Aspectos psicosociales de la experiencia migratoria

23 11 2008

Ignacio Dobles, Vilma Leandro, Gabriela Vargas

Ponencia presentada en el IX Congreso de Psicología Social de la Liberacion, realizado los días 14, 15 y 16 de noviembre en San Cristobal de las Casas, Chiapas.

publicado en liber-accion.org

La migración, en primer lugar, implica el cambio, que en su vertiente personal y social, toma muchas caras. Migrar es definido por cambios de geografía, y conlleva cambios de circunstancias y cambios de sostenes afectivos.. De inmediato, retomando la acepción clásica del término popularizado por Erikson de la “identidad” (de la continuidad en los cambios) surge el tema de cómo dilucidar la continuidad, personal y social, en medio de estas transformaciones.

Puede parecer una afirmación extraña, pero quedamos con la sensación, al revisar textos en que se han transmitido experiencias de investigaciones, que los grandes ausentes tienden a ser, precisamente, los y las migrantes, en cuanto a sus prácticas concretas, sus visiones de mundo, sus esperanzas, sus estrategias, sus perspectivas, y, tambien, sus proyectos y acciones colectivas.Es preciso entender mejor los procesos implicados en estrategias de adaptación, o de redefinición de proyectos individuales y/o familiares o colectivos. Destacamos, al respecto, el estudio de Briget Hayden (2005) acerca de salvadoreños y salvadoreñas que estuvieron desplazados en el país durante los años ochenta y noventa.

En tanto partimos, siguiendo a Lifton (1982), de que las personas migrantes en Costa Rica han tenido que afrontar una serie de desafíos y de dilemas, y lo han hecho como seres humanos activos, que producen acciones y también significados, queremos aquilatar de forma más específica sus prácticas sociales y sus producciones discursivas acerca de su experiencia migratoria, y, por otro lado, su enfrentamiento de núcleos problemáticos (Dobles y Leandro, 2006). Interesa, también, establecer patrones comparativos, en las condiciones de vulnerabilidad ya mencionadas, entre la vivencia nicaragüense y la colombiana, destacando también, como se desprende de los antecedentes revisados, la dimensión de género.

Siguiendo a Lifton (1993), en cuanto intenta establecer una relación entre el sujeto y las condiciones y coyunturas históricas, sociales y culturales que enfrenta, tenemos que quienes migran, por definición, se encuentran ante una situación de dislocación, que remueve y resignifica referentes, claves sociales y pautas de acción. En esta dislocación se dirimirá, como comentaremos a continuación, la disyuntiva identitaria de continuidad-discontinuidad, (Morales y Vargas, 2008) y también establecerán su presencia diversas influencias culturales e ideológicas, presentándose también, según establece Lifton, una dimensión psicobiológica marcada por el paradigma vida-muerte (sobre todo en lo simbólico), en que se vuelve crucial diferenciar aquello que inmoviliza, desintegra y desconecta de los demás al migrante (y en las poblaciones receptoras), y lo que opera en sentido contrario.

Esta perspectiva implica ubicarnos en lo que el autor denomina “equivalencias de la muerte”, que en el plano simbólico tienen que ver, en lo fundamental, con la desintegración, la falta de conexión, y la carencia de movimiento (Lifton, 1982,1993). En el encuentro entre grupos humanos, implicado necesariamente en el fenómeno de la migración, y agravado en contextos de poderes diferenciados, estas imágenes o motivos pueden tener un altísimo impacto, por ejemplo estableciendo distancia física y/o emocional con migrantes o movilizando sentimientos sobre la base de la “desintegración” fomentada por la llegada de elementos “impuros” o “contaminantes”. En contraste, podemos mencionar las instancias de solidaridad y acogida, o el enriquecimiento de la vida cultural y social (generando movimiento, cambios) con la hibridización y la novedad del encuentro con lo diferente.

Por otro lado, para el ser humano que migra, particularmente en situaciones de vulnerabilidad como las que hemos venido discutiendo, se configura una situación en que debe establecerse, forzosamente, una nueva articulación entre su propio pasado, presente, y su posible futuro. El horizonte temporal, con todo lo que conlleva, forma parte indeclinable de la estructura identitaria, y, también se vincula con la producción de la memoria, y la articulación personal y colectiva, así como narrativa. Las personas que han llegado a un nuevo territorio, que han tenido que establecer nuevas relaciones y formas de vida, participaban en redes relacionales, construían determinados proyectos de vida, tenían una serie de expectativas, personales, familiares, sociales, y la “dislocación” de la situación de migración, por precariedad social o por seguridad personal o familiar, ha desordenado o alterado este andamiaje. La persona se encuentra ante la necesidad de rearticularse como ser social, y de paso, redefinirse como ciudadano (a), aunque sea como “ciudadano (a) del mundo”.

