¡Se adueñan de la tierra! El proceso de acaparamiento agrario por seguridad alimentaria y de negocios en 2008

30 01 2009

GRAIN

Oct/2008

publicado en grain.org

Introducción

La apropiación de tierras es un proceso que ha venido ocurriendo por siglos. Basta con pensar en el “descubrimiento” de América por Colón y en la brutal expulsión de las comunidades indígenas que desencadenó, o en los colonialistas blancos que se adueñaron de los territorios ocupados por los maoríes en Nueva Zelanda y por los zulúes en Sudáfrica. Es un proceso violento muy vivo hoy en día, de China a Perú. No pasa ni un solo día sin que la prensa nos informe de las luchas por la tierra -y empresas mineras como Barrick Gold invaden las montañas de América del Sur, o corporaciones de alimentos como Dole o San Miguel estafan a los campesinos filipinos para quedarse con sus derechos sobre la tierra. En numerosos países los inversionistas privados están comprando grandes extensiones para disponer de ellas como parques naturales o áreas de conservación. Y a dondequiera que uno mire, la nueva industria de los agrocombustibles, promovida como respuesta al cambio climático, parece basarse en expulsar a la gente de su tierra.

No obstante, algo más peculiar está ocurriendo. Las dos grandes crisis globales que estallaron en los últimos 15 meses -la crisis alimentaria mundial y la crisis financiera, más vasta,  de la cual la crisis alimentaria es parte – [1] están engendrando una nueva y preocupante tendencia a comprar tierras para la producción dislocada de alimentos. Son dos las agendas paralelas que impulsan a dos tipos diferentes de acaparadores de tierras. Pero aunque sus puntos de partida difieran, sus pasos terminan convergiendo.

El primer tipo de especuladores está vinculado a la seguridad alimentaria. Varios países que dependen de la importación de alimentos y están preocupados por lo competido de los mercados, aún cuando tienen dinero en efectivo para repartir, buscan dislocar su producción interna de alimentos, es decir producirlos fuera del su país adueñándose y controlando tierras agrícolas en otros países. Consideran esto como una innovadora estrategia de largo plazo para alimentar a sus pueblos a buenos precios y con mucha mayor seguridad que hasta ahora. Arabia Saudita, Japón, China, India, Corea, Libia y Egipto están en ese camino. Desde marzo de 2008, funcionarios de alto rango de muchos de esos países han estado activamente en la búsqueda diplomática de tierras fértiles en lugares como Uganda, Brasil, Camboya, Sudán y Pakistán. Dada la continuada crisis de Darfur, donde el Programa Mundial de Alimentos intenta alimentar a 5.6 millones de refugiados, podría parecer disparatado que haya gobiernos extranjeros que estén comprando tierras en Sudán para producir y exportar alimentos a sus propios ciudadanos. Lo mismo ocurre en Camboya, donde 100 mil familias (medio millón de personas), carecen actualmente de alimentos.[2] Y sin embargo eso es lo que está ocurriendo hoy. Convencidos de que las oportunidades agrícolas son limitadas y de que no es posible confiar en el mercado, los gobiernos con “inseguridad alimentaria” están comprando tierras en todos lados para producir sus propios alimentos. Por otro lado, los gobiernos que están siendo “cortejados” para hacer uso de sus tierras agrícolas, generalmente dan la bienvenida a esos ofrecimientos de nuevas inversiones extranjeras.

El segundo grupo de especuladores va por las ganancias financieras. Frente al desplome financiero actual, toda suerte de actores de las finanzas o la industria alimentaria -las casas de inversión que manejan las pensiones de los trabajadores, los fondos de capitales privados que buscan ganancias rápidas, los fondos de cobertura que huyen del mercado ahora derrumbado de los instrumentos derivados, los comerciantes de granos que buscan nuevas estrategias de crecimiento- están recurriendo a la tierra, para producir alimentos, para combustibles,  y como nueva fuente de lucro. La tierra misma no es una inversión típica para gran parte de esas empresas transnacionales. De hecho, es tan fácil que la tierra se vea envuelta en conflictos políticos que muchos países ni siquiera permiten que pueda ser propiedad de extranjeros. Y la tierra no se valoriza de la noche a la mañana, como los cerdos cebados o el oro. Para tener rentabilidad los inversionistas necesitan aumentar las capacidades productivas de la tierra -y a veces incluso ensuciarse las manos dirigiendo en los hechos un establecimiento agropecuario. Pero las crisis alimentaria y financiera, juntas, han convertido las tierras agrícolas en un nuevo activo estratégico. En muchos lugares de todo el mundo los precios de los alimentos son altos y los precios de la tierra son bajos. Y la mayoría de las “soluciones” a la crisis alimentaria hablan de extraerle más alimentos a la tierra con que contamos. Así que queda claro que va a ser negocio el tener el control de las mejores tierras, cerca de suministros de agua disponibles, cuanto antes.

