Los nuevos movimientos sociales en América Latina: una breve radiografía general

7 04 2009

Carlos Antonio Aguirre Rojas

publicado en sepla.icidac.org

América Latina vive, desde hace dos o tres lustros, un muy claro viraje de sus sociedades, de sus gobiernos y de sus poblaciones en general, hacia posiciones cada vez más de izquierda. Es decir, un accidentado y difícil pero también muy evidente tránsito, desde la situación del predominio de dictaduras militares, o longevos regímenes de partido de Estado, o de formas diversas de gobiernos conservadores y antidemocráticos, hacia posibles y hoy todavía futuras formas de autogobiernos populares, de democracias radicales y de nuevas estructuras políticas, que podrían estructurarse, por ejemplo y entre otros referentes de inspiración, en torno del principio neozapatista de “Mandar obedeciendo” .

Y si, hacia el futuro, América Latina parece encaminarse hacia esas formas nuevas de autogobierno popular, basadas en “otro modo de hacer política”, y en otro modo de concebir la esencia misma de la democracia, en el presente, este proceso de tránsito se expresa más bien en las figuras intermedias y todavía muy limitadas de gobiernos que, siendo igualmente neoliberales y procapitalistas, adoptan sin embargo rostros moderadamente progresistas y socialdemócratas, bajo la cada vez más fuerte presión de los movimientos sociales y de la reiterada protesta organizada de las clases y los grupos subalternos de toda América Latina.

Pues al observar en su conjunto el mapa actual de América Latina, no cabe duda de que la tendencia profunda general va en el sentido de eliminar progresivamente a toda una serie de gobiernos abiertamente defensores de un neoliberalismo salvaje y de políticas sociales, culturales y generales muy conservadoras y tradicionales, para sustituirlos por gobiernos que, nacidos dentro del contexto de esa ascendente presión popular y de la creciente movilización social de los pueblos latinoamericanos, implementan entonces políticas de un neoliberalismo atenuado, o moderado con cierto asistencialismo social, junto a políticas sociales, culturales, o de tipo político, que son también moderadamente progresistas y socialdemócratas. Una clara travesía todavía incompleta, que nos lleva por ejemplo, en Argentina desde el gobierno de Carlos Menem al de Néstor Kirchner, y en Brasil desde el de Fernando Collor de Mello al de Lula, o en Bolivia desde el de Gonzalo Sánchez de Losada al actual gobierno de Evo Morales, lo mismo que en Venezuela recorre el camino que va desde Carlos Andrés Pérez hasta Hugo Chávez. Y mientras que en estos países mencionados, se da este cambio desde el conservadurismo económico, social, político y cultural, hacia dichos gobiernos socialdemócratas, moderadamente progresistas y moderadamente neoliberales, en otros países la misma presión popular logra, como en Chile, pasar de la dictadura militar de Augusto Pinochet a los gobiernos neoliberales salvajes aunque ya no dictatoriales de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet, o en Uruguay al tibio y oscilante gobierno de Tabaré Vázquez, igual que en Ecuador al también contradictorio gobierno de Rafael Correa, que a la vez que mantiene la ‘dolarización’ de la economía ecuatoriana, intenta ganarse el apoyo popular con algunas medidas tibiamente socializantes.

A tono con esta tendencia global profunda, de un claro giro hacia la izquierda , los gobiernos de derecha y ultraderecha que todavía subsisten en México, en Colombia, o en varios países de Centroamérica, entre otros, sólo lo hacen al precio de escandalosos fraudes electorales, como el vivido en México en julio y agosto de 2006 , o también al precio de una creciente e indetenible deslegitimación interna e internacional, como es el caso del gobierno de Alvaro Uribe en Colombia, lo que naturalmente acentúa en gran escala una protesta y movilización popular que augura, en un futuro cercano, muy posibles cambios de estos países en esta misma dirección, de diversos virajes políticos y sociales hacia estructuras económicas, sociales, políticas y culturales menos derechizadas y menos retrógradas que las actualmente imperantes.

Y no cabe duda de que uno de los factores centrales que explican este itinerario reciente de América Latina, es sin duda la emergencia y la activa presencia y despliegue de los nuevos movimientos sociales antisistémicos latinoamericanos, nuevos movimientos como el neozapatismo mexicano, el movimiento de los Sin Tierra brasileño, los Piqueteros argentinos, o los movimientos indígenas de Bolivia y Ecuador, que siendo protagonistas fundamentales de la protesta social en sus respectivos países, han funcionado también como verdaderos catalizadores y potenciadores de todo el resto de los movimientos sociales a lo largo y ancho de América Latina, pero también e incluso, de todo el vasto y complejo abanico de los múltiples y diversos movimientos anticapitalistas y antisistémicos del planeta entero.

Pues no es por casualidad que el Foro Social Mundial nació en América Latina, y que celebró cuatro de sus siete reuniones globales en Brasil, en tierras latinoamericanas, (además de una reunión parcial, de las tres restantes, en Venezuela), lo que no sólo demuestra la centralidad del semicontinente latinoamericano dentro de la actual geografía mundial de las luchas anticapitalistas, sino también el claro rol de estos nuevos movimientos sociales antisistémicos latinoamericanos mencionados, como un verdadero frente de vanguardia mundial de la lucha antisistémica global hoy en curso. Es decir, el hecho de que es al interior de estos nuevos movimientos sociales del neozapatismo, los Sin Tierra, los Piqueteros, y las comunidades indígenas ecuatorianas y bolivianas, en donde hoy se están gestando las nuevas formas de lucha y de organización anticapitalista, pero también los nuevos métodos, las nuevas tácticas y estrategias, los nuevos discursos y las nuevas prácticas que habrán de caracterizar a los movimientos antisistémicos de todo el mundo, durante esta fase terminal de la vida histórica del sistema capitalista mundial por la que ahora atravesamos.

