidad de otro ser humano. Es reconociendo los derechos humanos del otro como me reconozco a mí mismo como ser humano… » (Touraine, 2005: 169); es reconociendo los derechos y las necesidades humanas ampliados donde regresa el sujeto en esa tensión dialéctica que se produce entre lo local y lo global, el individuo y el colectivo, lo singular y lo universal. Nadie puede ser sujeto individual si no es como parte de un sujeto colectivo, nadie puede ser sujeto autónomo si no es como elemento que se relaciona con y en un entorno, «su autonomía (la del individuo-sujeto) para escapar del solipsismo, debe conjugarse con la autonomía de los otros individuos» (Ibáñez, 1990: 7). Los individuos (las partes) tienen su identidad propia a la vez que participan de la identidad del todo, y la identidad del todo no puede entenderse sino como alteridad (reconocimiento de la presencia de otros sujetos, de otras culturas, de otras formas de ser y estar) y complejidad (el todo son partes heterogéneas entrelazadas). La identidad del individuo se conforma, pues, en referencia a los otros individuos. Identidad y autonomía no pueden entenderse sin la alteridad que les deja participar en el juego de la comunicación relacional.

El sujeto que se comprende a sí mismo como sujeto autónomo en su relación con el mundo, del que simultáneamente es dependiente, se hace a sí mismo sujeto moral. Se construye así una ética discursiva a través de la cual el sujeto autónomo-dependiente se humaniza, experimenta un mundo subjetivo a la vez que accede al mundo social y cultural en el que se inscribe. El sujeto obtiene, de este modo, una dimensión individual y una dimensión personal que permiten distinguir en el concepto mismo de sujeto las exigencias de una ética de mínimos y una ética de máximos (Cortina, 1993). Distinción que establece entre aquellos mínimos normativos universalizables, que son posibles por la dimensión autónoma del sujeto, y los máximos a que se refieren los proyectos biográficos de autorrealización. La síntesis entre ambas éticas exige de los sujetos el pasar de ser individuos a ser personas; es decir, el reconocer a los otros como sujetos-personas que tienen capacidad para reconocernos recíprocamente, adhiriéndose (adhiriéndonos) a los principios éticos universales que nos ponen en común.

Se pone así en cuestión el acceso a la felicidad desde el mundo de los objetos (mercantil) y pasa a vincularse al mundo de los sujetos (de las relaciones). El sentido de la vida construido e impuesto desde arriba, en el actual paradigma mercantilista, motiva el acceso a la felicidad a través del consumo y, al hacerlo así, sujeta a los sujetos en una posición, en una categoría excluyente; aísla a los individuos, los deshumaniza distorsionando la propia felicidad. La humanización del sentido de la vida aboga por un acceso a la felicidad que se realiza a través de las relaciones (reciprocidad, cooperación) que incluyen en el mismo mundo a sujetos diferentes-complementarios que se recrean a sí mismos por medio de esa diferencia complementaria. Así se personaliza la subjetivación integrando a los sujetos.

El sujeto autocreado, el sujeto en proceso, el sujeto protagónico expresivo, quiere ser actor. «Para que la autonomía individual alcanzara una optimización, o lo que es lo mismo, obtuviera una capacidad crítica, deben estar presentes dos tipos distintos de libertad: la libertad de acción y la libertad política» (Doyal y Gough, 1994). La autonomía por la que abogan estos autores enlaza la crítica y la práctica; es decir, una autonomía crítica que significa una reflexividad para la acción social. Ésta se obtiene en las redes interactivas donde se adquiere una capacidad estimativa[6] que orienta la acción humana buscando el equilibrio entre la libertad individual y la vinculación colectiva, entre lo micro-social y lo macro-social, entre las emociones y la(s) razón(es). Esa capacidad estimativa es reforzada por la comunicación y el conocimiento, que a su vez estimulan el devenir consciente. Y esta ética discursiva proyectada en acción colectiva es la que nos lleva a la confirmación de cómo es a través de los movimientos sociales, que buscan no tanto la reivindicación de los derechos, de la dignidad, de los nuevos valores, como el hacerlos realidad y aplicarlos directamente cuando tienen oportunidades, la que permite la construcción de un sujeto-persona que recupera un sentido de la vida ético. Es precisamente en la vinculación con los movimientos sociales donde la acción del sujeto, producida en primera instancia en el ámbito de la vida cotidiana, puede sincronizarse con las redes globales interactivas imprescindibles para la defensa y consecución de los derechos y necesidades universales.

Esta ética discursiva (que recoge sintéticamente el resto de las nuevas perspectivas anotadas) es transversal a cada uno de los movimientos y representa la conformación de una columna vertebral a la que pueden acoplarse los objetivos y los repertorios particulares de cada movimiento como parte coherente de un discurso común. Precisamente, esta constelación argumental significa una puesta en común conceptual de diagnóstico de la realidad social y de propuesta, que ayuda a construir los repertorios de confrontación y, sobre todo, permite a los líderes de los movimientos elaborar los marcos de acción colectivas, es decir, los esquemas interpretativos que justifican su razón de ser y dan significado a su acción colectiva. Por otro lado, los propios movimientos participan en la construcción y en la transmisión de estas perspectivas que, al articularse, promueven una convergencia de movimientos, un movimiento de movimientos. Los propios movimientos sociales se pueden comprender, en consecuencia, como una síntesis sujeta a una dinámica en permanente movimiento.

6 Un recorrido histórico que lleva a la convergencia de los nuevos movimientos sociales

Los movimientos sociales son un sistema de comunicación interactiva que media entre los sujetos y la política. Tal y como señala Melucci (1994: 146) presentan la singularidad, frente a las organizaciones, de que el resultado más propio de su acción es dotar de sentido a la acción individual y colectiva. De tal modo que el proyecto histórico (sobre la base de un diagnóstico, una identidad compartida y un pronóstico optimista) se encuentra inevitablemente cargado de representaciones y valores, de ideología, en consecuencia. El proyecto histórico es un proyecto utópico que mira al futuro, pero que también deviene del pasado. En cierto sentido, los movimientos sociales son siempre una síntesis de sus antecesores, de las ideologías, métodos y prácticas de antaño; de modo que el proyecto histórico de futuro no se podría entender sin conocer la trayectoria, los vínculos históricos que muestran la versátil adaptación de los movimientos sociales a cada contexto histórico. «La historia de la humanidad», afirmaría Karl Marx, «es la historia de la lucha de clases». Más propiamente, si incorporamos la perspectiva subjetiva de los individuos, habría que decir que la historia de la humanidad es la historia del éxito, y también del fracaso, de las luchas sociales desplegadas por los movimientos sociales. Retomemos el hilo histórico para imaginar el nuevo paradigma que representa el icono de otro mundo es posible y sus mentores: los novísimos movimientos sociales alterglobalizadores.

El hilo de los movimientos sociales antisistémicos, de marcado carácter universalista, viene constituido por los siguientes hitos: 1848 (Revolución en Europa), 1871 (Comuna de París), 1917 (Revolución Soviética), 1968 (y su prolongación hacia 1989-fin del Socialismo Real), 2000-2004 (movimientos alterglobalización). Los tres primeros se corresponden con el auge y desarrollo del movimiento obrero, mientras que los tres últimos se corresponden con lo que conocemos como nuevos y novísimos movimientos sociales.

