Los migrantes de la globalización

23 11 2008

Alicia Neuburger

Ponencia presentada en el IX Congreso de Psicología Social de la Liberacion, realizado los días 14, 15 y 16 de noviembre en San Cristobal de las Casas, Chiapas.

publicado en liber-accion.org

Introducción

Las grandes movilizaciones de personas que se desplazaban en el pasado desde sus lugares de origen hacia otros sitios, considerados -o fantaseados- mejores, buscando un futuro posible, no se distinguen mayormente de los millones que se desplazan hoy buscando lo mismo. Sin embargo, existe una diferencia: si antes la emigración, además de la búsqueda de trabajo, seguridad, huída de las pestes y de las guerras, también significaba la exploración de otras culturas, lejanas y fascinantes por lo disímiles, hoy entraña casi exclusivamente una masiva operación de sobrevivencia.

Los migrantes de estos tiempos son producto de la pobreza extrema, la violencia, la exclusión y el miedo.

Desde hace casi tres décadas, el capitalismo industrial en crisis comenzó a imponer su receta única de ajuste estructural sustentada, como sabemos, en tres componentes eufemísticos: apertura de los mercados, modernización del aparato del Estado y flexibilidad laboral; esta situación ha significado la progresiva desaparición de las economías nacionales, el abandono por parte del Estado de sus funciones de garante del cuidado y la protección de sus ciudadanos -para convertirse en soporte del desarrollo económico de empresas que resultan viables para la competencia internacional-, y una tasa de desocupación en aumento constante.

La producción de subjetividad y las formas actuales de lo social

El proceso de subjetivación-individuación consiste en un largo camino que involucra una región de lo social y lo cultural, una temporalidad determinada históricamente, y las articulaciones mediadas por las formas de crianza, la organización de los vínculos familiares y los procesos de represión y singularización que cada sujeto construya. Estos procesos de individuación y singularización subjetiva, con los que define su identidad, le permiten adquirir al sujeto los recursos mentales y emocionales para actuar en su vida social y su cultura que, a su vez, fueron producidas por éstos. De esta íntima y mutua articulación surge el lazo o enlace social.

Cada sistema produce los sujetos que necesita para perpetuarse a través de la proyección e imposición social de ideales normativos culturales que lo legitimen y de su instrumentación.

Diversos autores contemporáneos han señalado repetidamente los rasgos sobresalientes de las subjetividades actuales y sus efectos concomitantes en las formas de socialidad ( Entre otros R. Sennett; E. Galende; A. Green )

Me interesa detenerme aquí en el crecimiento del individualismo y de los rasgos narcisistas, en la creciente pasivización individual y en el terror a la exclusión como vivencia generalizada. Más allá de ciertas diferencias culturales y regionales, es en las culturas urbanas en donde se ha podido registrar con mayor claridad su curso.

Desde siempre, el capitalismo industrial produjo, junto a los objetos para ser consumidos, la necesidad humana de consumirlos. Pero ahora, la relación de consumo se ha convertido en un valor en sí mismo, autónomo con respecto a las subjetividades; se ha apoderado de ellas, igualándolas en sus necesidades, hábitos culturales y valores. Este consumo produce masificación en un doble sentido: por la uniformidad de objetos que produce y por el apoderamiento homogeneizante de las subjetividades.

La subjetividad actual se vuelca cada vez más sobre sí misma; el individualismo -o la exacerbación de la individualidad- lleva al aislamiento social y a formas pasivas de alteridad. Indiferente con respecto a lo social, la subjetividad actual se retira de lo público y se repliega hacia lo privado.

El individualismo posibilita la masificación. El crecimiento de los rasgos narcisistas se expresa en los comportamientos hetero y autoagresivos, en el egoísmo y en el desinterés hacia lo colectivo.

La exclusión social no es una consecuencia indeseada del desarrollo, sino que está presente en la misma lógica del sistema: el mercado permite el acceso de quienes están en condiciones de incluirse en él, que entonces adquieren el estatus de ciudadanos. Aquellos que no tienen condiciones de participar en el mercado, no existen como tales, son simplemente habitantes de una ciudad, la pueblan como parte de una masa indiferenciada, y así son tratados públicamente.

La anonimización del poder real y su traslado al mercado sitúa a cada individuo -su vida, su trabajo, sus proyectos- con relación al mundo global, donde se deciden la política, la economía y la cultura. Junto a esta situación se concibe la emergencia de formas insólitas de corrupción generalizada y rapiña legitimada.

En este contexto, el terror a la exclusión social ya no se limita a la existencia de una cantidad de ciudadanos que pierden, o han perdido, por sus condiciones de marginación real, sus derechos a los intercambios económicos, sociales y simbólicos. El miedo se ha instalado en todos: miedo a perder el trabajo, miedo a no encontrarlo otra vez, miedo de los más viejos a ser desplazados laboralmente por los más jóvenes, miedo a no poder darles educación a los hijos, miedo a enfermarse y a no tener cobertura, miedo a un futuro teñido de incertidumbre.

