La nueva geopolítica de la energía

3 08 2008

Michael T. Klare

11/May/08

publicado en sinpermiso.info

Los estrategas militares estadounidenses se preparan para futuras guerras que habrán de librarse, no por cuestiones de ideología o política, sino en nuda pugna por recursos crecientemente escasos.

Mientras la atención diaria del ejército estadounidense se centra en Irak y Afganistán, los estrategas norteamericanos miran más allá de estos dos conflictos con el objetivo de prever el medio en el que se producirá el combate global en los tiempos venideros. Y el mundo que ven es uno en el cual la lucha por los recursos vitales, más que la ideología o la política de equilibrio de poder, domina el Campo de Marte. Creyendo que los EE.UU. deben reconfigurar sus doctrinas y fuerzas para prevalecer en semejante entorno, los oficiales más veteranos han tomado los pasos necesarios para mejorar su planificación estratégica y capacidad de combate. Aunque muy poco de todo esto ha llegado al dominio público, existe un número de indicadores clave.

Desde el 2006 el Departamento de Defensa, en su informe anual Capacidad militar de la República Popular China, ha puesto a un mismo nivel la competición por los recursos y el conflicto en torno a Taiwan como la chispa que podría desencadenar una guerra con China. La preparación de un conflicto con Taiwan permanece como “una razón importante” en la modernización militar china, según indica la edición del 2008, pero “un análisis de las recientes adquisiciones del ejército chino y de su actual pensamiento estratégico sugiere que Pekín está desarrollando también otras capacidades de su ejército para otro tipo de contingencias, como por ejemplo el control sobre los recursos.” El informe incluso considera que los chinos están planeando mejorar su capacidad para una “proyección de su poder” en las zonas que les proporcionan materias primas, especialmente combustibles fósiles, y que semejantes esfuerzos supondrían una significativa amenaza para los intereses de la seguridad estadounidense.

El Pentágono también pide este año fondos para el establecimiento del Africa Command (Africom), el primer mando unificado transatlántico desde que en 1983 el presidente Reagan creara el Central Command (Centcom) para proteger el petróleo del Golfo Pérsico. La nueva organización centrará sus esfuerzos supuestamente en la ayuda humanitaria y la “guerra contra el terrorismo”. Pero en una presentación en la Universidad Nacional de Defensa, el comandante segundo de Africom, el Vice Almirante Robert Moeller, declaró que “África tiene una importancia geoestratégica cada vez mayor” para los EE.UU. -el petróleo es un factor clave- y que entre los retos clave para los intereses estratégicos estadoundienses en la región se encuentra la “creciente influencia en África” de China.

A Rusia también se la contempla a través de la lente de la competición mundial por los recursos. Aunque Rusia, a diferencia de los EE.UU. y China, no necesita importar petróleo ni gas natural para satisfacer sus necesidades nacionales, busca dominar el transporte de energía, especialmente hacia Europa, lo que ha alarmado a los oficiales veteranos de la Casa Blanca que recelan de una restauración del status de Rusia como superpotencia y temen que su aumento en el control de la distribución del petróleo y el gas en Eurasia debilite la influencia estadounidense en la región. En respuesta a la ofensiva energética rusa, la administración Bush está emprendiendo contramedidas. “Tengo la intención de nombrar… a un coordinador especial de energía que dedicará especialmente todo su tiempo a la región de Asia Central y del mar Caspio”, informó en febrero la Secretaria de Estado Condoleezza Rice al Comité de Asuntos Exteriores del Senado. “Es una parte verdaderamente importante de la diplomacia.” Uno de los principales trabajos de este coordinador, según declaró Rice, será el de fomentar la construcción de oleoductos y gasoductos que circunvalen Rusia con el objetivo de disminuir su control sobre el flujo energético regional.