Y también, en donde ahora mismo se están desarrollando ya los embriones evidentes de ese otro mundo posible no capitalista, no explotador, sin discriminación, ni desigualdad, ni despotismo, que son las Juntas de Buen Gobierno neozapatistas, los Asentamientos de los Sin Tierra, los Barrios Piqueteros autogestivos, o las comunidades indígenas autogobernadas de Ecuador y de Bolivia.

Resulta difícil comprender la naturaleza y el carácter que poseen estos nuevos movimientos antisistémicos latinoamericanos, si no se comprende antes el contexto global específico en el que ellos han germinado y se han desarrollado en general. Es decir, el contexto mundial que se ha creado a partir del doble quiebre que representan, primero la revolución cultural mundial de 1968, y después la crisis económica también planetaria de 1972-73. Pues ambas, lo que hacen es expresar una modificación profunda y de larga duración, vivida a partir de estas fechas por el entero sistema capitalista mundial, y que implica su entrada en una clara situación de bifurcación histórica, en la que se inaugura un doble proceso de la etapa de la crisis terminal de ese mismo capitalismo histórico, junto al esbozo primero y germinal de las posibles formas históricas que muy pronto habrán de sustituir a este sistema capitalista global.

Crisis terminal del capitalismo planetario , que entre sus múltiples expresiones, implica también la de la clara emergencia de nuevos actores sociales antisistémicos, lo mismo que la apertura de múltiples y también nuevos frentes de lucha anticapitalista, actores y frentes que prácticamente no existían como parte de este combate anticapitalista y antisistémico, antes de esas fechas mencionadas de la doble fractura de 1968 y 1972-73.

Porque es claro que es esta nueva situación o etapa de crisis terminal del capitalismo -y no de la “globalización”, la “mundialización”, o el “Imperio”, todas ellas ideológicas y endebles caracterizaciones del mundo actual, igualmente fallidas y erróneas–, la que ha permitido esa emergencia protagónica de dichos nuevos actores sociales, que incluyen lo mismo a los estudiantes y a las mujeres que a los indígenas y a los campesinos sin tierra, igual que a los homosexuales y a los pobladores urbanos, junto a los desempleados, los jubilados, los pacifistas, los ecologistas, los migrantes, los jóvenes o los sin techo, entre muchos otros.

Nuevos actores sociales que, sumándose a la clase obrera y a los campesinos, han desplegado y ocupado también todos esos nuevos frentes de la lucha antisistémica que han cobrado existencia y enorme relevancia en las últimas tres décadas recién vividas, bajo las figuras de las demandas principales de los movimientos indígenas y piqueteros, de los sin tierra y étnicos, pero también feministas, estudiantiles, ecologistas, urbano-populares, territoriales, obreros, campesinos, homosexuales, de prisioneros, antibelicistas, y un largo etcétera plural y diverso.

Nuevos frentes de lucha y nuevos actores del combate social cotidiano, que no sólo pluralizan y multiplican al nuevo sujeto revolucionario anticapitalista, que pasa de ser sólo la clase obrera y eventualmente sus aliados, a estar ahora constituido por el conjunto de las clases y grupos subalternos en su totalidad , sino que también expanden y vuelven ubicua a esa protesta anticapitalista, la que ahora comienza a abarcar un muy vasto abanico de nuevos espacios del combate antisistémico, dejando de estar concentrada sobre todo en demandas de orden económico o político, para pasar ahora a cuestionar todo tipo de relaciones de explotación económica, pero también cualquier forma de despotismo político, de discriminación social, de injusticia o humillación en cualquier orden, de despojo y desigualdad de cualquier género, lo mismo que de privilegio o inequidad cultural o social posibles.

Cambios en la composición específica del nuevo sujeto social anticapitalista y en los frentes del cotidiano combate antisistémico, que han hecho posible que esos nuevos movimientos sociales anticapitalistas de América Latina, estén compuestos por grupos y agentes sociales cuya identidad era prácticamente “invisible” antes de 1968, en virtud de distintos procesos de marginación y exclusión social, que dejaban fuera, no solamente a esas identidades y a las demandas específicas que a ellas corresponden, sino que incluso negaban e ignoraban su misma existencia y su rol social particulares.

Pero con la situación de transición histórica hacia otro sistema social, y con la concomitante crisis terminal del capitalismo que ahora vivimos, comienzan a colapsar también y a hacerse evidentes todas esas formas de exclusión, marginación, dominación y discriminación que antes se ocultaban y difuminaban entre las bambalinas del drama histórico, para pasar ahora al proscenio de la historia, y para darnos estos nuevos movimientos sociales de América Latina que reivindican, por ejemplo, la identidad y la cultura indígenas en México, en Bolivia y en Ecuador (y también, aunque quizá en contextos por ahora más adversos, en Perú, Colombia, Chile o Guatemala), defendiendo con orgullo no sólo la lengua, la cosmovisión y los usos y costumbres indígenas, sino también la enorme vigencia de sus concepciones y prácticas de la democracia directa, su punto de vista respetuoso e integral de la naturaleza y del uso y manejo de todos sus recursos, junto a la vigencia de valores hoy perdidos y olvidados en las sociedades capitalistas contemporáneas, como los valores de la ética, la dignidad o el sentido comunitario de lo colectivo .