El terror a la exclusión se ha instalado en las subjetividades: es el sentimiento de desamparo -que remite a la vivencia arcaica de amparo-desamparo- el que expresa la fragilización de la existencia y actúa como un factor importante de disgregación social.

El malestar que implica vivir en la cultura, se ha convertido en un generalizado malestar sobrante.

La cuestión del Otro y los inmigrantes

Es en el Otro donde nos reconocemos a nosotros mismos, es el Otro el que pone al descubierto la relación de cada sujeto consigo mismo -a través de las identificaciones-.

El proceso de constitución de la subjetividad tiene sus momentos claves en la infancia, pero se sigue sosteniendo en esa relación con el Otro a lo largo de nuestra vida. Es el Otro el que nos reconoce y nos nombra desde el inicio y es ese Otro separado y ligado por representaciones y afectos del que dependemos, al que necesitamos, el que nos compromete a renuncias y aceptaciones, y marca nuestra vida con apegos y pérdidas.

Es en las diferencias del Otro -del semejante- donde reconocemos, con dolor, nuestro límite, nuestra indefensión, nuestra mortalidad.

El Otro nos obliga a un trabajo constante de intercambios conflictivos, porque nos satisface y nos frustra; por eso, es amado y odiado.

Los afectos amorosos y agresivos, en distintos grados de combinación, están presentes, como sabemos, en todo vínculo humano -en la pareja, en la amistad, en la familia y en el grupo social-.

Ambos, el yo y el Otro, según su devenir histórico singular y colectivo del amor y el odio, del amparo y el desamparo, del trauma y la reparación, irán inscribiendo sus tiempos y sus espacios potenciales de la destructividad-solidaridad, de la exclusión-inclusión.

Ese Otro en uno mismo, la alteridad en uno, ese dominio extranjero interior del que hablaba Freud, está desde siempre presente. Es “lo otro” en uno y de uno.

El Otro y “lo otro”, extranjeros, a veces cercanos, auxiliares, a veces enemigos, están dentro y fuera, en la intimidad y la alteridad.

Cuando el Otro, el extranjero, el desconocido, el que habla otra lengua aunque hable la misma, irrumpe en nuestra realidad, convoca siempre nuestro asombro y nuestros miedos, y desafía nuestras certezas identificatorias.

Si su irrupción es masiva y continua, y nuestra realidad incierta, será percibido, en general, como amenaza, y tratado como tal, ya que podrá ser investido de todo aquello que nos resulta intolerable -adentro y afuera de nosotros-.

Históricamente, los inmigrantes, como los pobres, han sido considerados como grupos fragilizados por sus condiciones de marginalización y vulnerabilidad general, y la humanidad ha recurrido, sobre todo en momentos de cambio civilizatorio, a su exclusión y su aniquilación. En el nombre de algún bien, y para evitar algún mal, se han legitimado masacres y genocidios con los argumentos de limpiezas étnicas o sociales; ahora se siguen legitimando en el nombre de la seguridad y la guerra contra el terrorismo-.

Sobre algunos mitos actuales y su función

Desde el hombre primitivo, que sólo contaba con sus sentidos para percibir y explicarse la realidad, hasta nuestros días, los mitos, como construcciones ilusorias, han servido para explicar lo inexplicable, o aquello que no se puede o no se quiere ver.

Con relación a los procesos de inmigración -tanto externa como de movilidad interna-, la tendencia en aumento del poder ha sido la de considerarlos no como un fenómeno natural e inevitable a lo largo de los tiempos, sino como “un problema” que hay que resolver con los mismos mecanismos autoritarios -de control y represión- con los que se intenta “resolver” la inseguridad y la violencia social.

La impotencia de los poderes de los Estados para enfrentar los grandes problemas actuales y asumir sus responsabilidades -por las razones ya expuestas- también se evidencia en la imposibilidad de asumir la realidad de los fenómenos migratorios masivos, tanto en los países emisores -los más empobrecidos- como en los receptores -en general los más ricos-.

Para los países emisores, la salida de una cantidad considerable de población necesitada y carenciada constituye un alivio y una posibilidad de disminuir la presión social interna. Se desentienden en general de sus ciudadanos una vez que cruzaron sus fronteras -no importa cómo las hayan cruzado-, y el “problema” pasa a ser de los países o regiones receptoras. Su intervención en situaciones legales o penales de los nacionales fuera del país se reduce, prácticamente, a discursos retóricos y actuaciones meramente formales. Las remesas constituyen, por otro lado, un importante beneficio adicional.