Tomados en conjunto, éstos y otros movimientos semejantes sugieren que ha tenido lugar un desplazamiento de la política: en un momento en el que el las reservas mundiales de petróleo, gas natural, uranio y minerales industriales clave como el cobre y el cobalto empiezan a disminuir y la demanda de esos mismos recursos se está disparando, las mayores potencias mundiales se desesperan por conseguir el control sobre lo que queda de las reservas sin explotar [para más pruebas sobre la escasez de combustibles fósiles, véase Klare, Preparativos para una vida después del petróleo, 12 noviembre de 2007, y Mark Hertsgaard, Nos quedamos sin gasolina, 12 de mayo]. Estos esfuerzos implican por lo general una intensa guerra de pujas en los mercados internacionales, lo que explica los precios récord que están alcanzando todas estas mercancías, pero también adoptan una forma militar cuando empiezan a realizarse las transferencias de armamento y el despliegue de misiones y bases transatlánticas. Para reafirmar la ventaja de los EE.UU. -y para contrarrestar movimientos similares de China y otros competidores por los recursos- el Pentágono ha situado la competición por los recursos en el centro mismo de su planificación estratégica.

Alfred Thayer Mahan, revisitado

No es la primera vez que los estrategas estadounidenses dan máxima prioridad a la lucha global por los recursos. A finales del siglo XIX un atrevido grupo de pensadores militares liderados por el historiador naval y presidente del Naval War College, Alfred Thayer Mahan, y su protégé, el entonces Secretario Asistente de la Marina Theodore Roosevelt, hicieron una campaña reclamando una Marina estadounidense fuerte, y la adquisición de colonias que asegurasen el acceso a los mercados de ultramar y las materias primas. Sus puntos de vista ayudaron puntualmente a fomentar el apoyo de la opinión pública a la Guerra Hispanoamericana y, a su conclusión, al establecimiento de un imperio comercial estadounidense en el Caribe y el Pacífico.

Durante la Guerra Fría, la ideología gobernó absolutamente la estrategia estadounidense de contención de la URSS y derrota del comunismo. Pero incluso entonces no se abandonaron por completo las consideraciones acerca de los recursos. La doctrina Eisenhower de 1957 y la doctrina Carter de 1980, a pesar de que se acomodaron a la habitual retórica anti-soviética de la época, pretendían sobre todo asegurar el acceso de EE.UU. a las prolíficas reservas petrolíferas del Golfo Pérsico. Y cuando el presidente Carter estableció en 1980 el núcleo de lo que sería más tarde el Centcom, su principal preocupación era la protección del flujo petrolífero del Golfo Pérsico y no la contención de las fronteras de la Unión Soviética.

Al terminar la Guerra Fría, el presidente Bush trató -y falló- de establecer una coalición mundial de estados de ideologías afines (un “Nuevo Orden Mundial”) que mantendría la estabilidad mundial y permitiría a los intereses empresariales (con las compañías estadounidenses al frente) extender su alcance por todo el planeta. Este enfoque, aunque suavizado, fue adoptado después por Bill Clinton. Pero el 11-S y la implacable campaña contra los “estados canalla” (sobre todo contra el Irak de Saddam Hussein e Irán) de la actual administración Bush, ha reinyectado el elemento ideológico a la planificación estratégica estadounidense. Tal y como lo presenta George W. Bush, la “guerra contra el terrorismo” y los “estados canalla” son los equivalentes contemporáneos a las anteriores luchas ideológicas contra el fascismo y el comunismo. Examinados más de cerca estos conflictos, sin embargo resulta imposible separar el problema del terrorismo en Oriente Medio o el desafío de Irak e Irán de la historia de la extracción del petróleo en aquellas regiones por parte de empresas occidentales.

El extremismo islámico del tipo que propaga Osama Bin Laden y Al Qaeda en la región tiene muchas raíces, pero una de las más importantes sostiene que el ataque occidental y la ocupación de tierras islámicas -y la resultante profanación de las culturas y pueblos musulmanes- se debe a la sed de petróleo de los occidentales. “Recordad también que la razón más importante que tienen nuestros enemigos para controlar nuestras tierras es la de robar nuestro petróleo”, dijo Bin Laden a sus simpatizantes en una grabación sonora fechada el diciembre del 2004. “Así que haced lo que tengáis en vuestras manos para detener el mayor robo de petróleo de la historia.”