Lo que ambos grupos de especuladores tienen en común es que el sector privado tendrá el control. En la búsqueda de la seguridad alimentaria, los gobiernos son los que llevan la delantera a través de una agenda de políticas públicas. En la búsqueda de ganancias financieras, son estrictamente los inversionistas quienes hacen sus negocios como de costumbre. Pero no nos engañemos. Si bien son los funcionarios públicos quienes negocian los contratos de apropiación de tierras destinadas a proporcionar “seguridad alimentaria”, explícitamente se espera que el sector privado se adueñe de la tierra y entregue productos. Así que ambos carriles del acaparamiento señalan en una misma dirección: las empresas privadas extranjeras obtienen nuevas formas de control sobre tierras agrícolas para producir alimentos, no para las comunidades locales sino para otros. ¿Alguien dijo que el colonialismo era una cosa del pasado?

A la búsqueda de la seguridad alimentaria

La apropiación de tierras con miras a la seguridad alimentaria es de lo que la gente ha oído hablar: los periódicos informan que Arabia Saudita y China están comprando tierras por todo el mundo, desde Somalia a Kazajstán. Pero hay muchos más países involucrados. Una mirada más de cerca revela una lista impresionante de países que andan en eso: China, India, Japón, Malasia y Corea del Sur en Asia; Egipto y Libia en África; y Bahréin, Jordán, Kuwait, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos en Medio Oriente. En el anexo se brinda un panorama detallado de quiénes buscan tierra, dónde, con qué fines y por cuánto dinero.

La situación de esos países varía mucho, por supuesto. China es ostensiblemente autosuficiente en alimentos. Pero tiene una población gigantesca, sus tierras agrícolas están desapareciendo ante el avance industrial, sus suministros de agua están sometidos a graves presiones y el Partido Comunista tiene un futuro a largo plazo en que pensar. Con el 40% de los agricultores del mundo pero solamente un 9% de las tierras agrícolas mundiales, no debería causar sorpresa a nadie que la seguridad alimentaria sea uno de los puntos principales de la agenda del gobierno chino. Y con más de 1.8 billones de dólares de reservas en divisas, China cuenta con bastante dinero para invertir en su propia seguridad alimentaria en el extranjero. Como numerosos líderes y activistas campesinos del sudeste asiático saben, Pekín ha estado gradualmente dislocando parte de su producción de alimentos desde bastante antes de que estallara la crisis alimentaria mundial en 2007. A través de la nueva diplomacia geopolítica de China y de la agresiva estrategia gubernamental de inversión en el exterior, en los últimos años se concretaron unos 30 tratados de cooperación agrícola para dar a las empresas chinas acceso a tierras agrícolas de “países amigos” a cambio de tecnologías, capacitación y fondos para infraestructura chinos. Esto ocurre no solamente en Asia sino también en toda África, a través de una serie de proyectos muy diversos y complejos[3]. Desde Kazajstán a Queensland, y de Mozambique a Filipinas, está en marcha un proceso sistemático y conocido en que las compañías chinas arriendan o compran tierra, montan grandes establecimientos agrícolas a los que envían sus agricultores, científicos y extensionistas para trabajar en la producción de cultivos. La mayor parte de la agricultura china en el extranjero (dislocada) está dedicada al cultivo de arroz, frijoles o porotos de soja (soya) y maíz, junto con cultivos para agrocombustibles como la caña de azúcar, la mandioca o el sorgo.[4] El arroz producido en el exterior invariablemente significa arroz híbrido, cultivado a partir de semillas importadas de China, y los agricultores y científicos chinos están enseñando con entusiasmo a los africanos y a otros a cultivar arroz “a la manera china”. Sin embargo, los trabajadores rurales locales contratados para trabajar en los establecimientos agrícolas chinos, en África por ejemplo, a menudo no saben si el arroz es para alimentar a su pueblo o a los chinos. Dada la naturaleza furtiva de una serie de negocios con la tierra, la mayoría de la gente asume que el arroz es para alimentar a los chinos y hay mucho resentimiento en torno a eso.[5]
En esencia, la estrategia china de apropiación de tierras es conservadora: el gobierno está protegiendo con mecanismos financieros sus apuestas de inversión y maximizando sus opciones para suministrar alimentos a su país, a largo plazo. De hecho, la presión de la propia pérdida de tierras agrícolas y suministros de agua en China es tan grande que “China no tiene otra opción” que irse al extranjero, dice un experto de la Academia de Ciencias Agrícolas china.[6] En realidad, el alimento comienza a ocupar un puesto bastante alto, junto con la energía y los minerales, en la estrategia general de inversión externa de China. En la primera mitad de 2008, el Ministerio de Agricultura llegó a trazar una política gubernamental central en materia de producción de alimentos en el extranjero. El proyecto preliminar no es público aún,[7] pero seguramente daría un indicio de cuán lejos, o por cuánto tiempo, el gobierno espera financiar esos tratos de negocios. Mientras tanto hay muchos indicios de que se espera que el sector privado juegue un papel cada vez mayor. Después de discusiones llevadas a cabo en julio, la política quedó suspendida para más tarde, por lo menos por ahora. “Es demasiado pronto” explicó un funcionario del ministerio. “Debemos esperar y ver cómo maduran esas inversiones”.[8]