En los primeros hitos se identifica el movimiento obrero como un movimiento moderno que se inscribe en el eje de la contradicción capital-trabajo, eje cuya naturaleza materialista dota de una significativa centralidad a la dimensión económica. La contradicción capital-trabajo es, efectivamente, el nodo central, pero esa relación es inseparable, en su proceso de despliegue, del modelo de uso y de gestión de los recursos naturales: detrae materias que devuelve en forma de residuos. El sistema de explotación vincula la plusvalía al impacto ambiental, de hecho son conceptos inseparables. Marx define el «concepto de trabajo» como «lo que media entre el hombre con la naturaleza para obtener los recursos que satisfagan sus necesidades y su resultado es la producción y los fenómenos económicos que de ellas se derivan». La perspectiva del trabajo como vínculo entre el hombre y la naturaleza se pierde a través del proceso de alienación que enajena a los hombres del trabajo, de la producción y de los propios hombres en su relación con el proceso de producción. Ello separa al hombre de la naturaleza.

Por tanto, de forma incipiente, se apuntan otras dimensiones de la contradicción: en la dimensión cultural es la experiencia de deshumanización del hombre bajo el sistema capitalista en cuanto pierde lo que le es propio, que es gobernar su propia vida y su propio destino mediante el trabajo y la cooperación con otros hombres. Los hombres, se encuentran, por tanto, gobernados por fuerzas ajenas o extrañas a ellos; fuerzas que no controlan y a las que se ven sometidos, de donde se desprende una perspectiva autonomista del movimiento obrero en el control del proceso de producción; y, también, se pone en evidencia, aunque de una forma incipiente, la problemática ambiental de la mano de Federico Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra, en el que se considera uno de los primeros textos de denuncia ecologista (Fernández Buey, 1998), poniendo en evidencia las condiciones de vida insalubres de los trabajadores en los barrios obreros de las incipientes ciudades industriales.

El despliegue del modo de producción capitalista en su expansión va dejando ver las contradicciones, que tienen respuestas más claras en la dimensión económica y más parciales y difusas en las otras dimensiones. El movimiento obrero se va adaptando a las distintas fases de expansión del modelo y va motivando y matizándose en movimientos colaterales vinculados al mismo, como pudieron ser el sufragismo, el ludismo (antimaquinistas) o el pacifismo, como experiencias que muestran rasgos adelantados de las contradicciones que se producen en la dimensión cultural, social y ambiental. El incipiente movimiento feminista es un buen ejemplo. Las mujeres representan para el sistema un ejército de reserva de mano de obra, que en la medida que se incorporan al mercado mercantilizándose su fuerza de trabajo, se pone en evidencia la dominación patriarcal como dominación cultural que dará pie al movimiento feminista.

La creciente división social del trabajo, la creciente incorporación de los criterios de organización científica del trabajo y la creciente agrupación de los trabajadores en unidades productivas (factorías) desplaza del ámbito de la producción al sujeto-trabajador con capacidad creativa y destreza profesional. La asalarización y la aplicación de la organización científica del trabajo, que se orienta rápidamente hacia el posterior modelo fordista, conllevan una organización de los trabajadores relativamente separada del puesto de trabajo. La adaptación de la estrategia del movimiento obrero a un ámbito parcial de la contradicción capital-trabajo, como es la confrontación respecto del reparto de la plusvalía, le separa de la centralidad en la superación de la contradicción obviando, o al menos relegando a un segundo plano, la apropiación de los medios de producción, el control de la actividad productiva y la intervención en la distribución del producto.

Así, el movimiento obrero terminó por orientarse hacia la creación de organizaciones sindicales fuertes y eficaces (con gran riesgo de institucionalización) para tener la suficiente capacidad como para interrumpir, a través de instrumentos como la huelga o el proceso de producción, en una lógica de lucha contra la explotación económica, que se expresa en términos más economicistas que culturales. La contradicción se expresa, así, casi exclusivamente en el valor-mercancía que tiene o debe de tener la fuerza de trabajo en el mercado de trabajo, inscribiéndose una representación mercantilista que se alejaba, por tanto, de una perspectiva más cultural proclive a la superación de las condiciones de alienación. Mientras, desde la vertiente política del movimiento obrero, termina por imponerse la estrategia que busca el acceso al poder político como paso previo a la transformación revolucionaria de la sociedad y la consiguiente obligatoriedad de inscribirse en una lógica estatista que relega a un segundo plano su perspectiva internacionalista originaria, así como cualquier atisbo cultural de antiautoritarismo y subjetividad (Wallerstein, 2005).

Sólo décadas después, con el agotamiento del Estado de bienestar y debido a un doble vínculo paradójico, emergen con fuerza los nuevos movimientos sociales. Tanto los beneficios propios del Estado de bienestar, particularmente el pleno empleo y el acceso de los trabajadores al sistema educativo, como el desgaste de legitimidad política que sufre el modelo de bienestar, por el déficit democrático que arrastra (democracia representativa), favorecen el surgimiento de los nuevos movimientos sociales. Habría que añadir la influencia que sobre ello tiene tanto la puesta en escena de los movimientos de liberación nacional en numerosos países de la periferia como el descrédito del socialismo real imperante en los países del bloque del Este para terminar de entender la revolución cultural, de carácter autonomista, que expresan los nuevos movimientos sociales.

Así, junto al eje tradicional de la contradicción capital-trabajo, vinculado al viejo movimiento obrero, y cuyo concepto clave, de naturaleza económica, es el de explotación, se incorpora con el 68 el eje complejo de las contradicciones de orden cultural cuyo concepto clave es la dominación autoritaria: del hombre sobre la mujer, del blanco sobre el negro, del colono sobre el indígena, del general sobre el soldado, del militar sobre el civil, del padre sobre el hijo… que dan paso a los movimientos estudiantiles, por los derechos civiles, feminista, antimilitarista, de objeción de conciencia, etc. Poco después, en la década de los setenta, tras evidenciarse la crisis energética y los impactos ambientales de un modelo productivista desbocado, se completa la triada con la incorporación del eje definido por la contradicción capital-naturaleza, cuyo concepto clave es la expoliación del medio ambiente, dando pie al desarrollo del movimiento ecologista. Los nuevos movimientos sociales incorporan la perspectiva dialógica de la simbiosis que hace complementarias las diferencias (de los elementos del ecosistema, de los géneros, de la edad, de las culturas), que a la vez se complementa con la perspectiva dialéctica de superación de la desigualdad en términos antagonistas. Se completa así el arco iris (rojo, malva, blanco, verde) de los movimientos sociales contemporáneos.

El sentido histórico del cambio social manifiesta un recorrido movimentista que ha ido de un movimiento de tipo global/total hacia un desgranarse en diversos movimientos de tipo temático/sectorial, para volver, de forma enriquecida, mezclada, recogiendo y asociando el conjunto de sensibilidades, identidades e ideologías, hasta tal punto que cada uno de los nuevos movimientos no puede entenderse sin la concurrencia de los demás; es decir, cada movimiento ha ido construyendo su identidad en la relación sinérgica con el resto de movimientos, ya que cada marco interpretativo ha ido trenzándose en procesos crecientemente conectados entre sí, compartiendo crecientemente las experiencias, las estructuras de oportunidades y los recursos.