Esta dimensión, que implica establecer relaciones entre la vivencia individual en el marco de relaciones sociales específicas y los contextos histórico-culturales-sociales, lleva, en última instancia, a posicionar al sujeto ante la historia colectiva, de grupos, sectores sociales, naciones. En su reacomodo psicohistórico, por decirlo de alguna manera, se pondrán en juego las creatividades, las capacidades, en fin, el carácter activo y productivo del ser humano. Esto, que se puede acercar en parte a lo que se ha denominado con algo de vocabulario tecnocrático “resiliencia” es lo que creemos ha estado en buena medida ausente de los estudios, las investigaciones y las discusiones en torno al tema migratorio. Por lo discutido en una sección anterior, podemos incluso afirmar que cuando ha sido contabilizado o registrado tiende a hacerse en clave negativa, muchas veces para afirmar el carácter “delincuencial” de quienes han migrado.

Rodriguez Mora (1999), psicóloga venezolana, quien también ha trabajado el tema de la migración forzada, señala desde la perspectiva de continuidad en el cambio, que acontecimientos como el exilio y el refugio, en la vida de las personas, suponen una reconstrucción de la identidad que se lleva a cabo apelando a nociones del pasado. Para esta autora, las prácticas comunicativas tienen una especial importancia, ya que son las que mediatizan las interacciones sociales, en este sentido: “La historia está presente no como anécdota o mero relato, sino como construcción crítica actualizada continuamente”(1999, )

En este marco psicohistórico y psicosocial que esbozamos debe considerarse, además, lo siguiente:

1. Los cambios:

La migración, en primer lugar, implica el cambio, que en su vertiente personal y social, toma muchas caras. Migrar es definido por cambios de geografía, y conlleva cambios de circunstancias y cambios de sostenes afectivos.. De inmediato, retomando la acepción clásica del término popularizado por Erikson de la “identidad” (de la continuidad en los cambios) surge el tema de cómo dilucidar la continuidad, personal y social, en medio de estas transformaciones.

Evidentemente, hay muchas maneras de “migrar”, incluso sin moverse de lugar, pero el traslado a otro territorio hace que los cambios tengan un carácter totalizante, y muchas veces las consecuencias de esta desestructuración adoptan características inesperadas. Hemos visto, por ejemplo, como en una familia de refugiados en que un niño que era el ejemplo de lo “correcto”, al trasladarse a Costa Rica el núcleo familiar, se altera, llegando a presentar problemas de conducta, de relación con el resto de los miembros de la familia, etc. El punto es que el cambio puede desestructurar a todo el sistema, y aparecen grietas inesperadas. Evidentemente, no es lo mismo tener un período llamémoslo de “inducción”, de preparación e inserción en la situación migratoria que tener que improvisar, o precisar actuar con urgencia ante peligros. En esta segunda condición la desestructuración es mayor, y posiblemente las consecuencias psicológicas también lo sean. Esto está determinado, al menos en parte, como ya hemos visto, por las políticas migratorias de los países receptores.

El cambio muchas veces es difícil, presentando serios retos a las personas, lo particular de los cambios en la migración es que se pierden los “puntos de anclaje”, los referentes que dan seguridad, situación que se agrava si se va a una tierra donde se habla un idioma extraño o las costumbres son demasiado diferentes. El asunto se agudiza, también, si en el contexto político, económico o psicosocial se presenta al migrante como “amenaza”. Ya hemos discutido como en contextos de crisis o inestabilidad, parece fácil movilizar miedos y actitudes y acciones defensivas.. Lo que se desprende de esto, es que hay cambios para los migrantes, pero también para quienes reciben.