Los Estados del Golfo Pérsico -Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos- enfrentan una realidad totalmente diferente. Como naciones creadas en el desierto, tienen escasez de suelo y de agua con la cual cultivar alimentos o criar ganado. Pero poseen enormes cantidades de petróleo y dinero, lo que los coloca en una excelente posición para buscar en otros países cómo obtener sus alimentos. La crisis alimentaria actual afectó excepcionalmente fuerte a los Estados del Golfo. En la medida que dependen los alimentos que obtienen del extranjero (especialmente de Europa) y dado que sus divisas tienen paridad con el dólar estadounidense (excepto Kuwait, pero apenas desde el año pasado), el aumento simultáneo de los precios de los alimentos en el mercado mundial y la caída del dólar estadounidense implicó que importaran una gran “inflación extra”. El gasto en importación de alimentos se infló en los últimos cinco años de 8 mil millones de dólares a 20 mil millones. Y como sus poblaciones están constituidas en gran medida por trabajadores inmigrantes escasamente remunerados que construyen las ciudades y atienden los hospitales, es absolutamente necesario para las dinastías políticas del Golfo les proporcionen alimentos a precios razonables[9]. Después de todo, están sentados sobre una diferencia de clases que es una bomba de tiempo, y a la vez esperan mantenerse prósperos de aquí a 20 años arrendando bienes inmobiliarios de máximo nivel.

Cuando la crisis alimentaria estalló y se cortaron los suministros de arroz provenientes de Asia, los dirigentes del Golfo hicieron veloces cálculos y llegaron a conclusiones difíciles. Los sauditas decidieron que, dada la escasez inminente de agua, tendría sentido dejar de producir trigo, su principal producto alimentario, para el año 2016 y en cambio cultivarlo en otros lugares y traerlo, siempre y cuando todo el proceso estuviera firmemente bajo su propio control. En los Emiratos Árabes Unidos, donde 80% de su población son trabajadores inmigrantes en su gran mayoría consumidores de arroz de Asia, hubo pánico. Bajo la égida del Consejo de Cooperación del Golfo (ccg), se unieron con Bahréin y los otros países del Golfo para formular una estrategia colectiva de producción de alimentos en el exterior. Su idea es asegurar arreglos comerciales, especialmente en países islámicos hermanos, por los cuales ellos proporcionarán capital y contratos petroleros a cambio de la garantía de que sus corporaciones tendrán acceso a tierras agrícolas y podrán exportar el producto de regreso a su país. Los estados preferidos por esta estrategia son, de lejos, Sudán y Pakistán, seguidos de varios países del sudeste asiático (Birmania, Camboya, Indonesia, Laos, Filipinas, Tailandia y Vietnam), Turquía, Kazajstán, Uganda, Ucrania, Georgia, Brasil … y la lista continúa.
No habría que subestimar la gravedad de la decisión de los Estados del Golfo. Entre marzo y agosto de 2008 algunos países del ccg, en carácter individual o con consorcios industriales, arrendaron por contrato millones de hectáreas de tierras agrícolas y se espera que las cosechas empiecen en 2009. Dirigentes del ccg planean celebrar importantes reuniones en octubre de 2008 y enero de 2009, donde culminarán el diseño de las políticas oficiales al respecto. Si bien los componentes visibles de la estrategia del Golfo no son materia de controversia en sí mismos (ver Cuadro 1), organismos internacionales como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (conocida mundialmente como fao, por sus siglas en inglés) han considerado necesario involucrarse directamente en el manejo de las relaciones públicas en torno al tema. “No tengo problema alguno con que los árabes hagan la inversión”, exclamó Jacques Diouf, director de la fao, pero la tierra, dice, es un tema político que resulta una “papa caliente”. Así, mantiene a varios funcionarios de la fao instalados en el Golfo para evitar “escándalos no intencionales” que resulten de las maniobras de los Estados del Golfo.[10]

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Si bien China y los estados del Golfo son los mayores actores, otros países también se están moviendo agresivamente para encontrar tierras agrícolas en el extranjero, con un nuevo ímpetu a partir de este año. Japón y Corea del Sur, por ejemplo, son dos países ricos cuyos gobiernos han optado por depender de las importaciones en lugar de buscar la autosuficiencia para alimentar a su pueblo. Ambos reciben alrededor de 60% de sus alimentos del extranjero. (En el caso de Corea, es más de 90% si se excluye el arroz). A principios de 2008, el gobierno coreano anunció que estaba formulando un plan nacional para facilitar las adquisiciones de tierra en el extranjero para la producción coreana de alimentos, designando al sector privado como el actor principal. En efecto, las empresas coreanas del rubro de la alimentación ya están comprando tierras en Mongolia y Rusia oriental para producir alimentos que serán exportados a su país. El gobierno, mientras tanto, explora por sí mismo varias opciones en Sudán, Argentina y Asia sudoriental. Japón, por otro lado, parece basarse enteramente en el sector privado para organizar importaciones de alimentos (ver abajo) mientras que el gobierno hace malabarismos con el marco político a través de acuerdos de libre comercio, tratados bilaterales de inversión y pactos de cooperación para el desarrollo. No tiene un papel pasivo. Los sucesivos gobiernos japoneses han resistido todo tipo de presiones para reestructurar la agricultura japonesa, donde reinan las fincas agrícolas familiares y las corporaciones no están autorizadas a ser dueñas de la tierra. Ahora que las empresas japonesas están comprando tierras en lugares como China y Brasil, la presión puede hacerse sentir aún más.