Cada uno de los ciclos de movilización y de los movimientos que a ellos van aparejados se muestran en cada momento como forma de síntesis cumulativa de las ideologías, las estructuras, las identidades y las experiencias anteriores, incrementándose así la complejidad al tratarse de un proceso de procesos basados en una progresiva apertura hacia el espectro movilizador de las nuevas dimensiones, perspectivas y actores que, precisamente, vienen a poner de relieve la necesidad de una estrategia compleja encaminada a completar los derechos de ciudadanía.

Una dinámica cumulativa que se basa también en la continua dialéctica organización social-movimiento social, que da más peso a una que a otra, dependiendo de las condiciones marcadas por el contexto concreto. Como se ha argumentado en otro trabajo (Alguacil, 2000b), desde ahí se viene a explicar el repliegue de los efectivos de los movimientos sociales hacia lo que se ha ido conformando en un tercer sector al que han trasladado mucho de la cultura y prácticas generadas en los nuevos movimientos sociales, sobre todo en la década de los ochenta (eclosión de las organizaciones ambientalistas) y los noventa (eclosión de las ONG humanitarias y contra la exclusión social). La mayoría de ellas son pequeñas estructuras con base territorial, micro organizaciones sociales e iniciativas que permiten combinar lo expresivo y lo instrumental, que permiten prácticas de autogestión, de autovaloración, de autonomía y también de mediación más directa entre los múltiples agentes que actúan en el mundo de la vida cotidiana. Que, en definitiva, pueden combinar eficazmente la reivindicación y la movilización con la puesta en práctica de experiencias de democracia participativa y gestión directa. Estas organizaciones han sido refugio para los activistas de los movimientos sociales en las fases de repliegue del ciclo de movilización, hasta que nuevas condiciones han posibilitado la creación de un nuevo repertorio de protesta (Tilly, 1981), confirmándose así la validez del Principio de la conservación de la energía social aportado por Hirschman (1986) para el contexto latinoamericano.

Es innegable que cada uno de los movimientos se desenvuelve en redes y establece sus propios marcos interpretativos que conllevan sus propias estructuras de oportunidades políticas y sus propios recursos organizativos. Pero éstos tienden a converger, a intercambiar y compartir experiencias significativas, de lo que es un fiel exponente la versatilidad y el trasvase de activistas y recursos que se producen entre movimientos y organizaciones sociales.

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La eclosión de miles de organizaciones, de miles de movilizaciones, de miles de encuentros de composición plural de las que participan millones de personas como nunca antes en la historia, junto a la emergencia de innovadoras experiencias participativas desarrolladas en el mundo de la vida cotidiana y en el ámbito local[7], apuntan un proceso de permeabilidad y convergencia múltiple que tampoco tiene precedentes: de convergencia intergeneracional, de convergencia de redes, de convergencia de identidades, de convergencia de ideologías y de convergencia de territorios. Así, podríamos considerar el carácter múltiple y complejo de la convergencia desde tres dimensiones:

* Dimensión diacrónica (el tiempo): entre lo nuevo y lo viejo.
* Dimensión sincrónica (el espacio): entre el Norte y el Sur.
* Dimensión estructural: entre organizaciones, movimientos y colectivos de distinta cultura y composición organizativa.

Esta permeabilidad y asociación múltiple, que se puede ejemplificar en los Foros Sociales Mundiales, posibilita combinar la diferencia en los objetivos y la unidad de acción, haciendo posible la construcción de proyectos en común sobre la base de la preservación de los atributos propios; es decir, que las particularidades tienden a implicarse en la construcción común y, al hacerlo, se ven potenciadas como particularidades en cooperación, así como también se ven modificadas sin sentir menoscabo de su singularidad. Se construye, así, un movimiento de movimientos a través de la creación de:

Una ideología de ideologías: El viejo movimiento obrero produjo un haz de ideologías con una tendencia a desgranarse en orientaciones exclusivistas, apartándose de lo que en un principio pudo suponer la agrupación universalista de la Primera Internacional. Los imperativos establecidos por la consolidación de fuertes estados-nación, dirigidos por su respectivas y diferenciales burguesías, obligaron al movimiento obrero a ir derivando su actuación al ámbito localista del estado correspondiente. Las dificultades para establecer estrategias conjuntas y la idiosincrasia política de cada coyuntura nacional, junto con la desorientación que produjeron los rápidos cambios técnicos en el proceso industrial, influyeron en la división del propio movimiento obrero en diferentes corrientes: anarquismo, socialismo utópico, marxismo, socialdemocracia… Precisamente, uno de los aspectos significativos del desencuentro entre el anarquismo y el marxismo se ha expresado en el debate sobre la escala adecuada en la que debería organizarse la lucha social y constituirse la alternativa. Hoy, sin embargo, la tensión entre particularidad y universalidad, es una tensión creativa, donde la traducción de lo concreto a lo abstracto y viceversa, magnifica la repolitización permanente de la sociedad civil, donde lo personal y lo universal se combinan y retroalimentan a través de la política. Así, la incorporación del sujeto concreto a la práctica de la acción colectiva concreta le transforma en un ser genérico (capacidad de universalización del ser humano) que aspira a la asociación con los otros sujetos-seres genéricos estableciendo la adecuada unión entre intereses particulares y la articulación entre distintas esferas de intereses comunes (Harvey, 2003: 104-110).

El discurrir del siglo XX y los cambios tecnológicos y de la estructura social que se producen con rapidez complejizan los conflictos sociales al emerger nuevas contradicciones. Aparecen nuevos movimientos que responden a la realidad de nuevos conflictos, cuya naturaleza es de orden cultural, territorial, ambiental, social, relativamente separadas de la centralidad económica. Así, se van construyendo diversas orientaciones ideológicas dimensionadas, de respuestas asociadas a contradicciones concretas, pero que, a la vez que introducen innovaciones, recogen partes de la experiencia y de las representaciones de las corrientes ideológicas tradicionales. Por otro lado, el origen sistémico común de los conflictos sociales hace que las respuestas sean crecientemente compartidas, poniéndose de relieve el carácter complementario y transversal de los distintos movimientos. Finalmente, la confluencia y el contraste de ideas, la elaboración conjunta de propuestas y la puesta en práctica de experiencias compartidas, generan nuevos vínculos de complicidad y reciprocidad que llevan a la conformación de la ideología antiglobalista como una no-ideología (Ibarra; Martí, 2003: 290-291), que, ante todo, antepone la prevención frente la inhabilitación del sectarismo y al riesgo de institucionalización de los movimientos, considerando la puesta en común de la pluralidad de subjetividades como un atributo identitario.