En esta línea, Rodríguez Mora (1999), menciona que en el caso del refugio y el exilio la protección de las vidas de los migrantes ocurre a costa precisamente de “la existencia constitutiva de sus proyectos vitales”, y en ese sentido se trata de experiencias paradójicas. La propia vulnerabilidad queda expuesta en el desplazamiento mismo. Hay que irse para sobrevivir, pero al marcharse se debe renunciar a una parte de la vida que durante mucho tiempo funcionó como elemento estabilizador y cohesionador del sí mismo y de las interacciones sociales. Incluso afirma, que esta situación puede desembocar en lo que Martín-Baró llamó trauma psicosocial:

“En el caso de los refugiados, la ruptura abrupta de la historia personal y colectiva es experimentada como un abismo entre pasado y presente. Esta ruptura impacta el mundo colectivo, la historia y las instituciones, así como la identidad: las definiciones básicas de quiénes son y qué da sentido a sus existencias” (Rodríguez Mora, 1999, p. 321).

En el terreno de la migración, y sobre todo de la forzada, es claro que, todo esto se ve alterado “y la consecuente pérdida de la matriz social transforma la vida en el país de origen en un ‘asunto inacabado” (1999, 324).

2. El desarraigo:

Implica ser “arrancado de raíz”, perder los puntos de referencia. El desarraigo implica no sentirse seguro en el terreno en que se está parado, y es, por supuesto, tema central de la experiencia de migración. También puede ocurrir, sin necesidad de desplazamiento geográfico, en otras situaciones de “dislocación” o de cambios bruscos en la forma de ser o en las circunstancias. Las reacciones a este desarraigo pueden ser muy variadas: pueden implicar la idealización del país que se dejó, o la idealización del país a que se llegó ( en detrimento del país de origen), al punto de intentar “despistar” acerca de los orígenes propios o “camuflar” lo que podría ser objeto de estigmas( ) El desarraigo puede implicar paralización, o, más bien, hiperactivismo (hacer, hacer y hacer para no tener que pensar), puede implicar culpa, etc. y por supuesto depende mucho de las circunstancias sociales en que se desarrolla la experiencia. Podemos referirnos aquí de nuevo a las políticas de migración de los países receptores, y en el caso nuestro podemos recordar, como hicimos al inicio, la forma en que los objetivos de integración y de adaptación fueron diluyéndose y diluyéndose hasta casi desaparecer del todo de la nueva Ley de Migración aprobada a finales del 2005.

La matriz propuesta por estos autores tiene así dos dimensiones: de valoración o desvaloración de la propia cultura, o de aquella a que se llega; sin embargo, consideramos que habría que agregarle dos elementos: primero, si un acontecimiento, por ejemplo la separación, es un fenómeno deseado o no por el grupo o el individuo, y, en segundo lugar, un análisis del poder que tendrían los grupos en cualquiera de las variantes (Martín-Baró, 1989). Por ejemplo, la separación puede ser deseada por el propio grupo, como una forma de mantener y sostener pautas culturales o sociales, o puede ser impuesta por sectores dominantes, haciendo uso de poderes fácticos. Ejemplo claro fue el sistema de Apartheid en África del Sur. Las características culturales e identitarias del grupo étnico, nacional o cultural de pertenencia tendrán un impacto en la vivencia de la migración, y, a la vez, en el caso de migrantes que se estabilizaron en otras tierras, puede generar situaciones intergeneracionales sumamente complejas e interesantes (Briceño, 2003), como las de “búsqueda de la raíz” (“La Raza” de los chicanos, por ejemplo), con la paradoja a cuestas de haberla desplazado hace ya tiempo.

3.  La diversidad de la migración

Como hemos evidenciado ya con los antecedentes investigativos comentados, las experiencias migratorias están selladas por la diversidad, y esto empieza, como ya hemos señalado, por el tipo de migración: temporal o más permanente, en situaciones de peligro o en situaciones distendidas, como refugiado, asilado o como migrante económico, la edad, el status social, la profesión, las características raciales y étnicas, el lugar de ubicación, las condiciones en que se arriba, las redes de apoyo. Como también hemos comentado ya, no hay que menospreciar las diferencias por sectores: hombre o mujer, niños o niñas, edad (personas mayores, por ejemplo), procedencia rural, procedencia urbana. A los niños y niñas, por ejemplo, no se les suele hacer partícipes de la decisión de migrar, ni de las condiciones en que se efectúa la migración. Incluso, cuando ya es un hecho consumado, se les suele retener información “por su propio bien” lo que no necesariamente es la estrategia más adecuada: “solamente vamos a dar un paseo”.