De manera similar, los conflictos de EE.UU. con Irak e Irán han sido modelados por el principio fundamental de la doctrina Carter de que los EE.UU. no permitirán la aparición de una potencia hostil que pueda obtener en un momento dado el control del flujo petrolífero en el Golfo Pérsico, y con ello, en palabras del vicepresidente Cheney, “ser capaz de dictar el futuro de la política energética mundial.” El hecho de que estos países estén posiblemente desarrollando armas de destrucción masiva sólo complica la tarea de neutralizar la amenaza que representan, pero no altera la lógica estratégica que subyace en el fondo de los planes de Washington.

La preocupación sobre la seguridad de los suministros de recursos ha sido, pues, una característica central en la planificación estratégica desde hace tiempo. Pero la atención que se le presta ahora a esta cuestión representa un cambio cualitativo en el pensamiento estadounidense sólo igualable a los impulsos imperiales que condujeron a la Guerra Hispanoamericana un siglo atrás. Sin embargo en esta ocasión el movimiento está motivado no por una optimista fe en la capacidad norteamericana para dominar la economía mundial, sino por una perspectiva francamente pesimista sobre la disponibilidad de los recursos vitales en el futuro y la intensa competición sobre ellos que están llevando a cabo China y otros motores económicos emergentes. Enfrentándose a este doble reto, los estrategas del Pentágono creen que asegurar la primacía estadounidense en la lucha por los recursos mundiales debe ser la prioridad número uno de la política militar norteamericana.

Regreso al futuro

En línea con este nuevo enfoque, el énfasis se emplaza ahora en el papel mundial que ha de jugar la marina estadounidense. Utilizando un lenguaje que hubiera sonado sorprendentemente familiar a Alfred Mahan y al primer presidente Roosevelt, la Marina, los marines y la guardia costera dieron a conocer en octubre un documento titulado Una estrategia cooperativa para el poder naval en el siglo XXI que resalta la necesidad de los EE.UU. de dominar los océanos y asegurar las principales rutas marítimas que conectan el país con sus mercados de ultramar y reservas de recursos.

En las pasadas cuatro décadas el comercio marítimo mundial se ha cuadriplicado: el 90% del comercio mundial y dos tercios del petróleo son transportados por mar. Las rutas marítimas y la infraestructura costera que las apoyan son la tabla de salvación de la economía global actual. Unas expectaciones de crecimiento cada vez mayores y el incremento de la competición por los recursos unidas a la escasez pueden alentar a las naciones a ejercer cada vez más reclamaciones de soberanía sobre parcelas cada vez mayores del océano, vías fluviales y recursos naturales, resultando de todo ello potenciales conflictos.

Para encarar este peligro, el Departamento de Defensa ha emprendido una modernización total de su flota de combate, lo que supone el desarrollo y obtención de nuevos portaaviones, destructores, cruceros, submarinos y un nuevo tipo de nave de “combate litoral” (armamento de costa), un esfuerzo que llevará décadas completar y que consumirá cientos de miles de millones de dólares. Algunos de los elementos de este plan fueron desvelados por el presidente Bush y el Secretario de Defensa Gates en la propuesta de presupuesto para el año fiscal 2009, presentada el pasado mes de febrero. De los artículos más caros del presupuesto destacan los siguientes:

– 4,2 mil millones de dólares para la principal nave de una nueva generación de portaaviones de propulsión nuclear.

– 3,2 mil millones de dólares para un tercer misil para el destructor clase “Zumwalt”. Estas naves de guerra de camuflaje avanzadas servirán también como banco de pruebas para un nuevo tipo de misiles crucero, los CG(X).

– 1,3 mil millones de dólares para las dos primeras naves de combate litoral.

– 3,6 mil millones de dólares para un nuevo submarino clase Virginia, el navío de combate subacuático más avanzado del mundo, actualmente en producción.

Los programas de construcción naval propuestos costarán 16’9 mil millones el año fiscal del 2009, después de los 24’6 mil millones de dólares votados para el año fiscal 2007 y 2008.