Una red de redes: Un movimiento social es siempre un sistema de comunicación en red en el que los sujetos conectados se mueven con criterios de reciprocidad y cooperación. Los sujetos obtienen posiciones en distintas redes y cuando sus vínculos se extienden, por la activación del movimiento, se conforman constelaciones de redes. Desde las redes endogámicas de corte personal (redes de relaciones primarias) o categorial (de pertenencia a una clase, etnia, religión, etc.) se ha ido abriendo, construyendo, recreando, una constelación de redes intersistémicas, de carácter exogámico, que vincula sistemas de redes de naturaleza ontológica diferente (de locales a globales, de personales a asociativas, de asociativas a institucionales). Los movimientos los conforman sujetos, grupos con mayor o menor formalidad e incluso con responsabilidades políticas e institucionales, que se relacionan en redes. El movimiento alterglobalización se ha erigido en una extensa y relativamente densa red de constelaciones de redes (transpenetradas), del que son un buen exponente las contracumbres y los foros sociales mundiales en los que participan, aunque sin ocultar las divergencias y los distintos grados de responsabilidad y de compromiso, organizaciones y movimientos de todo tipo (sindicales, partidarias, humanitarias, economía social, ecologistas, indigenistas etc.), y sujetos con muy diferente funcionalidad en el ámbito del activismo social y político (representantes políticos, dirigentes sociales, dirigentes comunitarios, cargos políticos de confianza, intelectuales, etc.).

Una identidad de identidades: En una sociedad crecientemente compleja donde los sujetos participan de tal diversidad de redes, éstos tienen a su vez múltiples identidades, unas más locales y específicas, y otras más globales y abstractas. Así, los individuos (las partes) tienen su identidad propia a la vez que participan de la identidad del todo; y la identidad de lo global no puede entenderse sino como alteridad (reconocimiento de la presencia de otros sujetos, de otras culturas, de otras formas de ser y estar). La identidad del individuo se conforma, pues, en referencia a los otros individuos; identidad y autonomía no pueden entenderse sin la alteridad que les deja participar del juego de la comunicación relacional. Se puede afirmar, en consecuencia, que hay una identidad personal y una identidad grupal, el equilibrio entre ambas significa que ninguna de ellas puede existir por separado. La identidad (alteridad) con/en el grupo, en términos de reciprocidad, significa corresponsabilidad.

Precisamente, la idea de corresponsabilidad es lo que permite la prolongación entre los sentimientos expresivos y la creatividad instrumental a través de las redes sociales. La responsabilidad que se construye en la unión de la identidad y la autonomía significa que el reconocimiento de uno mismo se produce a través de la relación con los otros, y que igualmente la práctica de un actor (individual o colectivo) se construye en la tensión dialéctica entre el interior y el exterior. Cada actor social está mediatizado por la acción de los otros actores, y, por tanto, la acción de los otros está influenciada de la acción de cada uno de los actores. Se construye, pues, una actitud dialógica a través de la cual cada actor reconoce en los demás una dimensión de responsabilidad, de modo que a los otros actores se les puede considerar –como a sí mismo– corresponsables facultados para tomar parte en los procesos que les afectan mutuamente. Visto de esta manera, es necesario armonizar la conciencia de la existencia del otro diferente con la conciencia de los principios de un universalismo ético que nos hace a todos iguales en derechos y que es la clave para articular simultáneamente las diversas identidades.

Pero a la ética (de los valores universales) no se llega de forma abstracta, o con imposiciones externas a las identidades, a las redes, a las ideologías, sino que se alcanza mediante proyectos vivos, mediante prácticas concretas y contrastadas que aspiran a enredarse de manera horizontal en esa estrategia de convergencia. Los movimientos tienen como reto la ciudadanía, y hoy la ciudadanía se obtiene enraizándose en la realidad de la vida cotidiana, generando procesos de conocimiento y comunicación que permitan el acceso a la conciencia y a la praxis transformadora. La construcción de identidades colectivas inclusivas y transpenetradas conlleva la asociación entre lo personal y lo político. Lo político tiene que personalizarse (humanizarse), lo personal tiene que politizarse (socializarse y corresponsabilizarse); de tal modo que la transformación política empieza por uno mismo ya que la modificación del yo se realiza socialmente.

Los nuevos movimientos sociales surgidos del año 1968 aportan la idea de la revolución de la vida cotidiana como irreductible para cambiar la vida; lo personal y lo político se fusionan. «Los movimientos en torno a los derechos humanos, el medio ambiente y la situación de las mujeres, ilustran las posibles formas en que se pueden establecer políticas (…) para tender un puente entre la microescala del cuerpo y lo personal, por una parte, y la macroescala de lo planetario y lo económico-político por otra» (Harvey, 2003: 68-69). No se trata de otra cosa que de humanizar las complejas relaciones en sus múltiples dimensiones. Sólo se puede afrontar la complejidad desde la complejidad. En nuestro caso, desde la complejidad que representa la convergencia de los movimientos en un movimiento que es a la vez unitario y plural, que es capaz de combinar la teoría con la práctica, lo individual con lo colectivo, la identidad con la alteridad, lo local con lo global; que permite, en suma, proyectar una propuesta de futuro, una nueva cultura política, un nuevo paradigma social que pretende la construcción creativa e interactiva de nuevas relaciones entre los actores-sectores sociales.

La evidencia empírica de la nueva ciudadanía y de la puesta en práctica de la ética discursiva, que es acogida y desarrollada por los nuevos movimientos sociales, se despliega en infinitas experiencias de muy compleja naturaleza. Dar cuenta de ello es difícil debido a la invisibilidad de los procesos que se producen en el ámbito local, si bien se pueden apuntar los grandes síntomas que nos ayudan a pensar en hipótesis optimistas sobre un nuevo paradigma. Ya se ha dado cuenta de la eclosión de miles de organizaciones sociales, de los encuentros de miles de activistas de los movimientos en los Foros Sociales Mundiales y de las grandes movilizaciones[8] a las que hemos asistido en los últimos años. Cabe añadir el creciente protagonismo que adquieren los municipios y ciudades como actores políticos que se proyectan en innumerables experiencias de innovación democrática, que en muchas ocasiones establecen procesos de construcción conjunta con las entidades y movimientos sociales. El protagonismo creciente por parte de las pequeñas estructuras de poder local lleva aparejada la articulación de las mismas, y es ejemplo de ello el hermanamiento entre ciudades y municipios o las innumerables redes de ciudades que desarrollan proyectos conjuntos e intercambian experiencias y recursos. Pero para alcanzar un nuevo paradigma, los nuevos movimientos sociales tienen importantes desafíos que acometer.


7 Los retos de los nuevos movimientos sociales

Estamos instalados en plena «sociedad del riesgo», en un discurrir cuya característica más evidente es precisamente la indefinición, la incertidumbre, el no saber hacia dónde vamos. La sensación de estar cabalgando en una transición permanente en donde cohabitan viejas normas y nuevos valores, viejas y nuevas estructuras, precisa superar el solipsismo de la mirada a corto plazo, del vivir el presente sin imaginar y sin ir construyendo el futuro. Los nuevos movimientos sociales aportan esa mirada hacia el futuro generando innovaciones en el presente, de reflexión y de práctica, que deben permitir la autodeterminación del sujeto, el control sobre los procesos sociales, el dirigir y controlar nuestras propias vidas. La mirada hacia el futuro nos permite reflexionar sobre los desafíos y los obstáculos que tenemos por delante. Este último apartado tiene como cometido desarrollar algunas ideas al respecto:

Desde luego son muchos, y muy complejos, los retos que los movimientos sociales tienen por delante, si bien optamos por agruparlos en cuatro ideas, en cuatro erres:

* Repartir el poder (la democracia participativa).
* Redistribuir la economía y el trabajo.
* Respetar la naturaleza (la sostenibilidad ambiental).
* Reconocer la interculturalidad.