A India también le llegó la larga mano que arrebata tierras. Visto desde las salas de los directorios de las empresas y las oficinas de gobierno de Nueva Delhi o Pune, la agricultura india está en aprietos. El país tiene grandes problemas con los costos de producción (su mayor preocupación), por la disminución de la fertilidad del suelo y de la disponibilidad de agua a largo plazo, por nombrar tan sólo algunos. Además, las luchas por el acceso a la tierra se han complicado increíblemente, especialmente debido a la resistencia social generalizada a las Zonas Económicas Especiales. Estimulados por la crisis alimentaria mundial y probablemente porque no quieren quedarse al margen, varios ejecutivos indios de los agronegocios, así como la Corporación Estatal de Comercio (stc, por su sigla en inglés) propiedad del gobierno indio, consideran ahora que es necesario producir parte de los alimentos del país en el extranjero. Están apartando los cultivos de oleaginosas, legumbres y algodón para la producción dislocada, mientras que calculan que es más barato continuar con la producción nacional de trigo y arroz.[11] La nueva estrategia está en marcha en Birmania, que abastece 1 millón de los 4 millones de toneladas de lentejas que la India importa cada año para complementar su producción interna de 15 millones de toneladas. En vez de seguir comprándole a Birmania, los comerciantes y fabricantes indios quieren ahora entrar y cultivar ellos mismos allí las lentejas. Resulta más barato y tienen más control sobre todo el proceso. Con el apoyo del gobierno, las empresas indias están obteniendo contratos de arrendamiento en tierras agrícolas birmanas para producir el cultivo destinado a su exportación exclusiva a la India. El gobierno indio está proveyendo a la junta militar birmana de nuevos fondos especiales para mejorar su infraestructura portuaria, e impulsa agresivamente un acuerdo bilateral de libre comercio e inversión, adaptado para allanar los escollos resultantes de las diferencias de las políticas de ambos Estados. Pero la cosa no termina allí. Los directivos indios también están comprando plantaciones de palma aceitera indonesias y ahora vuelan a Uruguay, Paraguay y Brasil en busca de tierras para cultivar lentejas y soja para su exportación a la India. Mientras tanto, el banco central de la nación, el Banco de Reservas de la India, intenta cambiar rápidamente las leyes nacionales para poder conceder a empresas privadas indias, así como a la stc, los préstamos necesarios para comprar tierras en el extranjero. Esa posibilidad nunca fue contemplada antes, por eso es que no existen normas.

“Es posible que Filipinas enfrente una escasez de arroz, pero puede aumentar las existencias de otros productos alimenticios en los Emiratos Árabes Unidos, como bananas, piñas, trigo, maíz, vegetales y otros productos agrícolas y avícolas.” —Gil Herico, adjunto en asuntos agrícolas para el Oriente Medio del gobierno filipino[|2]

Todo esto puede sonar como un juego de mesa gigante, donde los diplomáticos e inversionistas saltan de país en país buscando nuevas tierras que puedan reclamar como propias. Pero la verdad es que los gobiernos africanos y asiáticos a los que se les acercaron en busca de tierras están aceptando rápidamente las propuestas. Después de todo, para ellos significa ingresos nuevos de capital extranjero para construir infraestructura rural, mejorar las instalaciones de almacenamiento y embarque, consolidar los establecimientos agropecuarios e industrializar las operaciones. También, en varios de esos acuerdos hay innumerables programas prometidos de investigación y mejoramiento. La “inversión en agricultura” se ha convertido en gran medida en el llamado a cerrar filas de prácticamente todas las autoridades y expertos encargados de resolver la crisis alimentaria mundial en la que este auge por adueñarse de tierras calza tan bien —quizá sin la intención expresa. No obstante, debería quedar suficientemente claro que tras la retórica de los acuerdos en los que todos salen ganando (win-win les dicen en la jerga mercantil), el objetivo real de esos contratos no es el desarrollo agrícola, mucho menos el desarrollo rural, sino simplemente el desarrollo de las agroempresas. Tal vez sólo cuando se comprende esto tienen sentido las contradicciones que subyacen a este auge por adueñarse de  las tierras.