El nuevo enfoque estratégico de la Marina se refleja no sólo en la obtención de nuevos navíos, sino también en la disposición de los ya existentes. Hasta hace poco la mayoría de los activos navales estaban concentrados en el Atlántico Norte, el Mediterráneo y el Pacífico Noroeste en misiones de apoyo a las fuerzas de la OTAN estadounidenses y en virtud de los pactos de defensa con Corea del Sur y Japón. Estos vínculos figuran de manera muy prominente en los cálculos estratégicos, pero se incrementa cada vez más la importancia de la protección de los enlaces comerciales vitales en el Golfo Pérsico, el Pacífico suroeste y el Golfo de Guinea (cerca de los mayores productores de petróleo en África). En el 2003, por ejemplo, el jefe del US European Command declaró que los portaaviones de combate bajo su mando estarían menos tiempo en el Mediterráneo y “la mitad de su tiempo descenderían a la costa oeste de África.”

Un enfoque similar guía la reestructuración de las bases de ultramar, que había permanecido en gran medida intacta los últimos años. Cuando la administración Bush tomó el poder, la mayoría de las bases principales se encontraban en Europa occidental, Japón o Corea del Sur. Por insistencia del entonces Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, el Pentágono empezó a trasladar fuerzas de la periferia de Eurasia hacia sus regiones centrales y del sur, especialmente Europa central y oriental, el centro de Asia y el sudeste asiático, así como en el norte y centro de África. Es cierto que estas zonas son el hogar de Al Qaeda y de los “estados canalla” de Oriente Medio, pero también que contienen el 80% o más de las reservas mundiales de gas natural y petróleo, así como reservas de uranio, cobre, cobalto y otros materiales industriales cruciales. Y, como se ha señalado antes, es imposible separar lo uno de lo otro en los cálculos estratégicos estadounidenses.

Otro punto muy a tener en cuenta es el plan estadounidense para mantener una infraestructura básica para apoyar las operaciones de combate en la cuenca del Mar Caspio y Asia central. Los vínculos americanos con los estados de esta región fueron establecidos años antes del 11-S para proteger el flujo del petróleo del Mar Caspio hacia occidente. Creyendo que la cuenca del mar Caspio sería una nueva fuente valiosa de petróleo y gas natural, el presidente Clinton trabajó aplicadamente para abrir las puertas a la participación estadounidense en la producción energética de la zona, y aunque advertido de los antagonismos étnicos endémicos de la región, trató de reforzar la capacidad militar de las potencias aliadas del lugar y preparar una posible intervención de las fuerzas norteamericanas en la zona. El presidente Bush redobló estos esfuerzos, incrementando el flujo de la ayuda militar estadounidense y estableciendo bases militares en las repúblicas centroasiáticas.

Una mezcla de prioridades gobierna los planes del Pentágono para retener una constelación de bases “duraderas” en Irak. Muchas de estas instalaciones serán sin duda utilizadas para continuar dando apoyo a las operaciones contra las fuerzas insurgentes, para actividades de inteligencia militar y para el entrenamiento del ejército y unidades de policía iraquíes. Incluso si todas las tropas de combate estadounidenses fueran retiradas de acuerdo con los planes anunciados por los senadores Clinton y Obama, algunas de estas bases serían con toda probabilidad mantenidas para actividades de entrenamiento, que tanto Clinton como Obama han afirmado que continuarán. Por otra parte, al menos algunas de las bases están específicamente dedicadas a la protección de las exportaciones de petróleo iraquí. En el 2007, por ejemplo, la Marina reveló que había construido una instalación de dirección y control sobre y a lo largo de una terminal de petróleo iraquí en el Golfo Pérsico, con el fin de supervisar la protección de las terminales de extracción de mayor importancia en la zona.

Una lucha global

Ninguna otra de las principales potencias mundiales es capaz de igualar a los Estados Unidos a la hora de desplegar su capacidad militar en la lucha por la protección de las materias primas de vital importancia. Sin embargo, las otras potencias están empezando a desafiar su dominio de varias maneras. China y Rusia en particular están proporcionando armas a los países en desarrollo productores de petróleo y gas, y están también empezando a mejorar su capacidad militar en zonas clave de producción energética.