7.1 El reto de la democracia, de repartir el poder:
Relacionarse con las instituciones esquivando la institucionalización

En las primeras etapas de la sociedad industrial se consolida una estructura social de nítidas diferencias entre clases sociales muy homogéneas y enfrentadas. La desigualdad en el acceso a los recursos y la explotación económica permiten con relativa facilidad establecer repertorios de confrontación que se proyectan en marcos de acción colectiva. Las clases subalternas, especialmente la clase obrera, generan movimientos sociales (la clase para sí) y organizaciones de vanguardia con vocación de dirigir el movimiento a la toma del poder político. El tándem clase (movimiento social)-partido político de vanguardia representa grosso modo el itinerario de la institucionalización de los movimientos en la etapa de modernización. En la medida que los cuadros dirigentes del movimiento se transformaban en cuadros dirigentes del poder, sus posiciones sociales eran transformadas, ocurriendo lo mismo, inevitablemente, con sus psicologías individuales (Wallerstein, 2005: 277). Así la orientación hacia el poder hace de los dirigentes profesionales especializados que inhabilitan a los demás en la toma de decisiones.

Los partidos, ya en el marco del estado de derecho, se orientan hacia el sufragio electoral en un sistema donde la política y la competencia entre partidos tienden a medirse en parámetros cuasi mercantiles en una lucha por la obtención de réditos electorales; mientras, los nuevos movimientos sociales se orientan hacia la democracia directa y participativa en la búsqueda de un nuevo paradigma (Offe, 1988). Si bien la estructura social, debido al fuerte impacto del Neoliberalismo, se encuentra enormemente fragmentada en casi infinitas fracciones de clase, algunas de las cuales (las infraclases) quedan fuera del sistema en varias de sus dimensiones (sistema político, mercado de trabajo, segregación social y espacial), abriendo nuevas dimensiones del conflicto social en la medida que aparecen nuevas contradicciones solapadas, que cuestionan la baja calidad democrática de un modelo representativo que presenta síntomas graves de desafección por parte de los ciudadanos. Se pone en evidencia, así, el desacoplamiento entre las viejas estructuras propias de la modernidad y una sociedad civil crecientemente compleja, lo que motiva, por otro lado, el surgimiento de nuevos actores políticos y nuevos protagonismos sociales.

Ya no podemos pensar en un sujeto histórico nítido y único, ni en clases sociales puramente homogéneas, ni, en consecuencia, en organizaciones políticas que representan los intereses de grandes clases exclusivas. De hecho se puede argumentar con toda propiedad que las nuevas demandas sociales han dado vigor a los nuevos movimientos sociales en la medida que los partidos políticos tradicionales son incapaces de encauzar, generar o atender las nuevas solidaridades (Funes; Monferrer, 2003: 43). Surgen algunos interrogantes: ¿Para qué y para quién una organización partidista? ¿Qué modelo organizativo se corresponde con los nuevos fenómenos y nuevas condiciones? ¿Qué política de alianzas?. Los nuevos movimientos sociales tienen ante sí el reto de articular intereses y repertorios diferenciados pero no excluyentes, sino más bien complementarios e imbricados entre sí; es decir, tienen que jugar con una pluralidad que es en sí misma un valor ético y práctico. La mejora de la calidad de la democracia es un camino para ello y, en consecuencia, un desafío primordial para los nuevos movimientos. «En correspondencia con la voluntad de conciliar teoría y práctica, se busca un modelo organizativo lo más parecido posible a la sociedad a que se aspira: democrático, pluralista, respetuoso de la diversidad, contrario a cualquier forma de elitismo, orientado a socializar los conocimientos y el poder, organizado de abajo a arriba» (Venegas, 2003: 125). Esquivar la institucionalización es posible en unos movimientos que se encuentran crecientemente liberados de las estrategias nacionales de antaño y que acogen la democracia participativa como centralidad de acción promoviendo la incorporación de lo político en el ámbito de lo cotidiano. Precisamente, en la ampliación de la democracia, en la socialización del poder, en la incorporación de los ciudadanos a la política, es como se puede generar anticuerpos contra el mal de la institucionalización.

Aún así, no podemos obviar la democracia representativa, la existencia de instituciones democráticas, etc., que son irremediablemente parte de la pluralidad con la que hay que jugar, a la que hay que transformar en una perspectiva democratizadora y de proximidad a la ciudadanía, de tal modo que permita el acceso a la política por parte de unos ciudadanos que son cada vez más pro-activos. Las relaciones de poder inhabilitantes no pueden cambiarse en los procesos electorales, aunque éstos si pueden ser un instrumento, entre otros, para crear condiciones más favorables a la transformación social. La mediación entre los movimientos y las instituciones precisa de estructuras intermedias que sean en realidad una prolongación de los movimientos sociales. El modelo organizativo que haga de puente entre movimientos e instituciones debe poseer atributos más propios de los movimientos sociales que de las estructuras crecientemente obsoletas. Es decir, de un nuevo tipo de organización capaz de motivar y enriquecerse con una pluralidad interna, que precisa del pleno uso de la democracia participativa (flexible, transparente) basada en la confianza y fundamentalmente orientada no a la toma del poder que asienta estilos de vida excluyentes e inhabilitantes, sino a la socialización y difusión del mismo. Se trata de una nueva organización política exploradora de nuevos procedimientos para articular y democratizar las distintas esferas de poder, teniendo presente un contexto donde la descentralización del Estado y la construcción de un Estado relacional (Mendoza, 1996) es simultáneamente un objetivo y una oportunidad. Se trata, en definitiva, de explorar nuevas fórmulas para articular y democratizar las distintas esferas de poder, para una repolitización de la sociedad que a través de la democracia participativa y de la descentralización del Estado permita una redistribución del poder real y efectiva.

El reto de articular lleva a pensar en las estrategias de alianzas, pero éstas son complejas e intervienen múltiples dimensiones políticas, culturales y socioeconómicas, todas ellas necesarias para vertebrar nuevos bloques sociales. Apuntamos las más relevantes:
En primer lugar, desde las relaciones que se pueden establecer entre la gobernación local y los movimientos y entidades sociales, es necesario un reconocimiento de la existencia de un sector público estatal (estructura pura y dura administrativa) y de un sector público no-estatal (organizaciones y movimientos sociales con vocación pública). La complementariedad y acoplamiento entre ambos es primordial para el desarrollo de la democracia participativa. La construcción de una nueva hegemonía de la solidaridad pasa, en consecuencia, por la alianza entre los actores políticos emergentes: los gobiernos locales y los movimientos sociales; pero ya se ha dicho, el puente entre ambos precisa de un nuevo modelo organizativo permeable y fusionado con los propios movimientos sociales, que además tenga como objetivo asociar en una estrategia de construcción política en común, a los propios movimientos parcializados promoviendo su autonomía y una integración en los procedimientos capaz de unir experiencias y de combinar la reivindicación y la movilización con la gestión directa de los recursos.
En segundo lugar, es primordial una alianza entre fracciones de clase, particularmente, los excluidos (los que están fuera), los de abajo (los asalariados vulnerables), y los sectores ilustrados que se guían por valores posadquisitivos. Todos ellos son subjetividades complejas que precisan o abogan por una reorientación del modelo social.