La experiencia migratoria, por otro lado, puede ejercer una fuerte tensión sobre roles familiares o genéricos ya enraizados, cuando, por ejemplo, el hombre se ve afectado en su rol tradicional de “proveedor” al enfrentar  dificultades laborales. En este terreno la experiencia migratoria puede, por necesidad, crear escenarios insospechados; examinemos la experiencia de  hombres de la zona de Los Santos de nuestro país, o de otras localidades, que terminan haciendo en Estados Unidos lo que nunca harían en su localidad de origen, como lavar platos (Dobles, 1997) En este orden de cosas, refiriéndonos de nuevo a las políticas migratorias en nuestro país, delineadas en la Ley de Migración, se ha criticado duramente a este instrumento no sólo por privilegiar una óptica clasista y de “seguridad nacional”, sino también por carecer de perspectivas de género, o de los derechos de los niños y las niñas.

4. El asunto de las identidades

El concepto de identidad, ya mencionado, es muy importante para esta discusión, entendiéndolo como constructo dinámico, como aquella noción de buscar la “continuidad en el cambio” (Dobles, 1995), y en relación con la identidad nacional, como señala Montero (1984), como la identificación de aquello que hace que las personas se reconozcan biográficamente en otros, al compartir territorio, religión o cultura. La migración pone en tensión las identidades, que aunque sean imaginarias son imaginarios con consecuencias  reales, y esta tensión no es sólo para aquellos que migran, sino también es para aquellos que reciben, que de una u otra forma se encontrarán ante la presencia del OTRO, de lo diferente, y este “otro” puede verse como recurso, como benévolo, como “pobrecito”, como hermano, o como “amenaza”, “plaga” o “invasión”.

Cabe señalar, también, que el concepto de identidad, entendido en sentido dinámico y como proceso siempre en construcción, en su vertiente social, refiere necesariamente a los otros grupos (Martín-Baró, 1989). El sujeto que migra pone en tensión estos aspectos identitarios: puede actuar con rechazo, con nostalgia, con negación, con redefiniciones, asumiendo “encargos”, con culpa, etc. y puede enfrentar diferencias en su propia familia al respecto. También pueden presentarse procesos de hibridización, o crearse fenómenos totalmente nuevos (Los “cruzados” que encontró en su investigación de tesis con nicaragüenses hijos de migrantes Gustavo Briceño, 2003), y las migraciones pueden estar también cruzadas, de una u otra manera, por meta narrativas que le brinden un sentido a la experiencia: la idea del “progreso social” (“Me sacrifico por el futuro de nuestros hijos”), por ejemplo, o de la “paz”. El migrante se enfrenta, por otro lado, a un presente exigente, con un pasado que lo marca y ante el cual se posiciona, y con un futuro incierto. Como parte crucial de lo identitario, se ponen en tensión los referentes de la memoria de los sujetos, que se dirime siempre asentada sobre marcos sociales determinados (Halbwachs, 2004). Las memorias colectivas, al romperse fibras sociales, tejidos comunitarios o familiares, al cambiar situaciones vitales, pueden verse fuertemente  sacudidas.

La pertenencia nacional, en su dimensión identitaria cobrará otro  significado en el nuevo escenario. Así como puede despreciarse o “mistificarse”, esencializándose, se convierte en muchos casos en recurso  para salir adelante, para desde ahí tener mayores posibilidades de interlocución con la sociedad mayor (Canevaro, 2006).

Para Rodríguez Mora (1999), el tema de las identidades está íntimamente relacionado con el sentido de continuidad y la dimensión dialógica, ya que, lo que permite continuar con la vida, es la participación de los sujetos en las interacciones sociales por medio de las prácticas comunicativas: “La construcción de las identidades emerge de esta cualidad relacional estructurada y estructurante de la vida social”. (1999, 321). Según esta autora, uno de los temas fundamentales a estudiar es el logro de continuidad temporal: “¿cómo incorporar los cambios sin amenazar la semejanza?”. Para la autora, el centro del tema de la identidad gira, entonces, en torno a la búsqueda de esta invariante relacional. A partir de lo anterior, uno de sus principales aportes tiene que ver con la forma en que se aborda y utiliza la dimensión de temporalidad y su vínculo con el discurso. Para ella, en las narrativas de las personas aquellos acontecimientos que se recuerdan en tiempo pasado “anticipan el presente y se constituyen en escenarios para el futuro” (p. 322). Ella las denomina “memorias narrativas”. Este proceso de construcción de narrativas que sostienen y articulan identidades se ve bruscamente interrumpido y amenazado cuando los sujetos se enfrentan a situaciones radicales como es el caso de los refugiados y -diríamos también nosotros- de otras migraciones forzadas.