La ofensiva china para ganar acceso a las reservas extranjeras es evidente en África, donde Pekín ha establecido vínculos con los gobiernos productores de petróleo de Algeria, Angolia, Chad, Guinea Ecuatorial, Nigeria y Sudán. China también ha buscado acceso a las abundantes reservas minerales africanas, persiguiendo las reservas de cobre en Zambia y el Congo, cromo en Zimbaue y un abanico de diferentes minerales en Sudáfrica. En cada caso los chinos se han atraído el apoyo de estos países proveedores con una diplomacia activa y constante, ofertas de planes de asistencia para el desarrollo y préstamos a bajo interés, vistosos proyectos culturales y, en muchos casos, armamento. China es ahora el mayor proveedor de equipos de combate básicos a muchos de estos países, y es especialmente conocida por su venta de armas a Sudán, armas que han sido empleadas por las fuerzas gubernamentales en sus ataques contra las comunidades civiles de Darfur. Además, como los EE.UU., China ha complementado sus transferencias de armas con acuerdos de apoyo militar, lo que ha llevado a una presencia constante de instructores, consejeros y técnicos chinos en la zona, compitiendo con sus homólogos norteamericanos por la lealtad de los oficiales militares africanos.

El mismo proceso está teniendo lugar en gran medida en Asia Central, donde China y Rusia cooperan bajo los auspicios de la Shanghai Cooperation Organization (SCO) para proporcionar armamento y asistencia técnica a los “istanes” del Asia Central [Kazajstán, Uzbekistán, Turkmenistán, Tayikistán y Kirguizistán], de nuevo en competición con los EE.UU. por ganarse la lealtad de las elites militares locales. En los 90 Rusia estuvo demasiado preocupada con Chechenia como para prestar atención a esta zona, y China, por su parte, estaba concentrada en otras cuestiones a las que daba más prioridad, así que Washington disfrutó de una ventaja temporal. Sin embargo, en los últimos cinco años Moscú y Pekín han concentrado sus esfuerzos para ganar influencia en la región. El resultado de todo ello ha sido un paisaje geopolítico mucho más competitivo, con Rusia y China, unidas a través de la SCO, ganando terreno en su ofensiva para minimizar la influencia estadounidense en la región.

Una muestra clara de esta ofensiva fue el ejercicio militar que llevó a cabo la SCO el pasado verano, el primero de esta naturaleza, en el que participaron todos los estados miembros. Las maniobras involucraron a 6.500 miembros en total, procedentes del personal militar de China, Rusia, Kazajstán, Kirguizistán, Tayikistán y Uzbekistán, y tuvieron lugar en Rusia y China. Aparte de su significado simbólico, el ejercicio era indicativo de los esfuerzos chinos y rusos para mejorar sus capacidades militares, poniendo un fuerte énfasis en lo que se refiere a sus fuerzas de asalto a larga distancia. Por primera vez un contingente de tropas chinas aerotransportadas fue desplegada fuera de territorio chino, un signo claro de la creciente autoconfianza de Pekín.

Para asegurarse de que el mensaje de estos ejercicios no había pasado inadvertido, los presidentes de China y Rusia aprovecharon la ocasión para organizar una cumbre de la SCO en Kirguizistán y advertir a los Estados Unidos (aunque no fuese nombrado) de que no permitirían intromisiones de ningún tipo en los asuntos de Asia Central. En su llamada por un mundo “multipolar”, por ejemplo, Vladimir Putin declaró que “cualquier intento para resolver problemas mundiales y regionales de manera unilateral será en vano.” Por su parte Hu Jintao hizo notar que “las naciones de la SCO conocen con claridad las amenazas a las que se enfrenta la región y deben asegurar su protección por sí mismas.”