Pocos meses atrás, el Primer Ministro de Camboya, Hun Sen, anunció públicamente que daba en arrendamiento campos arroceros khmer a Qatar y Kuwait, para que éstos pudieran producir su propio arroz. Si bien no se especificó la región en cuestión, debe ser bastante grande ya que el gobierno obtiene a cambio casi 600 millones de dólares en préstamos. Al mismo tiempo, sin embargo, el Programa Mundial de Alimentos ha tenido que comenzar a enviar ayuda alimentaria por un valor de 35 millones de dólares para mitigar el hambre que azota el ámbito rural en Camboya. En Filipinas, donde mucha gente tuvo que reducir su ingesta de comida, delegaciones de Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos y Bahréin han volado una y otra vez al país desde marzo de 2008 para asegurar tierras para su propio suministro de alimentos, provocando el asombro de más de uno. Como para cortar de raíz toda controversia, la presidenta Gloria Macapagal Arroyo logró deslizar el acuerdo de apropiación de tierras firmado con los Emiratos Árabes Unidos (donde muchos filipinos trabajan para mantener en marcha la economía filipina) dentro de la nueva política industrial halal (conjunto de prácticas permitidas por la religión musulmana) de su administración. De este modo, el proyecto de los Emiratos Árabes Unidos aparece como un componente integral de un programa financiado por el gobierno para construir una nueva industria nacional, en lugar de lo que realmente es: un desvío de tierras agrícolas fértiles y probablemente disputadas a extranjeros ricos. Los diversos fondos enviados a Birmania a cambio del uso exclusivo de parte de sus tierras agrícolas son aún más problemáticos. Como Birmania es miembro del bloque regional de comercio de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (asean  por sus siglas en inglés), y la propia asean está ahora firmando acuerdos de libre comercio con economías ricas como Australia, Nueva Zelanda y la Unión Europea, a los movimientos sociales de la región les preocupa mucho ese apoyo subrepticio al régimen militar represivo de Birmania. Los acuerdos de apropiación de tierras siguen precisamente el mismo modelo. En Uganda recientemente estalló una enorme protesta pública cuando Reuters informó de las conversaciones del gobierno con el Ministerio de Agricultura de Egipto, dando detalles de un arrendamiento de más de 840 mil hectáreas de tierras agrícolas ugandesas (¡el 2.2% de la superficie total de Uganda!) a empresas egipcias para la producción de trigo y maíz con destino a El Cairo. Si bien los funcionarios de gobierno negaron el acuerdo, el parlamento de Uganda reclamó una sesión de emergencia para investigar el tema.

Lamentablemente no es fácil enterarse de los detalles precisos de una gran cantidad de esas adquisiciones de tierras para la producción de alimentos en el extranjero —cuántas hectáreas, por cuánto dinero, para hacer exactamente qué, en qué condiciones. Sin duda los gobiernos temen una reacción política si la opinión pública supiera exactamente qué es lo que está ocurriendo.

El nuevo imán para los inversionistas privados

Si bien es probable que los gobiernos tengan agendas para la seguridad alimentaria, el sector privado tiene una muy diferente: hacer dinero. La crisis alimentaria aunada a la crisis financiera han hecho del control sobre la tierra un nuevo imán para los inversionistas privados. No hablamos de las operaciones típicas de las agroempresas transnacionales, en que Cargill podría invertir en una planta de procesamiento de soja en el Mato Grosso de Brasil. Hablamos de un nuevo interés en adquirir el control de las propias tierras agrícolas. Hay dos actores principales aquí: la industria alimentaria y, con mucho mayor peso, la industria financiera.

“La mejor cobertura para la recesión en los próximos 10 o 15 años es la inversión en tierras agrícolas” —Reza Vishkai, jefe de alternativas de Insight Investment, julio de 2008[13]

Dentro de los círculos de la industria alimenticia, las empresas japonesas y árabes de comercialización y procesamiento son quizás hoy por hoy las más involucradas en las adquisiciones de tierras en el extranjero. Para las empresas japonesas, esta estrategia se arma dentro de su crecimiento orgánico (ver Cuadro 2). En cuanto a las empresas de Medio Oriente, se subieron a la ola en la que sus gobiernos van a abrir puertas en nombre del paradigma de la seguridad alimentaria.

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La complicada industria financiera es la que se lleva la mayor tajada. Para mucha gente en el poder, la crisis alimentaria mundial deja al descubierto un problema superlativo: que no importa a dónde se mire, el cambio climático, la destrucción del suelo, la pérdida de los suministros de agua y el estancamiento de los rendimientos de los cultivos dentro del paradigma del monocultivo, están presionando como la gran amenaza a los futuros suministros de alimentos del planeta. Esto se traduce en pronósticos de mercados inactivos, precios elevados y presiones para obtener más de la tierra. Al mismo tiempo, la industria financiera, que tanto apostó a sacar buen dinero de las deudas y perdió, está a la búsqueda de refugios seguros. Todos esos factores hacen de las tierras agrícolas un lindo juguete nuevo con el cual obtener ganancias. Es necesario producir alimentos, los precios seguirán altos, hay tierra barata disponible, compensará —ésa es la fórmula. ¿El resultado? A lo largo de 2008, un ejército de casas de inversión, fondos de capitales privados, fondos de cobertura y otros por el estilo han estado comprando ávidamente tierras agrícolas en todo el mundo —con gran ayuda de organismos como el Banco Mundial, su Corporación Financiera Internacional y el Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, quienes están allanando el camino para esta corriente de inversión y “persuaden” a los gobiernos a que cambien las leyes de propiedad de la tierra de manera que aquéllos puedan tener éxito (ver Cuadro 3). El efecto es que los precios de la tierra están empezando a subir, presionando aún más para moverse rápidamente.