Y también movimientos como el de los Sin Tierra brasileños o el de los Piqueteros argentinos, que en un caso reevalúan y redefinen radicalmente, en los ‘Asentamientos’ de los Sin Tierra, el papel de la tierra y de la agricultura como premisas todavía ineludibles y fundamentales de toda vida humana posible, reconstruyendo nuevas formas de comunidad laboral, de comunidad social e incluso hasta de comunidad pedagógico-educativa, desde esta también nueva relación con la tierra, mientras que en el otro caso, edifican desde los espacios del barrio piquetero, nuevas relaciones sociales y nuevas lógicas de comportamiento en general, donde la solidaridad y la fraternidad sustituyen a la competencia egoísta, y el intercambio o el reparto directo de bienes y servicios, al dinero y a la lógica mercantil y de lucro, en un ambiente comunitario y fraternal, en donde rige la democracia directa y la unidad del colectivo construida en torno de la lucha cotidiana.

Y a tono con estos nuevos sujetos sociales antisistémicos, y también con estas nuevas e inéditas demandas y lógicas que ellos reivindican e implementan en la práctica, se han modificado totalmente las formas de organización, de trabajo y de acción de estos nuevos movimientos sociales latinoamericanos. Porque es muy claro que después de 1968, todos estos nuevos movimientos han ido abandonando las viejas formas de organización jerárquicas, piramidales, rígidas y estructuradas bajo una lógica y una disciplina cuasimilitares, para sustituirlas por nuevas estructuras organizativas mucho más horizontales, descentralizadas, laxas y conformadas bajo lógicas más consensuales y sociales .

Y también es claro que si las viejas organizaciones de izquierda de tipo partidario, previas a la revolución cultural de 1968, y que se ubicaban en la cúspide de los antiguos movimientos sociales antisistémicos, padecían muchas veces de un dogmatismo teórico, alimentado por versiones manualescas y simplificadas del marxismo, los nuevos movimientos sociales de América Latina se caracterizan, en cambio, por haber gestado formas de organización en general muy alejadas de ese esquema partidario, y caracterizadas por concepciones mucho más abiertas e inventivas, que si bien no desdeñan las herramientas del marxismo genuinamente crítico y del pensamiento social antisistémico, son al mismo tiempo mucho más atentas a las lecciones novedosas de los procesos reales que ahora vivimos, y a sus diversas derivaciones teóricas. De lo cual, se desprende el hecho de que, frente a los discursos monótonos y reiterativos, y al lenguaje rutinario que caracterizó a la inmensa mayoría de los movimientos sociales anteriores a 1968, los nuevos movimientos sociales antisistémicos hacen en cambio gala de discursos floridos y en constante renovación, mediante lenguajes resignificados y diversos, como lo ejemplifica muy bien y por mencionar sólo un ejemplo, el vital y rico lenguaje del neozapatismo mexicano .

Y así, frente al reiterado sustituísmo que era recurrente en los movimientos pre68, donde las masas eran sustituidas por el partido, el partido por su comité central, y este último por la persona única del líder fuerte e irremplazable, los nuevos movimientos sociales antisistémicos han en cambio devuelto de manera radical el protagonismo y la capacidad decisoria fundamental a esas mismas masas y clases subalternas, rejerarquizando nuevamente el papel de las asambleas directas y de todo tipo de consulta directa a las bases, junto a la formación de liderazgos tanto colectivos, como temporales y rotativos, bajo estructuras organizativas mucho más móviles y horizontales .

Modificaciones importantes en las formas de organización, en las concepciones, en los discursos y en las relaciones entre bases y liderazgos, que también se ha proyectado a nivel de las estrategias, las tácticas, los métodos de lucha y las formas de acción, pasando de las figuras clásicas de la huelga, del mitin, la manifestación pública, la insurrección y la ‘toma del Palacio de Invierno’, a nuevas formas que, sin renunciar a todas estas formas de combate y de lucha recién enunciadas, les agregan también las de los “escraches” y las largas marchas hacia la capital, los cortes de ruta o el cercado de lugares-sede de las instituciones públicas, junto a los plantones citadinos y los campamentos temporales en la orilla de las carreteras, o los comunicados difundidos por la prensa o por Internet, y hasta el uso de los silencios de un modo estratégico, lo mismo que la inacción momentánea, como formas de romper la temporalidad y el ritmo que los poderosos y los dominantes intentan imponer a los subalternos y a sus diversos movimientos sociales.

Muchas y muy diversas son las ricas y complejas lecciones de orden universal -para todos los movimientos antisistémicos actuales del planeta-, que implican estos nuevos movimientos sociales antisistémicos latinoamericanos. Y a pesar de esa enorme variedad y riqueza, además de esa indudable centralidad para la lucha anticapitalista mundial, dichas lecciones han sido muy poco teorizadas y analizadas en general. Señalemos, aunque sea muy brevemente, sólo algunas de ellas.

Después de 1968-72/73, los nuevos movimientos sociales de América Latina han modificado completamente la estrategia global del camino para alcanzar un verdadero cambio social radical. Y entonces, frente a la estrategia que Immanuel Wallerstein ha calificado como la de las ‘dos etapas’, de primero tomar el poder del Estado, y segundo comenzar desde allí a cambiar el mundo -lo que, a lo largo de todo el siglo XX, provocó que muchos movimientos antisistémicos fueran capaces de cumplir con éxito el primer paso, para fracasar siempre finalmente al intentar el segundo-, los nuevos movimientos sociales de América Latina han invertido hasta cierto punto la ecuación. Es decir, han dejado de considerar el objetivo de la toma del poder del Estado, como el objetivo central y estructurante de todo el movimiento. Pero no lo han rechazado por principio -idea absurda que se contradice con su propia práctica y con sus propias declaraciones-, sino que más bien lo han reubicado para subordinarlo a otro objetivo central, igualmente estructurador de todo el movimiento, y que es el de, en un primer momento, generar cada vez más potentes, más activos, más organizados y más protagónicos sujetos sociales masivos subalternos, que comiencen aquí y ahora a cambiar el mundo actual, para en un segundo momento, terminar de modificar totalmente ese mundo, enterrando al capitalismo y dando a luz una nueva sociedad igualitaria, libre, democrática y no capitalista, sin explotación, desigualdad, despotismo ni discriminación de ningún tipo.