7.2 El reto de redistribuir la economía y el trabajo

La dimensión económica se sitúa en el desafío de la superación de la explotación económica (del hombre por el hombre). Los efectos deshumanizadores (la alienación) provocados por la división social del trabajo en un marco de desigualdad y el cuestionamiento sobre el procedimiento de la obtención y distribución de la plusvalía en el proceso de producción, no dejan de obtener una significativa centralidad en la agenda de los movimientos sociales. La contradicción capital-trabajo, indudablemente sigue siendo, quizá, la más importante de las dimensiones en cuanto a los efectos que provoca el modelo neoliberal. Una expresión de la creciente contradicción, en palabras de José Luis Coraggio (1999), es «la incapacidad del modelo económico imperante para asignar recursos de uso social en magnitudes suficientes y a la vez sostener el proceso de acumulación capitalista.» Especialmente paradigmático representa la aplicación de la receta neoliberal en los países en vías de desarrollo, donde su despliegue ha mostrado su carácter marcadamente ideológico, basado en un individualismo antropológico carente de cualquier eficacia productiva. «El Neoliberalismo no sólo es una ideología del egoísmo privado, es también una práctica arcaica de las relaciones de producción puesto que no ve (y no puede reconocer) que hoy el valor es sólo un producto de la sociedad entera puesta a trabajar» (Negri; Cocco, 2006: 69).

Obviando determinismos economicistas, parece que la construcción de un nuevo paradigma, como el que se esfuerzan en construir esa conjunción de múltiples subjetividades representadas por los nuevos movimientos sociales, precisa de una paulatina ocupación del espacio de la esfera económica como para forzar unas nuevas relaciones económicas que sean capaces de cohabitar con el capital y, sobre todo, que sean capaces de ir sustituyéndolo. La consecución de un nuevo paradigma, al igual que ocurrió con la construcción del paradigma del capital (el cual cohabitó con el feudalismo durante prácticamente todo el segundo milenio) implica, en primer lugar, que las transformaciones necesarias precisan de la construcción de una base productiva alternativa capaz de ir implantando otras relaciones económicas y laborales, que en el contexto de la globalización tendría que orientarse a obtener una cierta autonomía económica de los ámbitos locales respecto de las dinámicas globales, y tendría que establecer nuevos equilibrios entre las diversas economías. En segundo lugar, se precisa de una desmercantilización del ámbito productivo, «solamente a través de la vinculación entre la gestión democrática de la apropiación social y el `adelgazamiento’ del mercado, la ley del valor y del asalariado es como será posible una verdadera transformación de la economía, y no apenas una nueva administración avanzada implementada por un capitalismo renovado»( Chesnais; Serfate; Udry, 2005: 286).

En este sentido, considerando la existencia de una economía de la diversidad (Economía Pública, Economía de Mercado, Economía Popular y Economía Social), el desequilibrio vendría establecido por la dominancia de la Economía de Mercado cada vez más frecuentemente promovida y apoyada desde la Economía Pública, por ejemplo, a través de las privatizaciones[9]. El reto de los movimientos sociales se encuentra precisamente en trabajar por el desarrollo de la Economía Popular y de la Economía Social, de tal modo que la estrategia debe encaminarse a que la Economía Pública se reoriente a promocionar e imbricarse con la Economía Popular, dignificándola, y a la Economía Social y Solidaria. En el caso de la Economía Popular[10], gracias a la cual sobrevive la mayoría de la población en los países del Sur, el desafío se encuentra en articular y movilizar la producción, dicho de otro modo, organizar y repolitizar a la economía informal motivando una reapropiación del proceso productivo por parte de la propiedad social (Chesnais; Serfati; Udry, 2005) que permita un nuevo modelo de desarrollo que se fundamente en una producción socialmente útil y responsable ambientalmente.

Particularmente, nos interesa aquí la Economía Social, Alternativa y Solidaria (según diferentes acepciones y matizaciones). Una buena síntesis de las características de la Economía Solidaria la recogió la declaración final del encuentro de Lima por una Globalización de la Solidaridad (1997): «La Economía Solidaria incorpora la cooperación, el compartir y la acción colectiva, colocando al ser humano como centro del desarrollo económico y social. La solidaridad en la economía implica tanto un proyecto económico como político y social, que conlleva una nueva forma de hacer política y de construir las múltiples relaciones humanas sobre la base de los consensos y acciones ciudadanas».

Se trata, en consecuencia, de desarrollar una democracia económica que viene definida por el control del proceso productivo por parte de los participantes que cooperan en el mismo, y por la apropiación de los medios de producción y de lo producido por parte de los trabajadores. Este desafío presenta dimensiones interrelacionadas que confluyen en tres orientaciones:

* La democratización del trabajo o liberación en el trabajo (Gorz, 1995). Se inscribe en una lógica de superación de la «experiencia social escindida» (Tezanos, 1987: 21) entre la vida cotidiana (en la que ganan protagonismo los valores democráticos) y la vida laboral (en la que persiste el predominio de valores autoritarios). Se trata pues de la integración del sujeto en los procesos productivos (calidad de vida, apropiación, cooperación, participación).


* La liberación del trabajo (Gorz, 1995). Quizá el factor más claramente exógeno es la disponibilidad de tiempo para poder participar en la gestión de los recursos y en las decisiones públicas, lo que André Gorz denomina como «tiempo liberado» absolutamente necesario para que el sujeto recupere autonomía en la esfera de la vida cotidiana, ya que la enajenación de los sujetos en la esfera laboral es un enorme obstáculo para satisfacer las necesidades de creación y de participación. Se trata de una optimización de la autonomía a través de una liberación del tiempo de trabajo que puede inducir, por un lado, un reparto del trabajo y, por otro, un mayor control del mismo; lo que puede tener consecuencias orientadas al surgimiento de otras actividades voluntarias y autoorganizadas, encaminadas a la optimización de la satisfacción de las necesidades. Ello permite una mayor integración del sujeto en los procesos sociales y en su entorno.


* Una economía descentralizada y endógena. El protagonismo conferido al sujeto en los procesos de liberación en el trabajo y en la liberación del trabajo apunta a un carácter descentralizado de la economía, a un protagonismo local, y también a una mayor proximidad entre el ámbito del trabajo/producción y el ámbito de la vida cotidiana/reproducción, generando una economía social basada en una sustitución de capital mercantil por un capital social que, además, sea capaz de generar nuevos recursos satisfaciendo necesidades sociales y ambientales de carácter local.