“El truco aquí es no solamente cosechar cultivos sino cosechar dinero.” —Mikhail Orlov, fundador de Black Earth Farming y ex gerente de capitales privados de Carlyle e Invesco, septiembre de 2008[14]

Este año la fiebre del sector privado por adueñarse de tierras ha sido vertiginosa. El Deutsche Bank y Goldman Sachs, por ejemplo, están asumiendo el control de la industria cárnica china. Mientras todos los ojos estaban puestos nerviosamente en Wall Street a fines de septiembre de 2008, estos dos metían su dinero lejos, en los mayores establecimientos porcinos y avícolas y plantas de procesamiento de carne de China —incluso en derechos a tierras agrícolas. La empresa BlackRock Inc, con sede en Nueva York, una de las mayores administradoras de dinero del mundo, con casi 1.5 billones de dólares en sus libros, acaba de crear un fondo de cobertura agrícola de 200 millones de dólares, 30 millones de los cuales se utilizarán para adquirir tierras en todo el mundo. Morgan Stanley, que casi engrosa la fila de los rescatados por el Departamento de Hacienda de los Estados Unidos, hace poco compró 40 mil hectáreas de tierras agrícolas en Ucrania. Esta cifra empalidece comparada con las 300 mil hectáreas de tierras ucranianas sobre las cuales adquirió derechos Renaissance Capital, una casa de inversiones rusa. De hecho, a lo largo del fértil cinturón que desde Ucrania atraviesa el sur de Rusia, la competencia es grande. Black Earth Farming, un grupo de inversiones sueco, adquirió el control de 331 mil hectáreas de tierras en la región de tierra negra de Rusia. Alpcot-Agro, otra empresa de inversiones sueca, compró los derechos de 128 mil hectáreas allí. Landkom, el grupo de inversiones británico, compró 100 mil hectáreas de tierras en Ucrania y aspira a expandirlas a 350 mil hectáreas para 2011. Todas estas adquisiciones de tierra son para producir cereales, aceite, carne y productos lácteos para el hambriento mercado mundial … es decir, para quienes pueden pagarlo.

La celeridad y el ritmo de esta nueva tendencia de inversión es asombrosa. También lo es la lista de los países escogidos: Malawi, Senegal, Nigeria, Ucrania, Rusia, Georgia, Kazajstán, Uzbekistán, Brasil, Paraguay, incluso Australia. Todos fueron identificados como lugares que ofrecen tierra fértil, relativa disponibilidad de agua y cierto nivel de crecimiento potencial de la productividad agrícola. El horizonte temporal del cual están hablando los inversionistas es, en promedio, de 10 años —con el claro entendimiento de que tienen que hacer productiva la tierra y crear infraestructura comercial, y no descansar ociosamente— y las tasas anuales proyectadas de retorno son del 10 al 40% en Europa o hasta 400% en África. Nuevamente, lo que es nuevo y especial aquí es que esos grupos financieros están adquiriendo derechos reales a la tierra, y muchos de esos movimientos se hicieron apenas en los últimos meses, cuando los mercados financieros comenzaron a derrumbarse. Lo que auguran en realidad para el futuro de la agricultura en esos países es una gran incógnita.

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¿Qué significa todo esto?

Una cosa que demuestra este auge de adquisición de tierras es que los gobiernos perdieron la fe en el mercado. Esa fe ya había sido sacudida por la crisis alimentaria mundial, cuando los países se vieron súbitamente enfrentados a una situación de falsa escasez, ocasionada por la especulación más que por la oferta y la demanda. Los Estados del Golfo, entre otros especuladores de tierras, son bastante lúcidos acerca de su intención de (a) asegurar el abastecimiento de alimentos a través de la propiedad directa o del control de tierras agrícolas extranjeras, y (b) excluir lo más posible a comercializadores y otros intermediarios para reducir en un 20-25% el gasto de la importación de alimentos. En efecto, se han visto forzados a ir a lugares como Islamabad y Bangkok y pedirle a los gobiernos allí que levanten su prohibición de exportación de arroz de manera especial para sus establecimientos agrícolas. Queda de manifiesto el desprecio subyacente que todo esto demuestra por los mercados abiertos y el comercio libre, tan laureados por los asesores occidentales en las últimas cuatro décadas.

Otra cuestión fundamental es que los trabajadores, los agricultores y las comunidades locales inevitablemente perderán acceso a la tierra para la producción local de alimentos. Sencillamente se está entregando la base misma sobre la cual construir la soberanía alimentaria. Los gobiernos, los inversionistas y los organismos de desarrollo que participan en esos proyectos argumentarán que se crearán puestos de trabajo y algo de alimentos quedará. Pero eso no reemplaza la tierra y la posibilidad de trabajar y vivir de ella. De hecho, lo que debería ser obvio es que el problema real con la apropiación actual de la tierra no es simplemente el asunto de darle a extranjeros el control de tierras agrícolas nacionales. Es la reestructuración. Esas tierras serán transformadas de pequeñas propiedades o bosques en grandes fincas industriales conectadas a grandes mercados lejanos. Los agricultores no volverán a ser más agricultores reales, haya o no trabajo. Ésta será probablemente la mayor consecuencia.