5. La discriminación, la xenofobia

En casos más extremos, quienes migran pueden enfrentar, al menos en sectores de la población, discriminación, etnocentrismo y xenofobia. Esto puede manifestarse como reacción ante lo “diferente”, ubicándose en la dinámica nosotros/ellos.  Sin embargo, como señala Freud con su concepto del “narcisismo de las pequeñas diferencias” (Freud, 1931/1997), puede producirse también con mucha fuerza entre grupos sociales que son muy parecidos, por ejemplo  entre países vecinos. Puede ocurrir, en algunos sectores, por razones “objetivas”: competencia laboral, pobreza, la necesidad de buscar “chivos expiatorios”, pero también puede ubicarse como una especie de temor a la “desintegración”, como defensa ante una amenaza, como “interpelación a lo propio”. También puede darse el caso de los propios afectados reproduciendo el fenómeno, como forma de  subrayar su propio proceso identificatorio.

Hay que señalar, además, que aunque los casos extremos de xenofobia pueden implicar violencia extrema (asesinato de extranjeros, por ejemplo) la discriminación puede tener manifestaciones más bien sutiles, como en los chistes (Masís y Paniagua, 2007). Mármora distingue tres formas xenofóbicas en la sociedad: la del prejuicio latente, que se encuentra de alguna manera larvada en los diversos estratos, y no suele manifestarse en forma abierta,  la discriminación institucionalizada y lo que llama la “lucha tribal”, por ejemplo, las golpizas o incluso los asesinatos de extranjeros. Por otro lado, como bien dice un estudioso del racismo y los prejuicios (Van Dyjk, 1999) los racistas no suelen autodefinirse como tales.

Lo que no puede perderse de vista es que la discriminación social implica que alguien recibe un trato diferencial (puede ser el “pobrecito” también) por alguna característica adscrita a un agrupamiento social (rasgo étnico, forma de hablar,  rasgos culturales, etc.). Esto lo podemos evidenciar claramente en los chistes. Cada día vemos expresiones de xenofobia y de discriminación, y aunque probablemente hay múltiples expresiones y  acciones que van en sentido contrario también, la existencia de las primeras, a veces fomentada, hasta por personas que ocupan puestos importantes en el aparato estatal,  corroen y minan las posibilidades de convivencias sanas y de respeto a los derechos básicos de todas las personas.

6. La culpa: movilización de afectos de los migrantes

Un último aspecto que quisiéramos mencionar tiene que ver con el comportamiento y los sentimientos de las personas que migran, ante los cambios marcados por la situación de migración, pueden sentir altos grados de culpa, haciéndose responsable incluso de situaciones sobre las cuales realmente no tiene control, por ejemplo en caso de refugiados por situación de peligro inminente, (Grinberg y Grinberg, 1996). Puede ser la suerte de sus compañeros que quedaron atrás, puede ser una obligada separación familiar, puede ser arrepentimiento por algún “error” o incluso porque sus actividades vitales implican riesgo o peligro para su familia. Este sentimiento de culpa no necesariamente se relaciona con algún evento o circunstancia que un observador externo consideraría factible.

Esta culpa puede tener un alto costo personal, puede inmovilizar, sin embargo, como sostiene Lifton (1982), quien desarrolló toda su teoría acerca del “Síndrome del sobreviviente” con sus estudios de sobrevivientes de Hiroshima, puede tener también un aspecto productivo. En todo caso creemos que hay que tener claridad acerca  de la fuerza emocional que consume,  y también de que puede tener un carácter muy poco “racional” en el sentido de que la persona puede sentirse movilizada o inmovilizada por una supuesta responsabilidad personal que no tiene mucho sentido a la luz de un examen detenido de los acontecimientos. Sin embargo, el que no sea racional o no parezca cobrar sentido no quiere decir, como hemos insinuado, que no tenga un costo emocional alto. Es necesario, en la medida de lo posible, trabajar esto con las personas.

Hasta aquí hemos comentado algunos aspectos que consideramos importantes, de raigambre psicosocial, relacionados con la experiencia migrante. Esta, como hemos venido insinuando, no se dirime únicamente en términos de las características de la persona migrante y quienes entran en contacto directo con ella, sino que se ubica en ámbitos sociales, históricos y políticos específicos, lo que debe llevar, necesariamente, a examinarla en relación con estos ángulos diversos de la vida social.

Referencias

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Grinberg, L. y Grinberg, R. (1996) Migración y Exilio. Estudio Psicoanalítico. Madrid: Biblioteca Nueva.

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