Porque en la lógica antes mencionada, de devolverle el protagonismo principal a las masas, quitándoselo a los partidos, las organizaciones, las vanguardias y los líderes, lo que estos nuevos movimientos sociales buscan, es que el conjunto de las clases y grupos subalternos, retomen en sus manos, directamente, no sólo la decisión de la dirección y el sentido globales del movimiento, sino también de su acción, construcción y rumbo cotidianos . Porque si el cambio social radical es una empresa que atañe a todos, eso exige que la totalidad de los sectores y clases subalternos se involucren directamente y de manera totalmente protagónica en la edificación del movimiento que habrá de llevar a cabo ese cambio, eliminando las antiguas formas de delegación de las decisiones, de las estrategias y de las acciones, delegación que caracterizó a los movimientos sociales anteriores a las fechas de 1968 y 1972-73.

Lo que no implica, ni mucho menos, renunciar por principio a “tomar el poder del Estado”, sino más bien comprender que esta “toma” debe ser una consecuencia de la existencia de estos potentes y activos sujetos sociales masivos construidos por las clases y los grupos subalternos, y no una premisa de la misma. Pues si los pueblos están bien organizados, conscientes, activos y vigilantes, esa toma del poder del Estado se vuelve posible y hasta necesaria, pero ahora bajo condiciones que impiden el simple retorno o la sobrevivencia del viejo régimen, así como la burocratización y corrupción de los nuevos titulares de ese poder político del Estado, como sucedió reiteradamente en la mayoría de las revoluciones sociales de todo el siglo XX .

Además, y a partir de esta rejerarquización del objetivo central de los movimientos, y como un proceso directamente ligado a esta formación y consolidación de los nuevos sujetos masivos subalternos, los nuevos movimientos sociales de América Latina reivindican la idea de que es necesario comenzar a “cambiar el mundo” aquí y ahora, es decir de ir desde ahora edificando los islotes, las relaciones, los gérmenes y los embriones de lo que mañana deberá ser un mundo no capitalista, sin explotación, sin despotismo, sin desigualdad, sin despojo, sin humillación y sin discriminación de ningún tipo. Lo que, precisamente, constituyen ya hoy esas Juntas de Buen Gobierno neozapatistas, o los Asentamientos de los Sin Tierra brasileños, o algunos de los Barrios Piqueteros argentinos, o ciertas comunidades indígenas de Bolivia y Ecuador. Porque si nuestro objetivo final es el de “cambiar el mundo” de una manera realmente radical, ese cambio debe comenzar a materializarse desde ahora, gestando, paralelamente a los nuevos sujetos portadores de ese cambio, también a los espacios y formas germinales que prefiguren, aquí y ahora, ese mundo muy otro y no capitalista por el que luchan esos nuevos movimientos sociales de toda Latinoamérica, y también de todo el planeta en su conjunto.

Otra lección importante de estos movimientos sociales latinoamericanos actuales, directamente conectada con la anterior, es la de la necesidad de ir desarrollando, también desde ahora y de modo cada vez más abarcativo, otra lógica global para el análisis, la reflexión teórica y la explicación de la realidad, pero también para la definición de las prácticas, las acciones, y los comportamientos prácticos en general, de todos los miembros de estos nuevos movimientos sociales. Otra lógica global, genuinamente anticapitalista y antisistémica, que “desaprenda” gran parte de lo aprendido, y que sea capaz de “impensar” muchas de las categorías y conceptos habituales que utilizamos cotidianamente, haciendo el ejercicio permanente de pensar las cosas “a contrapelo” de los discursos dominantes, y a contracorriente del pensamiento establecido .

Porque sólo es posible gestar a ese nuevo sujeto subalterno masivo como sujeto realmente revolucionario, si aprendemos a pensar y a construir todo desde esa otra lógica anticapitalista, mirando de otro modo y desde otros emplazamientos al poder, a los grupos dominantes, a la situación mundial imperante, o al capitalismo, lo mismo que a nuestras propias fuerzas, a nuestras tareas cotidianas y a nuestros compañeros de lucha. Lo que, por ejemplo, implica rechazar la absurda idea, hoy ampliamente dominante y extensamente difundida, de entender la etapa actual del capitalismo mundial como la etapa de la “globalización”, o de la “mundialización”, o incluso del difuso y etéreo “Imperio”, para comenzar a pensar esta etapa como la de la crisis terminal del capitalismo, con todas sus múltiples, complejas y diversas implicaciones. O también, aprender a abandonar la mirada y el análisis inmediatista de las coyunturas políticas, siempre oscilantes y siempre contradictorias, para resituarlo desde la consideración de las tendencias más profundas, de mediana y de larga duración, que se imponen tenazmente a lo largo de lustros, décadas e incluso a veces hasta siglos y milenios. Y esto, no para abandonar la reflexión ni la toma de decisiones del día a día, sino más bien para otorgarle a estas una mayor densidad temporal e histórica, y con ello una más sólida y amplia perspectiva reflexiva y analítica .