Los países receptores, a través de los medios masivos, irradian un discurso hegemónico o paranoide, de concepción racista y xenófoba, que permite justificar la violencia de un orden social que, para perpetuarse, termina generando una intensa dosis de crueldad.

Dos de los mitos más difundidos alrededor de los inmigrantes, que varían en su intensidad de atribución según ciertas etnias y nacionalidades, son los siguientes:

– El aumento de la inmigración -sobre todo ilegal- es responsable del aumento de la inseguridad interna y de la delincuencia organizada (mafias).

El concepto de ilegal -indocumentado- es asociado en general con el de delincuente, y en muchos países centrales con el de posible terrorista, por lo tanto es una potencial amenaza para la seguridad interna. Para avalar esta afirmación, los medios se dedican a difundir reiteradamente cifras y datos -en general de fuentes “confiables”- que aumentan al ritmo del aumento de la pobreza y el descontento.

Los indocumentados lo son por las cada vez más crecientes políticas de control estatal para que puedan acceder a la legalidad, y porque habitualmente no tienen recursos económicos para obtener ese estatus legal por sus mismas condiciones de exclusión -que los hicieron emigrar de sus países-. La legalidad, para ellos, se convierte casi en un imposible.

En la población migrante más joven, estas mismas condiciones de exclusión socioeconómica y educativa, y la desesperanza de cambiarlas, generan, a veces, la emergencia de conductas sociales delictivas, potenciadas por el consumo de drogas fuertes. Estas conductas, por otra parte, son cada vez más frecuentes en las poblaciones excluidas de adolescentes y jóvenes locales.

La existencia de las mafias no es nueva, pero actualmente también se han globalizado y constituyen redes transnacionales como cualquier corporación, y a veces aliadas con éstas, con un alto grado de impunidad.

– Los inmigrantes provocan la desocupación de los nacionales.

La perversión actual del mercado laboral, en su carrera enloquecida para reducir los costos y aumentar la productividad -y las ganancias-, ha encontrado en los inmigrantes indocumentados una salida satisfactoria con beneficios secundarios: la contratación de indocumentados les permite a las corporaciones utilizar y explotar una mano de obra muy barata y abundante, y evadir sus obligaciones fiscales. Los “otros” pueden ser explotados sin consecuencias legales, y por el salario medio de un trabajador se consiguen dos y a veces hasta tres -si son mujeres o menores-.
En el imaginario colectivo, lo que se percibe es que los inmigrantes son los culpables del aumento del desempleo -las doblemente víctimas de la exclusión, en sus países de origen y en los de acogida, se convierten en las responsables de una realidad en la que se invisibilizan y se niegan las causas de la marginalización y la pobreza-.

La transformación de las consecuencias en causas, a través de los mecanismos de naturalización y culpabilización, gestiona un tipo de pensamiento colectivo que permite justificar la pérdida de los derechos económicos, sociales y culturales de una gran parte de la población del mundo, no sólo de los migrantes, y dificulta la gestación de nuevos discursos y prácticas sociales.

Esta lógica opera en las subjetividades generando la desarticulación del tejido social, que no ofrece refugio alguno ante el terror a la fragmentación psíquica.

Los migrantes como objetos de consumo: el tráfico y la trata

El tráfico ilícito de migrantes es definido en la Convención de las Naciones Unidas Contra la Delincuencia Organizada Transnacional (artículo 3 del Protocolo Contra el Tráfico Ilícito de Migrantes por Tierra, Mar y Aire) como “la facilitación de la entrada ilegal de una persona en un Estado del cual dicha persona no sea nacional o residente permanente, con el fin de obtener, directa o indirectamente, un beneficio financiero u otro de orden material”.

Los reclutadores y traficantes de los países y regiones emisoras suelen ser de la misma nacionalidad que las víctimas, y pertenecen a redes internacionales con capitalistas que generalmente tienen mucho poder y por lo tanto gozan de impunidad.

Las mujeres migrantes y los menores no acompañados constituyen el sector más vulnerable para caer en manos de redes criminales de tráfico y trata.

En este momento, prácticamente todos los países del mundo entran en la categoría de emisores, de países de tránsito o de destino, y algunos de ellos son tanto de tránsito como de destino, por ejemplo Venezuela, Tailandia y Japón; algunos, los más ricos, suelen ser básicamente de destino (Estados Unidos, España, Alemania e Inglaterra, entre otros).
La definición de la trata de personas está delimitada con claridad en el artículo 3 del Protocolo para Prevenir, Reprimir y Sancionar la Trata de Personas, Especialmente Mujeres y Niños, que complementa la misma Convención de Naciones Unidas, y es la siguiente:

La captación, el transporte, el traslado, la acogida o la recepción de personas, recurriendo a la amenaza o al uso de la fuerza u otras formas de coacción, al rapto, al fraude, al engaño, al abuso de poder o de una situación de vulnerabilidad o a la concesión o recepción de pagos o beneficios para obtener el consentimiento de una persona que tenga autoridad sobre otra, con fines de explotación.