En consecuencia, cabe apuntar un múltiple desafío que deben afrontar los movimientos sociales consistente en desarrollar las sinergias que se producen entre perspectivas como el desarrollo local, la economía solidaria, el tiempo liberado y la democracia económica, que se superponen y retroalimentan hasta el punto de que cada uno de ellos no puede optimizarse sin la presencia del otro.

7.3 El reto de hacer respetar la naturaleza

La dimensión ambiental se sitúa en el desequilibrio derivado de la distancia sujeto-objeto, de la contradicción hombre-naturaleza. Aparece la necesidad de resolver el desajuste producido sobre la gestión de los recursos renovables sobre la base de dos principios básicos del desarrollo sostenible: por una parte, que el nivel de explotación de los recursos no exceda la capacidad del nivel de regeneración natural de los ecosistemas (rendimiento sostenido). De otro lado, que los niveles de emisión de residuos no excedan o sean equivalentes a las capacidades de asimilación natural por parte de los ecosistemas receptores de dichos residuos. Las capacidades de regeneración o reposición, y de asimilación o absorción, deben considerarse capital natural, y el fracaso en el mantenimiento de dichas capacidades debe considerarse consumo de capital natural y, por tanto, no sostenible (Daly, 1989). Desde esta perspectiva se fija la vinculación de los sujetos y de las organizaciones sociales al territorio, a la vez que se desarrolla una conciencia sobre los efectos del modelo económico productivista.

Así la percepción y convicción frente a las situaciones que se viven y que se evidencian como insostenibles para intereses propios o ajenos, y que son provocadas por agentes externos poderosos (poderes, instituciones, élites políticas y económicas) es lo que esta motivando una acción colectiva que persigue objetivos de transformación de esas situaciones. Esta perspectiva se ve reforzada en un marco de «sociedad del riesgo» donde la inteligencia[11] ha puesto de relieve la amenaza que el proyecto productivista y despilfarrador del Neoliberalismo global supone para la humanidad (cambio climático, inseguridad alimentaria, pobreza, crisis energética, enfermedades globales, agujero de ozono, lluvias ácidas, inseguridad nuclear, etc.) haciendo de los diversos intereses particulares una comunidad de interés en la defensa de la propia humanidad y del planeta.

Los nuevos movimientos sociales conectan directamente con la idea de democracia ambiental (Pleff, 1994) y su consecución es un desafío central para la acción colectiva. La implicación de los ciudadanos en la resolución de la crisis ambiental es crucial en la medida que la descentralización de los procesos, la comunicación entre los agentes sociales y la participación de los ciudadanos llevan a un devenir consciente sobre las responsabilidades de cada cual. El comercio justo y el consumo responsable, por ejemplo, no son posibles sin ese devenir consciente. La democracia ambiental se fundamenta, por tanto, en la participación directa de los productores y de la ciudadanía en la gestión de sus recursos ambientales (el patrimonio común es mundial) y su construcción es ecosistémica, es decir, es por definición reticular. Estas iniciativas, en suma, al reconocerse en el medio social y el entorno físico, se colocan en una posición preferencial para afrontar actividades sociales y ambientales de responsabilidad pública y de defensa de los intereses generales de las comunidades locales. La aproximación entre la producción y el consumo ayudan a desarrollar dinámicas de eficiencia energética y de calidad de vida, sin comprometer la eficacia productiva.

7.4 El reto de reconocer las otras culturas: generar reciprocidad y confianza intercultural

Hay quienes consideran que el hito fundacional de los movimientos de resistencia global se produce en el Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo convocado en el verano de 1996 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (Taibo, 2002). Entra en escena la perspectiva indigenista promocionando la convergencia de movimientos. Es quizás el indigenismo el más fiel exponente del regreso del sujeto[12], del sujeto que se basa más en los valores éticos que en los técnicos. «No busca ni el beneficio, ni el poder, ni la gloria, sino que afirma la dignidad y el respeto que cada ser humano merece» (Touraine, 2005: 112). Desde la demanda de los derechos culturales se recrea la conciencia de la complementación de las culturas y se alerta de los exclusivismos endogámicos. La perspectiva indigenista (de los derechos culturales) permite, así, construir la articulación desde la satisfacción de las necesidades territoriales y culturales; es decir, de abajo a arriba, de la periferia al centro y del Sur al Norte, rompiendo los vicios etnocéntricos e incorporando una transversalidad que evite el peligro expresado por Albert Recio (2001): «el peligro estriba en que el movimiento cristalice en una acción volcada hacia el entorno exterior, estructurada a partir de acciones globales que resultan epidérmicas para los que no participan en ellas y alejada de las cuestiones de la vida local». En otro sentido, aparece otro peligro. La existencia de múltiples identidades que deben ponerse en común, trasladado a la acción colectiva significa la existencia de muchos focos de atención que dispersan el activismo convirtiéndolo en un hiperactivismo que pierde eficacia. La versatilidad de los activistas que participan simultáneamente de varios focos movimentistas disipa la energía social. Nuevamente, la respuesta se encuentra en la distribución del poder, con metodologías participativas adecuadas, ya que es la que posibilita establecer puentes con las bases sociales y conlleva la incorporación de los sujetos a las habilidades y las destrezas de la gestión política.

Ahora bien, los impactos del proceso globalizador han generado tanto enfrentamientos entre culturas como repliegue y auto-cierre defensivo de las culturas más periféricas sobre las que se han despertado sentimientos de amenaza y actitudes endogámicas. El intercambio desigual, el fenómeno migratorio, el etnocentrismo occidental que provoca el refuerzo del etnocentrismo en las culturas agraviadas y la consolidación de los procesos de exclusión social representan graves problemas para el desarrollo del sujeto ético y suponen la puesta en escena del anti-sujeto que utiliza la violencia y la crueldad como respuesta identitaria particularista (Touraine, 2005: 172).

La combinación de las contradicciones propias de la desigualdad con la de los conflictos asociados a los atributos diferenciales nos lleva a una nueva mirada sobre los tipos de movimientos sociales. Hasta ahora nos estamos refiriendo a los movimientos que podríamos identificar como movimientos antisistémicos (Arrighi; Hoopkins; Wallerstein, 1999), pero la tensión que se produce entre la fuerza de la violencia y los valores solidarios hace emerger tanto al sujeto ético como al anti-sujeto.

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Algunos han venido a identificar como antimovimientos sociales o contramovimientos sociales a aquellos movimientos que inscribiéndose en la defensa de supuestos derechos culturales, o sociales, y obviando la integralidad de los derechos humanos y particularmente los derechos políticos (Touraine, 2005: 188) su acción colectiva se dirige no contra un sistema, o contra un gobierno, sino que se dirigen fundamentalmente contra un grupo social con atributos diferenciados reforzando así los procesos de exclusión de éste. Más acertadamente habría que denotarlos como movimientos antisocietarios, ya que sin dejar de ser movimientos derivan de los conflictos subjetivos entre sectores y fracciones de clase, y no de la confrontación entre proyectos sistémicos alternativos. Tales serían los movimientos racistas, xenófobos, fundamentalistas y ultranacionalistas. Ambos tipos de movimientos, antisocietarios y antisistémicos, son sistemas de comunicación que vinculan sujetos y nudos de sujetos, por tanto, esto no diferencia totalmente un tipo de movimiento de otro. El primero se desarrolla en redes endogámicas cerradas al exterior, ancladas en el pasado y por donde fluyen estereotipos culturales exclusivistas, mientras que los segundos se desarrollan en constelaciones de redes abiertas a la transpenetración y, por tanto, a la información, por donde fluyen y se intercambian conocimientos que generan conciencia subjetiva y que frecuentemente se vinculan a redes emisoras de conocimiento científico. La mirada al futuro de estos últimos y las oportunidades que instituyen para la innovación facilitan el acceso a los análisis de la realidad que a su vez proporcionan la construcción de proyectos de futuro, de orientaciones utópicas que permiten con mayor o menor éxito la acción colectiva en pro de la transformación de la realidad.