Una lógica global anticapitalista radicalmente distinta, que renuncia a pensar desde los tiempos del poder y bajo sus ritmos, a la vez que replantea también todas las lógicas de la construcción de nuestros movimientos. Pues si el poder capitalista hace funcionar sus instituciones desde una lógica represiva, autoritaria, disciplinaria y antidemocrática, eso no implica que en nuestras organizaciones, nosotros debamos reproducir el mismo esquema. Muy al contrario. Debemos cuestionar en nosotros mismos esas lógicas que interiorizamos a través de nuestro paso por la familia, la escuela, la sociedad y los medios de comunicación, para, marchando genuinamente a contrapelo de las mismas, edificar organizaciones y relaciones cotidianas de todo tipo, que sean realmente libertarias, tolerantes, plurales, emancipatorias, y realmente democráticas e igualitarias en todos los sentidos.

Lo que se plasma, por ejemplo, en la reivindicación que contrapone al lema olímpico de la lógica capitalista competitiva, egoísta e individualista de “el más alto, el más fuerte, el más rápido”, el “antilema” neozapatista de estar con “el más bajo, el más débil y el más lento”, es decir, con los oprimidos y explotados de la historia, con los humillados y desfavorecidos sociales, y con las víctimas de las milenarias relaciones de opresión de clase, de género, de discriminación de todo tipo, con aquellos que hoy tienen todas las condiciones en contra para su propio desarrollo, pero que al mismo tiempo representan, sin duda alguna, los constructores imprescindibles del muy cercano futuro no capitalista. Lógica que se construye “desde el punto de vista de las víctimas”, y por lo tanto desde una mirada que se ubica siempre “abajo y a la izquierda”, es decir, dentro de una perspectiva de interrogar y responder los problemas desde el punto de vista de las clases subalternas (abajo) y al mismo tiempo encaminado siempre a la búsqueda de las soluciones y las salidas que potencian y promueven las dimensiones emancipatorias de los hechos, las realidades y los distintos procesos abordados (a la izquierda).

Otra lógica, gestada a contrapelo de la lógica dominante capitalista, que es la que también se expresa en los nuevos discursos y en los nuevos lenguajes de estos movimientos sociales latinoamericanos, los que no sólo son capaces de resignificar viejos símbolos y viejos contenidos -como cuando los neozapatistas mexicanos cantan el himno nacional mexicano, o cuando los Sin Tierra brasileños marchan enarbolando, junto a su bandera del MST a la bandera de Brasil, dotando a estos rituales y gestos ya desgastados y limitadamente nacionalistas, de un nuevo sentido anti-imperialista y emancipatorio-, sino también de expresar bajo formas originales e inéditas a los trazos y caracteres también innovadores y específicos de estos nuevos movimientos antisistémicos de América Latina.

Finalmente, otra posible lección profunda de estos nuevos movimientos sociales anticapitalistas de Latinoamérica, es la que se refiere a la crítica radical y total, y también a la superación práctica en curso de la actividad misma de la política. Porque lo que subyace a diversas manifestaciones como la del grito de los argentinos a partir de finales de 2001, y de los ecuatorianos en 2005, grito que clamaba ‘¡Que se larguen todos!’, referido a todo el conjunto de sus respectivas clases políticas, lo mismo que a la broma de los Sin Tierra brasileños que afirman que ‘la política es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de los políticos’, y también a la clara reivindicación de ‘Otra Política’ enarbolada recientemente por los neozapatistas mexicanos, lo que subyace a todas estas expresiones es una clara y radical crítica de la actividad humana misma de la política, tal y como ella fue concebida y practicada desde hace aproximadamente dos mil quinientos años.

Una crítica radical que se afirma como una negación total de la vieja y ya desgastada política tradicional -con su concepción básicamente elitista, que reproduce el mito de que la política es una actividad muy compleja y sofisticada, y por lo tanto reservada para unos pocos y excepcionales mortales-, y que constituye una verdadera revolución de larga duración en el seno de esa esfera de las relaciones humanas de lo que durante más de dos milenios fue nombrado con los términos específicos de ‘la política’ y de ‘lo político’. Crítica radical que a su vez, se acompaña ya de toda una serie de nuevas formas, modos, mecanismos, concepciones y configuraciones que, en los hechos, superan y trascienden a esa política tradicional, para irla sustituyendo, aquí y ahora, con las figuras y las versiones de una ‘otra política’ completamente diferente, y más aún, de otra forma de asumir y enfrentar los mismos problemas que antes pretendían resolver las instituciones y los aparatos de dicha política tradicional.

Algo que resulta muy claro si contrapunteamos las concepciones características de esa política tradicional, con las que hoy sostienen y practican esos nuevos movimientos antisistémicos latinoamericanos. Pues mientras que en la política tradicional y hoy todavía dominante en toda América Latina y en todo el planeta, se afirma una visión claramente instrumental y utilitaria de esa misma política, en donde el fin justifica todos los medios posibles e imaginables, y en donde el objetivo es sólo la conquista de los puestos políticos a cualquier precio, y ello desde una lógica en donde el poder gira sobre sí mismo como en un carrusel imparable y sin sentido, en los nuevos movimientos anticapitalistas del semicontinente latinoamericano predomina, en cambio, una idea de la política que de hecho, la concibe más bien como un trabajo orientado por el “espíritu de servir a los demás, sin intereses materiales, con sacrificio, con dedicación, con honestidad, que cumpla la palabra” y en el que “la única paga es la satisfacción del deber cumplido” .