Esa explotación incluye la explotación sexual, especialmente de mujeres, la prostitución forzada, la explotación sexual infantil, los servicios y trabajos forzados, la esclavitud o sus prácticas análogas, la servidumbre y la extracción de órganos.

Según estimaciones de Naciones Unidas, la cantidad de mujeres víctimas de la trata alcanza anualmente a 4 millones en el mundo, traficadas ilícitamente de un país a otro o al interior de los países; y el negocio de la trata, según ese mismo Organismo, producía en el año 2000 de 5 mil a 7 mil millones de dólares anuales. Según otra estimación reciente de UNICEF, en América Latina, alrededor de 2 millones de niñas, niños y adolescentes son víctimas de la explotación sexual y laboral, dentro y fuera de sus países de origen.

El tráfico y la trata se articulan en redes nacionales y transnacionales, la globalización del negocio produce cada vez más ganancias, y cada vez se consumen más seres humanos para el entretenimiento, el turismo sexual y la explotación laboral; hombres, pero sobre todo mujeres, adolescentes, niñas y niños son comprados y vendidos una y otra vez, secuestrados, desaparecidos y envilecidos, destruidos sus cuerpos, sus mentes y sus vidas, porque se han convertido en uno de los negocios clandestinos más redituables, casi emparejado con el tráfico de drogas y de armas.

La cifras de este mercado de la carne no pueden ser exactas, porque se trata de un mundo oculto, silenciado por la complicidad de muchos grupos de poder, incluso estatales, y los miedos de sus víctimas.

El uso y el consumo de los cuerpos crece y se expande al mismo tiempo que el consumo global de objetos, y sus víctimas, los miserables, los más desprotegidos, la mayoría migrantes, son violentadas, abusadas, torturadas y asesinadas si intentan escapar o denunciar a sus tratantes. Sin embargo, ningún Estado del mundo ha declarado la guerra contra la explotación sexual comercial ni contra la violación de millones de niñas y niños, ni tan siquiera la guerra contra los “coyotes” o “polleros”, como en América Latina se llama a los traficantes de personas. En este “excelente” negocio global, en el que están implicados, directa o indirectamente, la mayoría de los Estados, por acción u omisión, bien vale la pena el sacrificio de unos cuantos millones de seres humanos.

Reflexiones finales

Hoy nos enfrentamos a los dispositivos más despiadados e indiferentes, a las verdades desnudas de los modos en los que se produce la destrucción de las sociedades, las leyes y la vida.

Tres cuartas partes de la humanidad conocen el terror cotidiano cuando se ven reducidos a un estado de mera sobrevivencia, donde lo único que pueden esperar es llegar vivos y vivas al día siguiente. A esta parte de la humanidad pertenece la mayoría de los migrantes de hoy. Desplazados, refugiados, migrantes forzosos, hombres y mujeres, niños y niñas, indígenas, africanos, asiáticos, caribeños, centroamericanos y sudamericanos, dispersándose por el mundo, juntándose y mezclándose con los otros excluidos y hambreados, provocando las reacciones de xenofobia paranoide que, en un encadenamiento perverso, suelen provocar también los atentados terroristas.

Desgarrados por la partida y la pérdida de sus vínculos, desarraigados de su origen, considerados como uno de los grandes problemas del siglo XXI, encarnan paradójicamente con sus diferencias el germen de un mundo futuro distinto, menos homogeneizado, más diverso y solidario. Nada los detendrá, por más muros que se levanten y fronteras que se cierren, seguirán llegando, expresando la fuerza de la vida, inexorable, a pesar de las tragedias y las pérdidas, confrontando a una parte del mundo con su propia miseria. Quizás representen, sin saberlo, el comienzo de una revolución espontánea, de objetivos modestos pero de grandes proyecciones; aquello diferente que amenaza puede convertirse en parte de un mundo menos temeroso y más solidario.

Referencias bibliográficas

Freud, S. (1968) El malestar en la cultura. Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid.
— (1968) Introducción al narcisismo. Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid.

Galende, E. (1998) De un horizonte incierto. Paidós, Buenos Aires.

Garzón, B. (2002)Cuento de Navidad. Prometeo, Buenos Aires.

Green, A. (1990) De locuras privadas. Amorrortu, Buenos Aires.

Instituto Interamericano de Derechos Humanos (2004). Migraciones y derechos humanos. San José.

Sennett, R. (1987)El declive del hombre público. Península, Barcelona.

Yampey, N. (1982) Migración y transculturación. Galerna, Buenos Aires.


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