Un tercer mensaje que es importante extraer surge del hecho de que la inversión en agricultura es buena y de que el llamado auge entre países del Sur que hay detrás de esos negocios agrícolas en el exterior, podría ser bueno. Necesitamos invertir más en agricultura. Construir solidaridad entre los países del Sur y crear una economía cooperativa, fuera del alcance del imperialismo (occidental o del Sur), puede ser una buena forma de hacerlo. Pero ¿qué agricultura? ¿Y qué tipo de economías? ¿Quién controlará esas inversiones y quién se beneficiará de ellas? El riesgo de que no solamente los alimentos sino también las ganancias generadas a partir de esas operaciones agrícolas en el exterior se desvíen a otros países, a otros consumidores que pueden pagarlas, o simplemente a élites foráneas, es bastante real. Esas operaciones no harán mella necesariamente en la crisis alimentaria. Tampoco traerán necesariamente el “desarrollo” a las comunidades locales. Y no debemos olvidar que muchas de esas inversiones agrícolas en el extranjero serán facilitadas a través de tratados bilaterales de inversión y acuerdos de libre comercio más amplios, lo que hará más difícil resolver futuros problemas. Si bien la ideología en la cual los Estados del Golfo Pérsico envuelven sus proyectos es en cierta medida más amigable con la gente que la ideología del capitalismo chino —y esas inversiones están imbuidas en ideología y diseño geopolítico—, es tan sólo una fachada. Después de todo, a través de esos acuerdos, los Estados del Golfo están apoyando el régimen de Jartum, así como India está apoyando la dictadura militar de Birmania. Pekín se lleva su propia fuerza de trabajo y sus tecnologías cuando hace agricultura dislocada en el exterior, desplazando la biodiversidad nativa y eludiendo los sindicatos locales. Así que a pesar de la necesidad de inversiones y de una política entre países del Sur, quien se beneficie realmente es un asunto muy preocupante y sin respuesta.

¿Y qué hay de la reforma agraria? Es difícil imaginar que la concesión de tierras agrícolas a otros países o a inversionistas privados para producir alimentos que serán enviados a otra gente, no nos lleve a asestarle duros golpes a las luchas de tantos movimientos que reclaman una reforma agraria genuina y el respeto de los derechos de los pueblos indígenas. Tanto más, ya que muchos de los países escogidos son importadores netos de alimentos, con conflictos muy serios en torno a la tierra. En Pakistán, los movimientos de agricultores ya están dando la alarma sobre 25 mil aldeas que serán desplazadas si se acepta la propuesta de Qatar de producir en la provincia de Punjab parte de su producción de alimentos.[16] En Egipto, pequeños agricultores del distrito de Qena han estado luchando con uñas y dientes para recuperar 1600 hectáreas que recientemente se concedieron a Kobebussan, un conglomerado japonés de agronegocios, para producir alimentos con destino a Japón.[17] En Indonesia, los activistas especulan que la planeada finca arrocera saudita en Merauke, donde se entregarán 1.6 millones de hectáreas a un consorcio de 15 empresas para producir arroz para exportación a Riyadh, eludirá el derecho nacional de los habitantes de la provincia de Papúa a vetar el proyecto.[18] Dada la tenacidad del Banco Mundial y otros por facilitar el control de las tierras a los ávidos inversionistas extranjeros como solución retorcida a la crisis alimentaria, todo esto podría culminar en un conflicto explosivo.

Otro aspecto importante que no puede ignorarse es que esos acuerdos afianzan más la agricultura orientada a la exportación, lo cual sencillamente no es apropiado en la mayoría de los países escogidos. La enorme presión de las últimas décadas por producir alimentos destinados a mercados externos en vez de los mercados internos, es lo que hizo que el impacto de la crisis alimentaria 2007-2008 fuera tan difícil para tanta gente, especialmente en Asia y África. No todos pueden comprar alimentos en el mercado mundial —sobre todo cuando los salarios e ingresos reales de la mayoría de la gente no han aumentado en los últimos años. En la medida que la mayoría de esas tierras arrebatadas está destinada a instalar grandes fincas empresariales —sea en Laos, Pakistán o Nigeria— para producir alimentos para exportación, el problema se agrava. Es verdad que algunos acuerdos reservan parte de los alimentos para las comunidades locales en la región o para el mercado interno. Algunos incluyen hasta agendas sociales como la construcción de hospitales o escuelas. Pero aun así promueven un modelo industrial de agricultura que genera pobreza y destrucción ambiental, exacerba la pérdida de biodiversidad, la contaminación por agroquímicos y debido a organismos modificados genéticamente. Una amplia gama de estadísticas, en caso de que no bastara con la simple observación, atestigua la creciente brecha entre ricos y pobres, los bien alimentados y los hambrientos, consecuencia de este proceso.

Por último, la pregunta más obvia de todas: ¿qué ocurre en el largo plazo cuando concedes el control de las tierras agrícolas de tu país a naciones e inversionistas extranjeros?