Concepciones diametralmente opuestas de lo político humano en general, en donde en un caso, para la política tradicional, la política se considera tan sólo una actividad que debe ser practicada exclusivamente por los de arriba, y también sólo por un pequeño sector de los llamados “políticos profesionales”, mientras que en el segundo caso, el de los movimientos sociales anticapitalistas de América Latina, la política es concebida como un asunto que concierne sobre todo a esas vastas mayorías que constituyen el diverso y amplio abanico de los de abajo, siendo una actividad que puede e incluso debe ser ejercida por todo el mundo, como lo demuestran de modo práctico las múltiples experiencias de los ‘Asentamientos’ en Brasil, o los barrios de los Piqueteros argentinos, o las comunidades autogobernadas de Ecuador o Bolivia, lo mismo que las Juntas de Buen Gobierno neozapatistas. Porque si desmitificamos la falsa y ridícula idea de que la política es una actividad muy compleja, y propia solo de un pequeño grupo de iniciados, y la concebimos nuevamente como la simple gestión y administración de los asuntos públicos y comunes de un cierto grupo o colectivo humano, veremos que además de poder ser practicada por cualquiera, debe incluso ser asumida y retomada por toda la gente, en la medida en que su propio ejercicio le afecta y le concierne siempre de manera directa.

De otra parte, mientras la política tradicional gira siempre en torno del momento clímax de las elecciones, y subordina todo a ese momento, apagándose mucho en períodos no electorales y reavivándose enormemente en tiempos de elecciones políticas, en cambio la política practicada por los nuevos movimientos sociales radicales la asume como un asunto de ‘todos los días’, como una actividad cotidiana y permanente, que se afirma y se despliega en los espacios de trabajo, de vida, de convivencia y de las relaciones sociales más sencillas y elementales, de un modo constante e igualmente cotidiano.

Y mientras la política tradicional se basa en el principio de que unos, los pocos, y siempre de arriba, mandan, y los otros, la inmensa mayoría de los de abajo, tienen que obedecer y acatar, la política no tradicional de los nuevos movimientos se estructura en cambio en torno al profundo e inteligente oxymorón enunciado por el neozapatismo mexicano de que el que manda tiene que “mandar obedeciendo”. Porque a la inversa de esa política tradicional, hoy en crisis en toda América Latina y en todo el mundo, quien debe de mandar, según este oxymorón, es esa vasta base de la pirámide social que son los ‘ciudadanos de a pie’, y los políticos de todo tipo tienen que obedecer ese mandato de la mayoría, es decir, tienen que gobernar y ejercer el mando político, pero obedeciendo a los intereses, la voluntad, las demandas y las disposiciones de todo el pueblo.

Igualmente, en tanto que la política tradicional está gobernada por un pragmatismo sin principios, y se rige por una lógica utilitaria de obtener el poder político pagando el precio que sea, y pisoteando a quien sea y lo que haga falta, la otra política de los movimientos sociales latinoamericanos, en cambio, se basa siempre en criterios profundamente éticos, midiendo en cada momento las implicaciones morales de sus distintas acciones, y decidiendo y escogiendo los caminos a seguir, a partir de ser fiel a sus compromisos, coherente con sus principios, y respetuoso de su propia memoria, de su pasado, de sus muertos y de su historia. Otra idea de la política, basada en la ética, que no se mueve por conveniencias prácticas o por posibles ventajas efímeras, materiales o de intereses, sino por convicciones profundas y por obligaciones y preceptos consciente y voluntariamente asumidos como normas correctas de vida y de conducta en general .

Además y a partir de todas estas diferencias, los nuevos movimientos anticapitalistas de América Latina han criticado también la idea general hoy dominante de la democracia formal, delegativa y representativa, con sus procesos de la recurrente delegación de decisiones y definiciones fundamentales a unos cuantos, y con su mecánico y limitado predominio inapelable de la mayoría sobre la minoría, al lado de su limitación intrínseca de aplicar siempre un criterio igual a seres y a situaciones cualitativamente diferentes. Frente a esto, estos nuevos movimientos anticapitalistas defienden otra idea radicalmente diversa de esa misma democracia, en la que logren expresarse todo el tiempo y de manera fluida y clara tanto las voluntades como los deseos de todos los grupos y sectores de la sociedad, y en donde sea el pueblo el que decide quién manda y cómo manda, y los ‘políticos’ hagan siempre y directamente lo que la gente dispone. Una democracia en donde los representantes de todo tipo son inmediatamente revocables en todo momento, y en donde los que ocupan puestos públicos o políticos no reciben sueldo alguno, consultando siempre las grandes decisiones con sus bases, y actuando permanentemente en función de los intereses colectivos que ellos mismos representan. Una variedad de la democracia directa y participativa, que lejos de la imposición mecánica del punto de vista de la mayoría, promueve más bien los mecanismos de búsqueda y de construcción de consensos, a la vez que respeta y valora enormemente los puntos de vista de las distintas minorías, en la lógica de establecer y respetar las diferencias cualitativas de situación, especificidad, singularidad, historia y concepción de los distintos grupos e individuos del colectivo o de la comunidad en cuestión. Una idea entonces de la democracia, orientada sobre todo a promover el verdadero autogobierno y la genuina autogestión de todo ese vasto abanico que componen hoy las distintas clases y grupos subalternos de la sociedad.

Estas son sólo algunas de las muchas lecciones que encierran esos nuevos movimientos antisistémicos y anticapitalistas de América Latina, los que desde su clara posición como frente de vanguardia de la actual lucha anticapitalista mundial, continuarán desarrollando, todavía por algunos años o lustros más, toda esa cantera de experiencias y de enseñanzas valiosas, en la ruta de la construcción de un mundo muy otro, de un mundo no capitalista todavía posible, y cada vez mas deseado y urgente, pero también más y más visible y cercano.