Estos y otros esfuerzos de China y Rusia, combinados con la escalada de ayuda militar estadounidense a algunos estados de la región, son parte de una mayor, aunque a menudo oculta, lucha por el control del flujo del petróleo y el gas natural desde la cuenca del Mar Caspio a los mercados de Europa y Asia. Y esta lucha, a su vez, no es sino parte de la lucha mundial por el control de la energía.

El mayor riesgo de esta lucha es que algún día exceda los límites de la competición económica y diplomática y entre de lleno en el terreno militar. No sucederá, desde luego, porque alguno de los estados implicados tome la decisión deliberada de provocar una guerra contra uno de sus competidores, porque los líderes de todos estos países saben a ciencia cierta que el precio de la violencia es demasiado elevado teniendo en cuenta lo que obtendrían a cambio. El problema es, en cambio, que todos ellos están tomando parte en acciones que hacen que el comienzo de una escalada involuntaria sea cada día más plausible. Estas acciones incluyen, por ejemplo, el despliegue de un número cada vez más elevado de consejeros e instructores militares americanos, rusos y chinos en zonas de inestabilidad en las cuales estos foráneos pueden verse atrapados algún día en bandos opuestos en conflicto.

El riesgo es aún mayor si tenemos en cuenta que la producción intensificada de petróleo, gas natural, uranio y minerales es ya en sí misma una fuente de inestabilidad, que actúa como un imán para las entregas de armamento y la intervención extranjera. Las naciones implicadas son casi todas ellas pobres, así que quien controle los recursos controlará las únicas fuentes seguras de abundante riqueza material. Esta situación es una invitación a la monopolización del poder para que las elites codiciosas empleen su control sobre el ejército y la policía para eliminar a sus rivales. El resultado de todo ello es, casi sin excepción, el de la creación de una camarilla de capitalistas instalados a conciencia en el poder que utilizan con brutalidad las fuerzas de seguridad y terminan rodeados de una ingente masa de población desafecta y empobrecida, a menudo perteneciente a un grupo étnico diferente, un caldo de cultivo idóneo para los disturbios y la insurgencia. Ésta es hoy la situación en la zona del delta del Níger en Nigeria, en Darfur y el sur de Sudán, en las zonas productoras de uranio del Níger, en Zimbaue y en la provincia Cabinda de Angola (en la que se encuentra la mayor parte del petróleo del país) y otras muchas zonas que sufren lo que ha sido denominado ya “maldición de los recursos.”

El peligro se encuentra, huelga decirlo, en que las grandes potencias se vean inmersas en estos conflictos internos. No se trata de ningún escenario extemporáneo: EE.UU., Rusia y China están proporcionando armamento y servicios de apoyo militar a las facciones de muchas de las disputas antes mencionadas: EE.UU. está armando a las fuerzas gubernamentales en Nigeria y Angola, China proporciona ayuda a las fuerzas gubernamentales en Sudán y Zimbaue, y así con el resto de conflictos. Una situación incluso más peligrosa es la que existe en Georgia, donde EE.UU. respalda al gobierno prooccidental del presidente Mijaíl Saakashvili con armamento y apoyo militar, mientras Rusia da su apoyo a las regiones separatistas de Abkhazia y Osetia del Sur. Georgia juega un importante rol estratégico para ambos países porque alberga el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan (BTC), un conducto avalado por los EE.UU. que transporta petróleo del Mar Caspio a los mercados occidentales. Actualmente hay consejeros e instructores militares estadounidenses y rusos en ambas regiones, en algunos casos incluso tienen contacto visual los unos con los otros. No es difícil, por lo tanto, conjeturar un escenario en el cual un choque entre las fuerzas separatistas y Georgia conduzca, quiérase o no, a un enfrentamiento entre soldados rusos y americanos, dando lugar a una crisis mucho mayor.

Es esencial que América invierta el proceso de militarización de su dependencia de la energía importada y disminuya su competición con China y Rusia por el control de recursos extranjeros. Haciéndolo, se podría canalizar la inversión hacia las energías alternativas, lo que conduciría a una producción energética nacional más efectiva (con un abaratamiento de precios a largo plazo) y una inmejorable oportunidad para reducir el cambio climático.