Profundizando

El Anexo a este documento es un cuadro con más de 100 casos de apropiación de tierras para la producción de alimentos en el exterior, como se describió en este informe. Está disponible: http://www.grain.org/m/?id=216

GRAIN publica un blog con notas de prensa recogidas durante la investigación para este documento, como apoyo a quienes tengan interés en profundizar en el tema. El cuaderno está disponible únicamente en línea y las notas de prensa no están en orden pero son fácilmente ubicables. Hacemos esto porque no siempre es fácil buscar este tema en Internet, si uno quiere tener un panorama amplio. Quien lo desee puede agregar nuevas notas al cuaderno, para aportar a esta fuente colectiva. GRAIN no mantendrá ni será responsable por la misma. La mayor parte de los artículos están actualmente en inglés. Land grab notebook (Cuaderno de apropiaciones de tierra): http://tinyurl.com/landgrab2008


[1] Ver GRAIN, “El negocio de matar de hambre”, A contrapelo, Barcelona, abril de 2008, http://www.grain.org/articles/?id=40

[2] “World No-Food Day: cedac said that around 100,000 families in Cambodia lack sufficient food”, The Mirror, Phnom Penh, 18 de octubre de 2008. http://tinyurl.com/58xxgg (en inglés).

[3] Recientemente, el gobierno chino anunció que comprometería 5 mil millones de dólares para que empresas chinas invirtieran en agricultura africana en los próximos 50 años a través del nuevo Fondo de Desarrollo China-África (cadf, por sus siglas en inglés). El cadf es un fondo de capitales privados cuyo accionista es el Banco de Desarrollo de China. Ver T. Michael Johnny, “China earmarks us$5 billion for food production on continent”, The News, Monrovia, 23 de abril de 2008. http://allafrica.com/stories/200804230844.html (en inglés).

[4] China es la cuna de la soja y el mayor consumidor mundial, pero actualmente el país importa el 60% de sus necesidades. En cuanto al maíz, China pronto será un importador neto. Ambos cultivos son esenciales para las crecientes industrias cárnica y láctea chinas.

[5] Ver “Oryza hybrida”, en el blog de GRAIN sobre el arroz híbrido, en gran parte responsable del avance del arroz híbrido chino en tierras extranjeras: http://www.grain.org/hybridrice/?blog (en inglés). En mayo de 2008, en la televisión francesa se realizó una investigación periodística para tfi acerca de cómo incide esto en Camerún: http://tinyurl.com/6ful9s (video y textos solamente en francés).

[6] Citado en Li Ping, “Hopes and strains in China’s overseas farming plan”, Economic Observer, Pekín, 3 de julio de 2008. http://tinyurl.com/5hkzb6 (en inglés).

[7] El informe más detallado lo brinda Li Ping, ibídem.

[8] “Chinese debate pros and cons of overseas farming investments”, Guardian, 11 de mayo de 2008. http://tinyurl.com/66zhq4 (en inglés).

[9] En 2007, los extranjeros representaron 63% de la población de los Estados del Golfo vistos como un todo. En los Emiratos Árabes Unidos representan más de 82%. Se espera que estas cifras crezcan mucho más en los años venideros conforme muchos más trabajadores migrantes ingresan, huyendo de alguna penuria económica o del desempleo en casa.

[10] Margaret Coker, “un food chief warns on buying farms”, Wall Street Journal, 10 de septiembre de 2008. http://tinyurl.com/5uahmp (en inglés).

[11] India consume anualmente 11 millones de toneladas de aceite comestible e importa la mitad de su consumo. Las importaciones son principalmente de aceite de palma proveniente de Indonesia y Malasia, más aceite de soja de Brasil, Paraguay y Uruguay. En cuanto a las legumbres, India consume anualmente entre 18 y 19 millones de toneladas de lentejas e importa un cuarto de ellas.

[12] Cleofe Maceda, “uae signs MoU with Philippines to ensure food supply”, Gulf News, 22 de Julio de 2008. http://tinyurl.com/5uts7a (en inglés)

[13] Citado en AgCapita Newsletter, AgCapita Partners, Calgary, 25 de julio de 2008. http://tinyurl.com/6e9zjb (en inglés).

[14] Citado en Catherine Belton, “Agriculture: The battle to bring more land into production”, Financial Times, Londres, 30 de septiembre de 2008. http://tinyurl.com/6yxebd

[15] Herbert Boh, coordinador de Comunicaciones, Banco Mundial, entrevistado por Howard Lesser, Voice of America, el 14 de octubre de 2008. http://tinyurl.com/6knzgq. La cfi del Banco se jacta con orgullo de que el año pasado cambió las leyes de propiedad de la tierra de Sierra Leona para que los extranjeros pudieran obtener el control. Ver el informe del Servicio de Asesoría en Inversión Extranjera sobre el África  subsahariana en http://tinyurl.com/6bp4bk (en inglés).

[16] “Pakistan eyeing corporate farming amid rising wheat crisis”, Kuwait News Agency, 11 de octubre de 2008. http://tinyurl.com/63dhlh (en inglés).

[17] Land Centre for Human Rights, “Once more the farmers of the village of El-Mrashda are standing in the face of the blowing wind.… Who will protect their rights”, Cairo, 15 de octubre de 2008. http://www.lchr-eg.org/112/08-36.htm (en inglés).

[18] “Merauke mega-project raises food fears”, Down to Earth, núm. 78, Londres, agosto de 2008. http://dte.gn.apc.org/78dpad.htm (en inglés).


Anexo – Los acaparadores de tierra en busca de la seguridad alimentaria y financiera-2008




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