Bibliografía

1 El posible espíritu general que debería animar a estas nuevas formas políticas de gobierno, hacia las que en nuestra opinión camina hoy claramente toda la América Latina (y que se han materializado ya, desde ahora mismo y por el momento sólo en una escala local, en las Juntas de Buen Gobierno neozapatistas, o en los ‘Asentamientos’ de los Sin Tierra brasileños, lo mismo que en las formas del “Autogobierno Indígena” de algunas comunidades ecuatorianas o bolivianas, o en algunos Barrios Piqueteros argentinos) es el que se plasma en la reivindicación de la ‘Otra política’, enarbolada hoy por la Otra Campaña neozapatista en México. Sobre este punto cfr. Carlos Antonio Aguirre Rojas “La Otra política de la Otra Campaña” publicado en el número 6 de la revista Contrahistorias, México, 2006, y también en el Diario electrónico Rebelión, del 6 de mayo de 2006, en el sitio en Internet: http://www.rebelion.org.

2 Resulta interesante comprobar como muchos analistas sociales constatan y describen este giro hacia la izquierda de América Latina. Pero muy pocos se aventuran a tratar de explicar realmente sus causas profundas y esenciales. Un intento de esta explicación, que no podemos reproducir aquí, se incluye en nuestro libro, Carlos Antonio Aguirre Rojas, América Latina en la encrucijada, Ed. Contrahistorias, México, cuarta edición, 2007 (existe también una edición argentina de esta misma obra, en Ed. Prohistoria, Rosario, 2006).

3 Sobre este escandaloso fraude mexicano, que demuestra que México no vive aún ninguna “transición hacia la democracia”, como gustan de repetir muchos politólogos, periodistas, y analistas sociales educados en la subordinación ideológica al sistema, y seguidores fieles, acríticos y hasta complacientes de la industria cultural mexicana, cfr. nuestro ensayo, Carlos Antonio Aguirre Rojas, “La crisis postelectoral mexicana y La Otra Campaña”, incluido en el Diario electrónico Rebelión del 25 de agosto de 2006, en el sitio en Internet antes mencionado: http://www.rebelion.org.

4 Sobre esta crisis terminal del capitalismo ha trabajado bastante Immanuel Wallerstein. Al respecto, cfr. sus libros, Después del liberalismo, Ed. Siglo XXI, México, 1996, y La crisis estructural del capitalismo, Ed. Contrahistorias, México, 2005. Pueden verse también nuestros libros, Carlos Antonio Aguirre Rojas, Immanuel Wallerstein: crítica del sistema-mundo capitalista, Ed. Era, México, segunda edición, 2004 (existe también una tercera edición chilena, editada por Ed. LOM, Santiago de Chile, 2004) y Para comprender el siglo XXI, Ed. El Viejo Topo, Barcelona, 2005 (del que existen también una edición cubana, editada por el Centro Juan Marinelo, La Habana, 2003, y otra edición argentina, publicada por Ed. Prohistoria, Rosario, 2005, ambas bajo el título ligeramente distinto de Para comprender el mundo actual).

5 Este término de clases y grupos subalternos, de clara matriz gramsciana, lo interpretamos en el sentido literal. Pues si subalterno es el que está por debajo (sub) de otro (alterno), en condición jerárquica de inferioridad, eso nos lleva a cuestionar todo tipo posible de relaciones que crean y reproducen esta subalternidad, desde la explotación económica hasta el machismo, pero también desde el despotismo de la clase política frente a los ciudadanos comunes, hasta el racismo, pasando por la discriminación de los jóvenes, o de los homosexuales, o de los viejos, entre muchas otras formas. Un mérito claro de La Otra Campaña neozapatista consiste en plantearse como una convocatoria universal y dirigida precisamente a todos estos grupos y clases subalternos de México y del mundo. Sobre este punto importante, cfr. nuestro ensayo, Carlos Antonio Aguirre Rojas “Ir a contracorriente. El sentido de la Otra Campaña”, en la revista Contrahistorias, núm. 6, México, 2006.

6 Sobre estos trazos fundamentales que definen a esta identidad y a estas culturas indígenas vale la pena ver los interesantes trabajos de Carlos Lenkersdorf, Los hombres verdaderos. Voces y testimonios tojolabales, Ed. Siglo XXI, México, 1996, y Filosofar en clave tojolabal, Ed. Miguel Ángel Porrúa, México, 2002. Para una primera visión general de este complejo y variado movimiento indígena de América Latina, véase el libro colectivo, con contribuciones de muy desigual calidad, coordinado por Fabiola Escárzaga y Raquel Gutiérrez, Movimiento indígena en América Latina: resistencia y proyecto alternativo, Ed. Juan Pablos, México, 2005.

7 Sobre todo el conjunto de trazos que caracterizan a estas nuevas formas de organización, de trabajo y de acción de los nuevos movimientos sociales de América Latina, pueden verse, el ensayo de Raúl Zibechi,  “Espacios, territorios y regiones: la creatividad social de los nuevos movimientos sociales en América Latina”, en Contrahistorias, núm. 5, México, 2005, la larga entrevista a Joao Pedro Stedile, Brava gente. La lucha de los Sin Tierra en Brasil, Ed. Desde Abajo, Bogotá, 2003, Carlos Antonio Aguirre Rojas, “Encrucijadas actuales del neozapatismo mexicano”, en Contrahistorias, núm. 2, México, 2004, Álvaro García Linera (coordinador), Sociología de los movimientos sociales en Bolivia, Ed. Diakonía, La Paz, 2005, Augusto Barrera Guarderas, Acción colectiva y crisis política. El movimiento indígena ecuatoriano en los noventa, Ed. Abya Yala, Quito, 2001, Boaventura de Souza Santos (Editor), Emancipación social y violencia en Colombia, Ed. Norma, Bogotá, 2005 e Immanuel Wallerstein, “Chiapas y los nuevos movimientos antisistémicos de América Latina. Entrevista”, en Contrahistorias, núm. 5, México, 2005.