Cualquier estrategia enfocada a reducir la dependencia de la energía importada, especialmente el petróleo, debe incluir un incremento del gasto en combustibles alternativos, sobre todo fuentes renovables de energía (solar y eólica), la segunda generación de biocombustbiles (aquellos hechos a partir de vegetales no comestibles), la gasificación del carbón capturando las partículas de carbono en el proceso (de modo que ninguna dioxina de carbono escape a la atmósfera, contribuyendo al calentamiento del planeta) y células de combustible hidrógeno, junto con un transporte público que incluya ferrocarriles de alta velocidad y otros sistemas de transporte público avanzados. La ciencia y la tecnología para implementar estos avances se encuentra ya disponible en su mayor parte, pero no las bases para conducirla del laboratorio o de la etapa de proyecto piloto a su desarrollo completo. El desafío es, entonces, el de reunir los miles de millones -quizás billones- de dólares que se necesitarán para ello.

El principal obstáculo a esta tarea hercúlea es que su principal razón de ser se encuentra desde un buen principio con el enorme gasto que supone la competición militar por los recursos de ultramar. Personalmente estimo que el coste actual de imponer la doctrina Carter se encuentra entre los 100 y los 150 mil millones de dólares, sin incluir la guerra en Irak. Extender esa doctrina a la cuenca del Mar Caspio y África sumará miles de millones más a la cuenta. Una nueva guerra fría con China, con su correspondiente carrera armamentística naval, requerirá billones en gastos adicionales militares en las próximas décadas. Una locura: el gasto no garantizará el acceso a más fuentes de energía, ni abaratará el precio de la gasolina a los consumidores, ni desanimará a China en su búsqueda de nuevas fuentes de energía. Lo que realmente hará será reducir el dinero que necesitamos para desarrollar fuentes de energía alternativas con las que conjurar los peores efectos del cambio climático.

Todo ello nos conduce a la recomendación final: más que embarcarnos en una competición militar con China, lo que deberíamos hacer es cooperar con Pekín en el desarrollo de fuentes de energía alternativas y sistemas de transporte más eficaces. Los argumentos en favor de la colaboración son abrumadores: se estima que juntos, los Estados Unidos y China, consumiremos el 35% de las reservas mundiales de petróleo para el 2025, la mayor parte del cual tendrá que ser importado de estados disfuncionales. Si, como se predice ampliamente, las reservas mundiales de petróleo empiezan a disminuir por entonces, nuestros países estarán encerrados en una peligrosa lucha por unos recursos cada vez más limitados a zonas crónicamente inestables del mundo. Los costes de ello, en términos de unos desembolsos militares cada vez mayores y una inhabilidad manifiesta para invertir en proyectos sociales, económicos y medioambientales que merezcan realmente la pena, serán inaceptables. Razón de más para renunciar a este tipo de competiciones y trabajar juntos en el desarrollo de alternativas al petróleo, en los vehículos eficientes y otras innovaciones energéticas. Muchas universidades y corporaciones chinas y norteamericanas han empezado a desarrollar proyectos conjuntos de esta naturaleza, así que no debería de ser difícil prever un régimen de cooperación aún mayor.

A medida que nos acercamos a las elecciones del 2008, se abren dos caminos frente a nosotros. Uno nos conduce a una mayor dependencia de los combustibles importados, una militarización creciente de nuestra relación de dependencia del petróleo extranjero y una lucha prolongada con otras potencias por el control de las mayores reservas existentes de combustibles fósiles. La otra lleva a una dependencia atenuada del petróleo como fuente principal de nuestros combustibles, al rápido desarrollo de alternativas energéticas, un perfil bajo de las fuerzas estadounidenses en el extranjero y a la cooperación con China en el desarrollo de nuevas opciones energéticas. Rara vez una elección política ha tenido mayor trascendencia para el futuro de nuestro país.

Michael T. Klare es profesor de paz y seguridad mundial en la Universidad de Hampshire. Su úlltimo libro, Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy, será publicado por Metropolitan Books en Abril.

Traducción para http://www.sinpermiso.info: Àngel Ferrero


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