Un tercer tipo de movimiento que obligadamente hay que reseñar son los movimientos de los desesperados, de las infraclases, de los que se encuentran fuera del sistema, particularmente del político, y que en los últimos años se han puesto de relieve en movilizaciones en barrios desfavorecidos y protagonizados por minorías étnicas o religiosas. Los casos francés y estadounidense[13] son los más paradigmáticos y nos muestran la movilización durante meses de colectivos excluidos que mantienen en jaque al sistema sin tener unos objetivos claros, una estrategia política y unas organizaciones que les incluyan, representen y canalicen su desesperación.

La presencia creciente de estos tipos de movimientos, tanto los movimientos antisocietarios como los movimientos de los desesperados, son un desafío para los movimientos antisistémicos, igualmente son un reto al incidir en las causas que les hacen emerger: la desigualdad y la exclusión social. En el primer caso, la extensión y el éxito de los movimientos antisistémicos sería un antídoto para evitar la emergencia del anti-sujeto, en el segundo caso, el desafío esta en reorientar la energía social que se libera en las fricciones del sistema para construir el sujeto en proceso, el sujeto de derechos.

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Notas

[1]: Profesor de Sociología en la Universidad Carlos III de Madrid.
[2]: Aquí nos interesa poner de relieve, más desarrollado en otro lugar (Alguacil, J., 2000), cómo la identidad y los sentimientos de pertenencia de los ciudadanos no son pensables sin la base territorial donde los ciudadanos se enclavan a su realidad que se expresa en la esfera de la vida cotidiana, pero sobre todo, hemos de considerar el cómo la participación política no puede desarrollarse plenamente (activamente) si no es en esa realidad social vinculada a un espacio concreto que es soporte de una población, de una cultura, y de una organización social.
[3]: Es una propuesta del Programa Cono Sur Sustentable, formada por los proyectos Brasil Sustentable, Chile Sustentable y Uruguay Sustentable, presentada en el Foro Social Mundial 2002.
[4]: Siguiendo la perspectiva de Max-Neef, Elizalde, et al. (1986), las necesidades humanas son pocas, finitas, identificables y universales; de tal modo que todos los seres humanos tenemos las mismas necesidades independientemente del lugar, la cultura y la época histórica que nos toque vivir. Lo que varía de una cultura a otra, de un territorio a otro, de una época a otra son los procedimientos para satisfacerlas: los satisfactores. Los satisfactores deben ser sinérgicos para satisfacer las necesidades sin comprometer su satisfacción para otros sujetos, e incluso, para nosotros mismos. Es decir, la satisfacción de una necesidad, éticamente no puede comprometer la satisfacción de otras necesidades; por el contrario, satisfaciéndose esa necesidad debe favorecer la satisfacción de otras necesidades. El Desarrollo a Escala Humana identifica nueve necesidades humanas: subsistencia, afecto, protección, entendimiento, participación, creación, recreo, identidad y libertad, cada una de las cuales no puede satisfacerse óptimamente sin la concurrencia de la satisfacción de las demás.
[5]: Melucci, citado por Francisco Javier Noya (1991), hace referencia a los nuevos movimientos sociales como subsistema específico que se transforman en un nuevo sistema autopoiético.
[6]: Vamos a entender la capacidad estimativa del sujeto de una forma particular, y siempre dentro del sentido dado a la autonomía crítica: Como el nivel de conciencia adquirido a través del acceso al conocimiento (de continua adaptación al medio, a los recursos y a las condiciones) y a los procesos de comunicación fluida (de reciprocidad en la relación con otros sujetos).
[7]: Cabe poner de relieve cómo ganan centralidad las visiones, las iniciativas y las experiencias de carácter territorial, cultural y local. Las experiencias de innovaciones singulares en el ámbito municipal, como pueden ser los presupuestos participativos, o la creciente influencia y legitimidad de movimientos de carácter indigenista y de nuevas minorías activas (sobre todo en países del Sur) y su creciente protagonismo en el seno de los movimientos, representan la entrada de aire fresco y, sobre todo, la incorporación de nuevas metodologías necesarias para articular lo micro, y poder,así, establecer estrategias globales que se construyen desde los de abajo.
[8]: En los últimos tiempos hemos podido presenciar innumerables grandes movilizaciones. Quizá la más llamativa y que pudiéramos considerar, por no tener precedentes, como la primera movilización global, fue convocada el 15 de febrero de 2003 desde el Foro Social de Porto Alegre contra la Guerra de Irak y que, según distintas estimaciones, movilizó en cientos de ciudades y en todos los continentes entre 20 y 30 millones de personas. Otras muchas se han producido en las diferentes contracumbres, y por otros muchos motivos. Baste recordar las más llamativas: por el caso del Prestige, y por una Nueva Cultura del Agua en España, el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, los Piqueteros en Argentina, diversos movilizaciones indigenistas en Ecuador, Bolivia, México…, la huelga general en España y las movilizaciones de los jóvenes franceses (ambas contra la reforma laboral), los inmigrantes de Estados Unidos por sus derechos, y un sin fin de movilizaciones menores y/o sectoriales que proyecta un largo etcétera; todas ellas con una influencia innegable en cambios de políticas y en ocasiones en cambios de gobiernos.
[9]: Cabe afirmar que no es nada ético que desde la Economía Pública sustentada por el conjunto de la sociedad, si hablamos de una sociedad democrática, se promocione el lucro representado por el beneficio privado y estructuras no democráticas como son las empresas tradicionales.
[10]: La Economía Popular estaría conformada por la economía del ámbito de lo doméstico e incluiría el trabajo doméstico, el trabajo no asalariado (autónomos, ayuda familiar) y las micro Pymes.
[11]: En el sentido que Jesús Vicens (1995) entiende la inteligencia como una acción consciente inversa a la entropía; es decir, como la capacidad humana para aminorar y cambiar los procesos de degradación estableciendo estrategias de calidad de vida basadas en las necesidades humanas.
[12]: Aunque encontramos otros movimientos: de mujeres, de liberación sexual, de jóvenes…
[13]: Puede recordarse al respecto los amotinamientos de la población negra en la ciudad de Los Ángeles en 1992 en los que el Gobierno estadounidense se vio obligado a desplegar a la guardia nacional y mantener un estado de excepción durante dos meses y las réplicas posteriores motivadas por el visionado del maltrato policial a personas de color.


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