8 Lo que explica en parte el gran atractivo que posee la fresca y rica prosa de este neozapatismo. Para comprobarlo vale la pena revisar el conjunto de documentos y comunicados hasta ahora compilados y editados de este digno movimiento indígena mexicano en la obra EZLN. Documentos y Comunicados, cinco tomos, Ed. Era, México, 1994-2003, y también los 2 CD’s, titulados EZLN: 20 y 10, El fuego y la palabra, Ed. Revista Rebeldía, México, 2004.

9 Lo que se hace evidente, por mencionar sólo tres ejemplos posibles, entre los Piqueteros argentinos, los Sin Tierra brasileños y una vez más, los neozapatistas mexicanos, como puede verse en los textos de Raúl Zibechi, Genealogía de la revuelta. Argentina: la sociedad en movimiento, Ed. FZLN, 2004, Joao Pedro Stedile, A reforma agraria e a luta do MST, Ed. Vozes, Petrópolis, 1997, Bernardo Manςano Fernández, A formaςao do MST no Brasil, Ed. Vozes, Petrópolis, 2000 y Carlos Antonio Aguirre Rojas, Chiapas, Planeta Tierra, Ed. Contrahistorias, México, segunda edición, 2007.

10 Lo cual no es más que volver a la idea de Marx, de que “La emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma” (como declara el inicio mismo de los Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, hechos públicos en 1864, en el momento de la fundación de esta Primera Internacional). Esa emancipación debe ser obra, entonces, de la clase obrera misma, y no de un grupo de iluminados o de intelectuales, o de cualquier género de vanguardia, por abnegados y heroicos que estos puedan ser. Aunque expandiendo ahora, en nuestra opinión, esta tesis de Marx al conjunto global de todos los grupos y clases subalternos en su totalidad. Lamentablemente, no podemos desarrollar aquí todas las ricas e importantes implicaciones de esta idea fundamental.

11 Por lo demás, es útil volver a recordar aquí a Marx. Como lo explica muy bien en su texto La guerra civil en Francia, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Pekín, 1978, no se trata sólo de “tomar el poder del Estado” tal y como está, y de utilizarlo para otros fines, sino que dicha “toma del poder” implica destruir completamente el viejo Estado burgués, y poner en su lugar otro Estado, radicalmente distinto, y que debería funcionar bajo el esquema de lo que en su momento fue la fundamental experiencia de la Comuna de París. Es decir, y trasladándolo a las experiencias más contemporáneas, ese ‘otro Estado’, que en rigor ya no debería de llamarse Estado, tendría que funcionar desde la lógica de lo que los neozapatistas mexicanos llaman el principio de “Mandar obedeciendo”. Lo que hace de este “Estado” una suerte de “no-Estado”, y de su política, “otra política”, todo lo cual es posible sólo a condición de que se mantenga vivo, activo, participativo y vigilante ese sujeto social masivo, constituido por el conjunto global de todos los subalternos. Sobre este punto, cfr. nuevamente nuestro ensayo, Carlos Antonio Aguirre Rojas, “La Otra Política de la Otra Campaña”, citado anteriormente.

12 Es decir, una lógica que claramente coincide con las mejores tradiciones del pensamiento social crítico de los últimos ciento cincuenta años, desde Marx y hasta Immanuel Wallerstein, y pasando por ejemplo por Walter Benjamin, Norbert Elías, Marc Bloch, Fernand Braudel, Michel Foucault, o Carlo Ginzburg, entre otros. Sobre estos pensadores mencionados y sobre ese fundamental carácter crítico de su pensamiento, cfr. Carlos Antonio Aguirre Rojas, Antimanual del mal historiador, Ed. Montesinos, Barcelona, 2007, y también Retratos para la historia, Ed. Contrahistorias, México, 2006.

13 Un buen ejemplo de este análisis con más perspectiva temporal, es el diagnóstico sobre la coyuntura del fraude electoral que vivió México, y que fue hecho por los neozapatistas mexicanos, en el texto del Subcomandante Insurgente Marcos “El zapatismo y los peatones de la historia”, que puede consultarse en el  sitio de “Enlace Zapatista”, en la dirección: http://www.ezln.org.mx. Véase también nuestro ensayo, Carlos Antonio Aguirre Rojas, “La crisis postelectoral mexicana y la Otra Campaña”, en el diario electrónico Rebelión, antes ya citado.

14 Tal y como loa han afirmado los dignos indígenas rebeldes neozapatistas en su texto de la “Sexta Declaración de la Selva Lacandona”, publicado en el diario La Jornada, 29 y 30 de junio, y 1 de julio de 2005. La cita puede verse en La Jornada, 1 de julio de 2005, pág. 19.

15 Esta conexión fundamental entre las nuevas formas de la ‘política’, —que en nuestra opinión es tan distinta de la política tradicional que ya no debería incluso llevar este mismo nombre de ‘política’—, y la dimensión moral y ética es un tema sobre el cual insisten todos esos nuevos movimientos sociales antisistémicos de Latinoamérica. Y también ha sido planteado por Immanuel Wallerstein, en su ensayo “Los intelectuales: la neutralidad en cuestión”, en su libro La decadencia del Imperio. EEUU en un mundo caótico, Ed. Txalaparta, Tafalla, 2005.


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